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ABC MIÉRCOLES 1 6 2005 Opinión 7 disidencia. Exactamente eso es lo que le está ocurriendo al régimen nacionalista catalán- -el auténtico pensamiento único realmente existente hoy en Cataluña- -desde hace unas semanas. Y las críticas provienen intramuros y extramuros del régimen. Del sistema, si se quiere. Intramuros del sistema, porque- -como puntualmente ha informado ABC- -un par de colectivos de militantes socialistas- Ágora Socialista y Socialistas en positivo -han hecho sentir sus críticas. Críticas que se dirigen a cuestiones simbólicas y menos simbólicas como el asunto de las banderas, la política monolingüe que margina el castellano, la discriminación de los escritores catalanes que por escribir en castellano no podrán asistir a la Feria de Fráncfort, la restricción de los derechos individuales, la deriva nacionalista del socialismo catalán, la propuesta de un nuevo Estatuto en clave soberanista y de una financiación autonómica que rompe la solidaridad interterritorial. Estos colectivos, que no se sienten representados por los dirigentes del PSC, piden el amparo a Rodríguez Zapatero para que Maragall asuma la pluralidad de Cataluña. Y, decíamos, críticas extramuros que se concretan en el manifiesto firmado por un nutrido grupo de intelectuales, periodistas y escritores que denuncian la política lingüística excluyente de la Generalitat, el intento de romper los vínculos entre catalanes y españoles, la decadencia política y económica en que el nacionalismo ha sumido a Cataluña, y la corrupción institucional. Manifiesto que, además de impulsar la creación de un nuevo partido que represente al conjunto de los ciudadanos catalanes en toda su pluralidad, apuesta por una alternativa ilustrada que respete la libertad individual. Apuesta que debe vertebrarse alrededor del actual régimen estatuario que se enmarca en la Constitución de 1978. CARLOS KILLIAN LA ESPUMA DE LOS DÍAS UN SOPLO DE LIBERTAD ERECE la pena comentar, como ayer destacaba Martín Ferrand, el manifiesto de los intelectuales catalanes. El nacionalismo asfixia la libertad. Con la máxima corrección en las formas, en Cataluña están excluidos del ágora todos los que no se adaptan al pensamiento hegemónico. Muchos o pocos, sufren condena que acarrea pena de infamia. O quizá simplemente no existen. Lo más grave es que no hay alternativa a medio plazo. Primero, largos años de pujolismo: lealtad al Estado constitucional, pero desapego hacia la nación española. Luego, largos meses de tripartito: mal para el Estado, peor para la nación. El sedicenBENIGNO te oasis resulta ser un páPENDÁS ramo de ideas. Ya sabía Stuart Mill que la tiranía de la opinión es todavía más dañina que la dictadura política. Así que todos dentro de la jaula, aunque el Partido Popular deja la puerta entreabierta: a veces pasa y se coloca en una esquina; otras, casi siempre, se queda directamente en la calle. La unión sagrada de la clase política ha forzado el cierre en falso de la crisis del Carmelo, gestionada como si fuera un simple episodio desagradable. Lo mismo ocurre con otros excesos de Maragall, buen alcalde que, sin embargo, no da la talla como presidente. Madrid sirve de coartada, de genio maligno, de fuente infinita de agravios imaginarios. Cada cual es muy dueño de construir sus propias obsesiones. Pero no es lógico confundirlas con la realidad. La clave política reside en el extraño planteamiento del PSC. Dicen que hay dos corrientes: una, burguesa y catalanista; otra, proletaria y españolista. Será verdad, pero vistos desde fuera parecen siempre los mismos. Montilla, líder del sector que se supone menos nacionalista, asegura sin forzar el gesto que Cataluña es una nación y que así debe reconocerlo el futuro estatuto. Por tanto, ni nacionalidad, ni comunidad nacional: nación sin eufemismos, acompañada de su dosis inevitable de soberanía originaria. Debe de ser que esto se llama ahora españolismo Por eso vale la pena leer con atención el Manifiesto de los dieciséis Gente solvente en el plano artístico e intelectual. Algunos de los firmantes (y otros que suscriben opiniones similares) resultan bien conocidos para los lectores de ABC. Hablan de libertad, tienen opiniones propias, no les gusta ser mulet (que es como llamaba Richelieu a los amantes de su propio absolutismo, ya lo fueran por ignorancia o por