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ABC MARTES 31 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC FRANCIA COMO PROBLEMA POR BENIGNO PENDÁS PROFESOR DE HISTORIA DE LAS IDEAS POLÍTICAS El pueblo europeo, teórico sujeto constituyente, no existe como tal. Los Padres Fundadores no están hechos para misiones de alcance histórico. Nos falta ilusión, grandeza de espíritu, generosidad. Europa puede y debe ser una sociedad inteligente... E N horas propicias al desconcierto, lo más prudente es acudir al auxilio de los mejores. Leamos, pues, a Hegel. Cuando triunfa el hastío político, es imposible construir un proyecto común. Cada cual se propone sus propios fines, de acuerdo con sus pasiones: he aquí, concluye el filósofo, la ruina de un pueblo Aunque los políticos se empeñan en ignorar la realidad, Francia culminó el domingo ese 18 de brumario de la V República incoado a partir de la última elección presidencial. Pero Chirac vive cegado por la vanidad, ungido en Reims con el óleo sagrado del monarca absoluto. Ahora dice: Tomo nota No es verdad: a estas alturas, consuma su maniobra para salvar los restos del naufragio. No es el único culpable. En rigor, es el reflejo de una élite sedicente que cumple todos los requisitos de la vieja política en sentido orteguiano. Ingenuos y a la vez narcisistas, pretenden ganar legitimidad democrática para satisfacer mejor algún interés particular. Cuando ya es tarde, se rasgan las vestiduras... La historia es émula del tiempo. Otro 29 de mayo, en aquel lejano año de 1453: caída de Constantinopla en poder de los turcos otomanos, crisis final del Imperio bizantino. Azar o destino. Porque el no de los franceses, más allá de filias y de fobias internas, expresa el rechazo intuitivo a una ampliación precipitada y mal asimilada. No al fontanero polaco dicen algunos. Lejos de aquí la amenaza de Turquía, opina la mayoría. Mi dinero para mí; después, que venga el diluvio; hablen otros del gobierno del mundo y sus monarquías... Atavismos eternos. Algunos todavía se extrañan del resultado. go de la geometría, no es concebible la política de la libertad. Punto de vista de la izquierda. Desde su origen, el socialismo francés es una fábrica de contradicciones. Pasa de reclamar la armonía universal a proclamar con entusiasmo la unión sagrada frente al enemigo exterior. Pasa del pacifismo de A. Briand a la pasividad de León Blum, que todavía recuerdan muchos republicanos españoles. Pasa del Mitterrand que pretende asaltar la banca al que gestiona con pudorosa eficacia la crisis del Estado de bienestar. Ahí está la clave. Igual que en Renania hace unos días. La Europa franco- alemana es hija del capitalismo social de los años cincuenta, apoteosis del socialismo democrático, gracias- -eso sí- -a la gestión de la democracia cristiana. Extraña coalición: los intereses funcionariales, corporativos y sindicales aliados ahora con los reaccionarios de todos los partidos. Bové como metáfora. Paisanos cerriles y activistas del no logo Todos son enemigos de la sociedad abierta. En esto sí que coinciden. ¿Están orgullosos los socialistas franceses del éxito alcanzado en tan ilustre compañía? Porque la gente sensata de toda Europa prefiere- -preferimos- -una Constitución mejorable antes que un griterío sin orden ni concierto. Desde la perspectiva común, estas no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas como advierte Don Quijote a Sancho. Así que los franceses se ocupan a su manera del gobierno de su ínsula en forma de hexágono, pero nos dejan a los demás situados en plena tierra de nadie. No ocurre por primera vez: en 1954, la Asamblea Nacional fulminó, en una sesión tormentosa, el proyecto de una Comunidad Europea de Defensa. Sería un error echar la culpa en exclusiva al fracaso de Chirac. ¿Por qué se empeña Europa en exhibir sus carencias? El pueblo europeo, teórico sujeto constituyente, no existe como tal. Los Padres Fundadores no Francia como problema. ¿Quién lo diría? Sin embargo, según el viejo libro de Pedro Laín Entralgo, el problema era España. Otros tiempos, otros afanes. Francia se aleja del Espíritu de la Época. Los jacobinos dejaron una mala herencia: el deseo inconfesable de una democracia sin libertad. Perspectiva desde la derecha. Napoleón, gran estadista, estaba