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ABC VIERNES 3 6 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EUROPA: DE PREOCUPACIÓN A CRISIS POR GUSTAVO DE ARÍSTEGUI DIPLOMÁTICO Y DIPUTADO DEL PP El peso político y la influencia de Europa en el mundo pueden verse seriamente afectados si no rectificamos los errores y acercamos el proceso de construcción a los ciudadanos, ganando en transparencia, democracia y participación... AN dos de tres, y lo peor es que los dos que han dicho no son socios fundadores de la Unión; además, Francia es el segundo país en peso político, demográfico y económico, y Holanda el sexto. Ambos son motores fundamentales de Europa y de la construcción europea. En el horizonte quedan los referendos danés e irlandés, con previsibles resultados negativos; el polaco y el portugués, con posible resultado positivo, aunque cada vez más dudoso (en Europa del Este existe más la euroapatía que el euroescepticismo) y la duda sobre si los referendos checo y británico acabarán celebrándose o no. Es un panorama francamente desolador; ignorar o relativizar el problema, sus raíces, sus causas y consecuencias es, en estas circunstancias, una verdadera temeridad. El Gobierno socialista puede hacernos creer que vivimos, como Alicia, en el País de las Maravillas, cosa que un número creciente de españoles duda, como queda bien patente en la última encuesta del CIS, pero lo que resulta aún más claro es que, en el ámbito europeo, las opiniones públicas de Francia y Holanda tampoco están de acuerdo con ese diagnóstico profundamente equivocado, por puerilmente idealizado, que hacen algunos gobiernos. V que no ha sido eficaz. Es preciso demostrar que no hay alternativa a la Unión, pero más allá de una política estrictamente centrada en la elección del mal menor hay que explicar las bondades, virtudes y ventajas de la Unión. Los ciudadanos de Europa deben convencerse de la utilidad de este proyecto y de que la Unión y sus instituciones no sólo serán capaces de resolver problemas cotidianos reales y tangibles en el futuro, sino que además ya lo han hecho. Los euroescépticos llegan a decir que no les gusta el nuevo centralismo bruselista, pero que fuera de la Unión se está infinitamente peor. Ésa debía ser de por sí prueba suficiente de que sólo la extrema derecha y la extrema izquierda son antieuropeas. Se dice que no se debe hacer nada hasta que culmine el proceso de ratificación, deseando todos que alcance o supere la mágica cifra de veinte estados. Sin embargo, respetando el proceso ya iniciado, la reflexión sobre los síntomas que se han desarrollado en enfermedad debió haber empezado cuando los primeros sondeos franceses apuntaban al desastre. Empezar el lunes 30 de mayo ya era tarde; no haberlo hecho hasta ahora, un disparate; no empezar hasta que culmine el proceso de ratificaciones, pura y simplemente, un suicidio. Existen muchas razones que movieron a Francia y Holanda a votar no, además de las estrictamente europeas que brevemente enumero: contestación en ambos países (los sondeos indican que esta tendencia se consolida en otros estados miembros) a la ampliación, su diseño y ejecución, pero sobre todo a la falta de transparencia con la que se llevó a cabo y la falta de participación de la ciudadanía en el proceso, o por lo menos esa es la percepción que tienen sus opiniones públicas. La incorporación de Turquía se ha convertido en un elemento central de debate en muchos países europeos, pero sobre todo en Francia, Holanda y Alemania, país éste en el que, de celebrarse un referéndum sobre la Constitución, ganaría aplastantemente el no. La cuestión de la representación en el Consejo y el temor de no pocos países y sus sociedades de ver su identidad nacional diluida en el magma informe en el que se puede convertir la Unión Europea, que prima a los inmensos y a los minúsculos y perjudica políticamente a los no tan grandes, medianos y no tan pequeños. Hay otra cuestión que preocupa a un número creciente de ciudadanos, periodistas, analistas e incluso políticos: el hecho de que la Unión Europea y sus instituciones y políticas no sean suficientemente conocidas y cercanas a la ciudadanía. No se ha hecho pedagogía europea, y si se ha hecho parece evidente Nadie parece estar incidiendo en una cuestión fundamental: en señalar las