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ABC JUEVES 2 6 2005 Cultura 59 Ve la luz el relato que Evgenia Ginzburg hizo de El vértigo de la Rusia estalinista Profesora acusada injustamente, murió sin llegar a ver sus memorias publicadas b Con traducción de Fernando Oslo ofrece 250.000 euros por una pista de los munch robados C. VILLAR MIR CORRESPONSAL ESTOCOLMO. El robo de las obras de Munch parece estar cerca de su solución: dos millones de coronas noruegas o lo que es lo mísmo doscientos cincuenta y dos mil trescientos cuarenta y nueve euros es la suma que el Ayuntamiento de Oslo ofrece a quien proporcione alguna información que conduzca a la Policía a recuperar Madonna y El Grito de Edvard Munch. La recompensa, que será pagada en el mismo instante que las obras vuelvan a su lugar de origen, implica además secreto de sumario y protección al informador. Desde que el pasado 22 de agosto a las once de la mañana dos individuos, a mano armada, robaron los dos cuadros más famosos del Museo Munch, todos los mecanismos de persecución y búsqueda de la Policía Nacional y de la Interpol han permanecido en estado de alarma. La decisión de ofrecer una recompensa se debe, al parecer, a ciertas informaciones de carácter especial según las cuales esas obras magnas de Edvard Munch, que nunca fueron quemadas, a pesar de un rumor al respecto, permanecen intactas aunque fuera del reino El calvario en el frío siberiano De militante a verdugo, así fue la vida de Evgenia Ginzburg entregada a la causa, de convicciones arraigadas y con cargos de responsabilidad. Profesora de Historia y Literatura en la Universidad de Kazan, se negó a creer, en febrero de 1937, que después del asesinato de Kírov la acusaran de su muerte, todo por las purgas en el seno del partido. La autora estuvo en verdaderos campos de concentración bajo el mando del poder comunista, el célebre Gulag. Fueron cientos de miles las personas que murieron víctimas del hambre, el agobio, el frío intenso y las condenas inverosímiles y mentirosas, como la de la misma Ginzburg Tras su liberación, Evgenia permaneció en Siberia, esperando a su amado alemán, Anton Walter. No pudo regresar a Moscú hasta 1955. Murió en 1977 tremecedores que la rusa Evgenia Ginzburg escribió en Vértigo (Galaxia Gutenberg Círculo de Lectores) un testimonio dramático de una mujer que pasó de sostener la maquinaria estalinis- Gutiérrez y Enrique Sordo, ésta es la primera edición íntegra en español de su reflejo del dolor de los campos de concentración rusos GUSTAVO GALLO MACHADO MADRID. Pero la niña seguía conservando un soplo de vida. Era un pequeño esqueleto envuelto en una arrugada piel de viejecita. Y su cara... Aquella niña tenía una cara tan singular que la llamaban La Dama de Picas Era un rostro de ochenta años, inteligente, burlón, irónico. Como si aquella pobre criatura lo supiese todo después de caer por tan escaso tiempo en nuestra zona. La zona del odio y de la muerte. La pinchaba con una gruesa aguja, pero ella no lloraba. Sólo emitía unos breves jadeos y me miraba fijamente con aquellos ojos suyos, de vieja que todo lo ve. Murió poco antes del alba, casi en el instante en que, sobre el fondo sin vida de las noches blancas de Yelgen, comienza a vislumbrarse algún vago resplandor rosado... Éste es uno de los muchos relatos es- ta, a ser víctima de las atrocidades del régimen comunista, y que por primera vez se publica en español. Miembro del partido comunista y partidaria entusiasta de los principios de la Revolución soviética, Ginzburg fue expulsada del partido en 1937 y meses después condenada a diez años de trabajos forzados en el Gulag. Se le desencadena entonces un sentimiento de culpa y vergüenza porque no supo prever el horror y empieza a registrar cada recuerdo. Una de las grandes lecciones de este relato que combina la ternura y el horror, y lo que estremece a medida que se despliega, no es lo implacable de una lógica que seguimos hasta sus últimas consecuencias, sino lo contrario, la disposición de todos los individuos que caen en desgracia en manos de un sistema del cual es casi imposible prever el siguiente paso dijo el filósofo Xavier Antich, al presentar el libro que tiene el prólogo de Antonio Muñoz Molina. La mujer relató una odisea de hambre, frío, enfermedad y terror y murió en 1977 sin llegar a ver publicadas sus memorias en Rusia, donde siempre circularon de forma clandestina.