interés) Porque todo nacionalismo, sea de izquierdas o de derechas, fabrica un tipo humano propicio a la condición de súbdito satisfecho. Lo peor es que este ambiente impregna la sociedad y no es sencillo romper la dinámica negativa. Habrá que seguir con atención las próximas actividades de los disidentes en el socialismo catalán. De momento, ánimo y gracias por este soplo de aire fresco. M ¿Cuál puede ser el futuro de esta disidencia hoy en marcha en Cataluña que tiene la virtud de poner al descubierto las miserias del llamado oasis catalán? No resulta fácil de predecir, porque si es cierto que el hiato entre la Cataluña real y la Cataluña virtual que denuncia la disidencia está alcanzando cotas difícilmente superables, no es menos cierto que el Gobierno- -débil e irresponsable- -está atado de pies y manos al PSC y a una ERC cada vez más envalentonada, y que el régimen nacionalista catalán ha conseguido crear una suerte de agujero negro que absorbe por completo cualquier materia o energía situada en su campo gravitatorio. Y es que el régimen, prietas las filas, todo lo engulle. Al menos, hasta ahora. entre el Nosotros- -Cataluña- inocente por definición, y el Otro- -España- prepotente y agresivo también por definición. Finalmente, la ideología del régimen- -a través de la educación, de determinada política informativa, así como de cierto número de intelectuales orgánicos, que diría un marxista- -va impregnando la vida política y cultural catalana convirtiéndose en acervo doctrinal que se acepta y no se discute por temor a las consecuencias que pueda acarrear la disidencia. ¿La modalidad catalana del síndrome de Estocolmo? Pero, a todo régimen- -tarde o temprano- -le crece la PALABRAS CRUZADAS ¿Le parece excesiva la ofensiva del Gobierno contra el tabaco? TIRANÍAS SELECTIVAS L tabaco es malísimo para la salud. Sí, lo sabemos. Pero una vez informados durante varias décadas, es hora de que nos dejen administrar ese peligroso placer. Porque una cosa es que el Estado proteja a los no fumadores en los centros de trabajo, que lo tiene que hacer, y otra, que invada la libertad del tiempo libre y que pretenda imponer lo que tenemos que hacer en los lugares de ocio. Y sobra el argumento de la protección del otro, porque la ley del mercado es perfectamente capaz de crear lugares para los no fumadores. Bien pensado, ¡qué aburrimiento, los no fumadores con nosotros mismos! Pero la demanda es libre. Los Estados no pueden sustituir la resEDURNE ponsabilidad individual, pero tampoco URIARTE la irresponsabilidad de malvivir, o de vivir como uno quiera, y menos cuando hacen la vista gorda sobre otras actividades poco recomendables, para uno, y, a veces, para los demás. Ni prohíben la contaminación de las ciudades, ni los coches veloces, ni todo ese sinnúmero de alimentos nocivos que nos tragamos. Y, de momento, tampoco está legislado el número de copas que acompañan a los cigarrillos. En realidad, lo que más me molesta de todo esto es esa incongruencia comparativa, esa obsesión por salvarnos del tabaco, mientras nos conceden plena libertad para matarnos con todo lo demás. TABACO Y LIBERTAD E T ANTO se abusa del intervencionismo estatal y del paternalismo que uno casi estaría tentado a declararse en contra de cualquier normativa contra el consumo público de tabaco. Siempre son preferibles la educación y el buen sentido que la prohibición legal. También resulta irritante el agravio comparativo que representa la tolerancia hacia otras sustancias tóxicas y la permisividad de la polución intelectual y moral. No es el tabaco el mayor enemigo de la humanidad. A pesar de todo, la mayoría de las medidas propuestas por el Gobierno para su entrada en vigor el próximo año parecen acertaI. SÁNCHEZ das, siempre que no se trate de un CÁMARA paso transitorio hacia otras más drásticas, ya vigentes en otros países. Es razonable la prohibición en los lugares de trabajo y la limitación en los locales de ocio, siempre que se respete la libertad de unos y otros y se habiliten zonas para fumadores y no fumadores. Los males que provoca el tabaco no son discutibles. No es un asunto meramente privado, pues afecta a la salud pública, al gasto sanitario y a los derechos de los no fumadores. Es, pues, razonable la regulación, aunque no la persecución. ¿Y usted qué opina? Déjenos su mensaje o su voto en la página web www. abc. es eldebate