ventajas, lo salvable de la Constitución, lo que nos movió a muchos millones de españoles a votar que sí, a pesar de considerar que el texto dista de ser perfecto y que tiene evidentes lagunas y alguna oscura sombra. El PP hizo un ejercicio de responsabilidad haciendo un balance de pros y contras y pidió el sí desde la responsabilidad. La Constitución europea ha simplificado los tratados (de 17 pasamos a uno) ha sistematizado el derecho comunitario y crea una nueva arquitectura institucional que, sin ser la ideal, es sobre el papel mucho más eficaz para gestionar 25 estados miembros que lo era el traje que diseñamos para seis y que a quince, no digamos a veinticinco, nos quedaba francamente pequeño. Es cierto que el tratado constitucional no resolvía todos los problemas, y algunas de sus soluciones no eran buenas, pero no tenerlo, lejos de resolverlos mejor, agrava la situación extraordinariamente. La razón es que pasamos de algo positivo pero imperfecto a una situación en la que todos los vicios y lastres del pasado están presentes y vigentes, y con unos instrumentos manifiestamente incapaces para gestionar los nuevos retos, desafíos y dificultades a los que se enfrenta Europa en el siglo XXI. A todo esto, el Gobierno socialista no optó por un eje franco- alemán, al que nadie resta la importancia que tiene; optó por ciertas personas y ciertas opciones políticas que muy bien podían ser derrotadas o rectificadas en un futuro más bien cercano. La apuesta ha de ser por los países, no por algunos de sus dirigentes o por ciertos partidos o tendencias dentro de los mismos. La apuesta ha de ser por los países y por sus sociedades, buscando una sólida relación de Estado a Estado y de pueblo a pueblo. Por otra parte, no cabe duda de que el eje franco- alemán ha sido de crucial importancia en una Europa de seis, nueve, diez, doce y hasta quince estados miembros, pero es indudable también que en una Europa de veinticinco o veintisiete estados miembros es un poco menos importante. Eso es lo que hemos denunciado muchísimos españoles. Es, pues, urgente, que este gobierno baje de las nubes de utópica irresponsabilidad, ponga los pies sólidamente sobre la tierra y comience a rectificar su política exterior y europea, ayer mejor que hoy. Conviene hacer, por último, una serena reflexión sobre las consecuencias que pueden derivarse de esta crisis. Se ha hablado, y con razón, de las consecuencias económicas y de credibilidad internacional que ya han empezado a aparecer. Cuando los primeros sondeos del referéndum francés se hicieron públicos, indicando la consolidación de la tendencia a la inversión del sentido del voto hacia el no, debieron tomarse las primeras medidas en Francia y en el resto de Europa. Ese auge del no en los sondeos empezó a afectar ya en ese momento a la cotización del euro, que de un sólido 1,28 1,30 con respecto al dólar fue bajando hasta situarse en el nivel de hoy, 1,22. La competitividad europea depende de un ambicioso proceso de reformas puesto en marcha por el Consejo Europeo de Lisboa de 1998, que debió haber sido impuesto como criterio de ingreso a los nuevos candidatos y que, a juicio de no pocos, debe ser requisito indispensable para los siguientes. No podemos permitir que este proceso sea la primera víctima de la crisis, eso sería tanto como condenar a Europa a perder el tren de la modernidad, de la competitividad y del progreso. Estas reformas no tienen por qué implicar la renuncia a una versión económicamente más eficiente y competitiva del Estado del bienestar, al que ya muchos analistas empiezan a denominar el Estado de la solidaridad. El peso político y la influencia de Europa en el mundo pueden verse seriamente afectados si no rectificamos los errores y acercamos el proceso de construcción a los ciudadanos, ganando en transparencia, democracia y participación. No haber diseñado un plan B se hizo, quizá, para presionar a los dudosos con el argumento de que no había alternativa y así forzar su voto favorable. Ahora tenemos unos pocos meses para hacerlo con prisa, sin pausa pero con responsabilidad y sosiego, recogiendo todo lo que de positivo tiene el actual proyecto, que lo tiene, y reformando lo que ha provocado el rechazo de algunas de las más importantes sociedades de Europa; eso sí, escuchando más a los ciudadanos.