muy alejado del punto de vista liberal. Luis Bonaparte, epígono menor, era un amante del plebiscito. Qué decir de Boulanger, un simple pavo real. O del mariscal Pétain, militar antipolítico. De Gaulle era un gran patriota. Retórica y grandeza nacional. Como es notorio, se entendía mucho mejor con la izquierda que con el centro: desprecio a la burguesía, al capitalismo, al buen sentido anglosajón. Por eso diseñó a su imagen la V República, frente a la vieja tradición posibilista de los doctrinarios, los amigos de Tocqueville, y también de los perdedores de múltiples guerras, desde Sedán en adelante. El gaullismo huérfano del mítico general tampoco ha sabido construir un centro- derecha moderno. Giscard prolongó la tradición estatalista y ahora se comporta como un converso maduro al eurocratismo de salón. Chirac es un pragmático que confía su suerte a la simple astucia. De la extrema derecha no se puede esperar nada: el poujadismo aporta el modelo y Le Pen lo practica en su forma más espesa. Mentalidad politécnica, positivismo sociológico, codificación inflexible del derecho... Todo concluye para que no pueda existir un Winston Churchill francés. Y sin Churchill, enemi- están hechos para misiones de alcance histórico. Nos falta ilusión, grandeza de espíritu, generosidad. Europa puede y debe ser una sociedad inteligente que otorga beneficios a los socios. Dejemos el déficit democrático para coloquios aburridos entre profesores y expertos. Busquemos soluciones razonables. Ante todo, hay que explicar bien las cosas. Con argumentos y no con mensajes sesgados. Por ejemplo: el Tratado constitucional está impregnado de resabios intervencionistas, cosa lógica en la medida en que es una secuela de la mentalidad dominante en el medio siglo keynesiano. Sin embargo, se vende fácilmente como si fuera la biblia de la globalización neoliberal. Cosas de la propaganda. Con consecuencias nefastas. La democracia directa tiene su peligro. Los Parlamentos aprueban la Constitución europea por mayorías holgadas. Los ciudadanos se quedan en casa, como en España; votan no como en Francia; se intuye que en Holanda van a votar que tampoco Si yo fuera Blair, no plantearía preguntas comprometidas a los británicos. Muchos checos escuchan con atención a su euroescéptico presidente. No pocos polacos muestran su desconfianza sin disimulo. Veremos qué sucede. Por ahora, simplemente nada de acuerdo con la lógica implacable de la burocracia comunitaria. Algunos se atreven a insinuar que los franceses se han equivocado. Es probable, pero así es el demos La gente de la calle no está obligada a ser racional. Le importa mucho más un céntimo de euro que la evolución al alza del índice bursátil más sofisticado. Los políticos se comportan como déspotas ilustrados, pero la mala conciencia les invita a apelar al pueblo. El soberano devuelve el golpe: traslada en forma de papeleta ese malestar patente que se adueña hoy día de las clases media y media- baja. Angustia existencial decía ayer mismo A. Touraine. El resultado invita a la reflexión. Es la hora de actuar con máxima prudencia. Precaución, en efecto, porque alguien dijo que la única emoción estable es el odio Prefiero no mencionar al autor de la cita. Lectura política. Francia renuncia a su condición de líder europeo. También Alemania está a punto de abdicar. Entre otras cosas, porque el que no quiere pagar (aunque tenga buenas razones para ello) tampoco tiene derecho a mandar. Así funciona una sociedad mercantil. Se acaba, pues, sin gloria el eje franco- alemán, dejando en fuera de juego a los entusiastas de última hora que se apuntan tarde a la foto. ¿Sería mucho pedir una reflexión seria a Rodríguez Zapatero? No obstante, todo tiene sus ventajas. Quizá ha llegado el momento de plantear una Europa empírica, flexible, versátil, construida cada día sobre la negociación intensa, las mayorías variables y la lealtad a los acuerdos. Esa misma Europa que debe apostar a la vez por el Atlántico y por el Pacífico, aunque admire sin reservas la arquitectura carolingia. Y también la música, la literatura y- -cómo no- -la solidez institucional de las grandes naciones. A veces, sin embargo, pasan por un mal momento. A todos nos ha ocurrido. Adaptemos a Ortega. Francia es el problema. ¿Será otra Europa la solución?