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ABC JUEVES 2 6 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS ADOLFO SUÁREZ S una mala noticia ésta de la demencia senil que padece Adolfo Suárez. Que el artífice de algo tan enorme y delicado como la Santa Transición no pueda recordar los episodios y los trances de aquel tiempo de esperanzas y zozobras es una mala pasada que le ha jugado la naturaleza declinante de los hombres. Quien en aquellos momentos críticos dio muestras elocuentes de equilibrio entre los vestigios de las dos Españas, difícilmente conciliables, se encuentra ahora sumido en las tinieblas de la desmemoria y de la flaqueza de la razón. Es injusto y triste. No han pasado todavía los años suficientes para que sepamos cómo le tratará la Historia. Ya se sabe que la Historia se toma mucho tiempo para juzgar a los hombres por sus obras políticas. Pero ya sabemos que la Vida no ha sido generosa con Adolfo JAIME Suárez. Ni siquiera ha sido CAMPMANY medianamente misericordiosa con él. La muerte temprana de su mujer, Amparo, y la tempranísima de su hija, Miriam, lo precipitaron aún joven en este pozo de sombras y en este mundo de irrealidades donde ahora vive. Amparo Illana fue siempre una mujer ejemplar, fuerte y tierna al tiempo, solícita y discreta, vecina en la dificultad y en la cavilación, y apartada en la publicidad y en la pompa. Y Miriam, con aquella decisión admirable de traer una vida a costa de años de la suya, constituye sencillamente una enseñanza de heroicidad. Adolfo Suárez, que superó sin flaqueza tantos y tantos obstáculos, tantas y tantas dificultades, tanta conjura y tanta adversidad antes de vencer el momento más difícil en la Historia de España de la segunda mitad del siglo XX, no ha podido mantener la cabeza clara y el corazón entero ante la desaparición de esos dos amores que rodearon su vida de sencilla y cotidiana y sublime compañía. La mala noticia de la enfermedad del gran hombre y del entrañable amigo nos iba llegando lentamente, por datos cada vez más reveladores. Todas las rarezas que se contaban de él y de su enfermedad creciente eran extravagancias emocionantes y, ¿cómo lo diría? santificantes, desde su constante obsesión de mantener largas conversaciones con Amparo muerta, que lo convierte en personaje de tragedia griega, hasta su inocente manía de vestir de etiqueta por estar siempre dispuesto a recibir a alguien de relieve. Todas esas extravagancias eran señales de amor y de cortesía, de buena disposición para con los suyos y para con todos los demás. Una mañana, en La Moncloa, recién nombrado presidente del Gobierno, me confió: Jaime, aquí no había ni un solo papel que explicara proyectos y resortes del Estado. Las cajas de este despacho estaban absolutamente vacías Le recordé el viejo cuento del capitán de barco que dirigía magistralmente las maniobras después de consultar en secreto una hojita que guardaba en un secreter. Cuando murió el capitán, fueron a descubrir aquellas instrucciones misteriosas. En el papel venía escrito: Babor, izquierda. Estribor, derecha Con esa sabiduría, Adolfo Suárez hizo admirablemente una maniobra dificilísima y peligrosa. España se lo debe. E UN CIERTO ESCALOFRÍO H AY una Europa funcional: poderosísima y débil. Esa Unión seguirá adelante después del referéndum francés, con todas sus consecuencias. Pero no se consolidará sin el concurso de la Europa política, la que recibió el 29 de mayo un frenazo en seco. Hace medio siglo Monnet enseñó a los europeos cómo avanzar por desfiladeros imprevisibles. Hay dudas de que ese sabio filibusterismo sea útil cuando Europa se ha convertido, en medio siglo largo, en una potencia económica. Lo que sobre todo cuenta, según los optimistas, es la Europa política. Aliada y rival de Estados Unidos, la Unión Europea será de aquí al final del siglo fiel competidor y complemento necesario: la hiperpotencia no puede avanzar sola. Europa nunca admitirá su subordinación a Estados Unidos. Pero Europa necesita existir. Ambos, Estados Unidos y la UE, nacen de una misma civilizaDARÍO ción, la europea, y permanecerán VALCÁRCEL unidos ante la emergencia de China e India. India es hoy más débil que China pero cuenta con un sistema de elecciones democráticas desde 1947, con todo lo que ello comporta, resistente colchón capaz de amortiguar problemas. La Europa funcional seguirá: Mandelson negociará con el gobierno de Pekín sobre textiles, armas o piezas electrónicas. El ITER, reactor termonuclear experimental, prodigioso mecanismo a partir del cual el petróleo pueda ser sustituido, se instalará quizá en Cadarache, no lejos de Toulouse. Pascal Lamy comenzará su mandato al frente de la Organización Mundial de Comercio. Galileo arañará mercado al GPS. El A 380 levantará el vuelo en 2006... Pero nada de esto tendrá sentido sin una estructura política. Coherente, articulada, democrática y al final verdaderamente integrada, cuyas fronteras se extiendan desde el Algarve al monte Ararat, desde el Ártico a Sicilia. Hay algo útil en la derrota del pasado domingo (cada cual se consuela como puede) La distancia de Chirac y su ejército de enarcas, cada vez más lejanos de los ciudadanos franceses era tan escandalosa, tan insostenible, que el absceso ha acabado por reventar. Quizá menos de un 10 por cien de los electores haya votado por razones europeas. Lo cual explica hasta qué extremo estaba mal planteado este referéndum. Esos electores han demostrado hasta qué punto es Francia un país vivo, indignado, deseoso de comer, frío o caliente, el plato de la venganza. Laurent Fabius ha convencido a una parte del socialismo de que él era un verdadero europeísta. Jacques Delors, gran ex presidente de la Comisión, manejó un gran argumento que no llegó a calar: ustedes, los enemigos de la Constitución, mienten y lo saben. Europa se ha construido desde 1950 con un ojo puesto en cada ladrillo y otro en el proyecto final, según explica el ingeniero José Luis González Vallvé. Lo construido es enorme. Aunque nunca exista, no puede existir, un diseño definitivo para la Unión. Europa ha vivido 60 años de paz, plazo desconocido, dentro de sus fronteras. Y era la paz lo que se ponía en cuestión a medida que avanzaba la noche del domingo. Hubo una magnífica respuesta por parte del electorado: 70 por ciento de participación, un millón de libros vendidos sobre el tratado constitucional. Pero hubo también un cierto escalofrío mientras la jauría de Le Pen y los trotskistas celebraban el resultado. Europa va a seguir adelante. Frente al rebrote de nacionalismo (alemán, francés, austriaco, polaco) y los ataques contra el mercado (contra la libertad de la inversión, contra la movilidad laboral, contra la homologación de títulos a escala europea) surgirá posiblemente una nueva generación, más democrática, más segura de la inevitabilidad de Europa. El no defendido por Le Pen y los trotskistas era una ruptura sin objetivo, un camino hacia ninguna parte. Preparémonos: vienen tiempos muy duros.