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48 Sociedad LUNES 30 5 2005 ABC El quinto nieto del líder indio dice que la única vía de acción social que da resultados provechosos pasa por mirar alrededor ARUN GANDHI Nieto de Mahatma Gandhi y director del Instituto Gandhi de la No Violencia en Nueva York A los padres de hoy sólo se les debe recetar más tiempo para sus hijos Combate contra lo que ve con el arma que empuñara su abuelo: la filosofía de la no violencia. Para él, todo en el sistema judicial, educativo y político es violencia, activa o pasiva pero confía en que el futuro cambie gracias a los jóvenes de hoy, aunque para ello deberían recibir otro tipo de educación TEXTO: ÉRIKA MONTAÑÉS FOTO: MIGUEL MUÑIZ SANTIAGO. Es de esas personas que ganan más en la ausencia que sigue a su propia presencia. El quinto nieto del líder pacifista indio Mahatma Gandhi pasa como una exhalación, es parco en palabras, profundo en miradas, y tras la despedida deja un poso de reflexiones, un vacío de respuestas contundentes, aunque implícitas en cada uno de sus comentarios. Arun Gandhi llegó hace 15 años a Estados Unidos e, indignado por el rebrote progresivo de violencia, decidió fundar el Instituto Gandhi de la No Violencia en Nueva York, un altavoz para dar salida a su vocación humanitaria y a esa filosofía acuñada por su abuelo que predica con igual tenacidad. No hay duda de que el legado de Gandhi sigue presente, aunque en esta época, reconoce su nieto, se sentiría frustrado. Pero jamás se conformaría con los conflictos que existen, se implicaría activamente y daría- -él sí- -mucha guerra. Desde la tribuna que estos días ha ocupado en el Congreso de la Educación para la Paz, organizado por Naciones Unidas en Santiago de Compostela, su nieto ha increpado a los gobernantes, exigido el cambio de raíz del sistema judicial, y sobre todo, ha prescrito su tratamiento para la enfermedad que viven las aulas: tiempo, que hoy es, a su entender, el bien social más codiciado y, a la par, más despilfarrado. -Todas las flechas de este Congreso de la Paz han ido directamente al corazón de los políticos. ¿Cree que política y solidaridad están reñidas? -Sí, en realidad creo que la propia política de solidaridad ya se ha convertido también en una política explotadora, con sus propios fines económicos, y ése es el germen de la gran brecha que se ha abierto entre la acción pública y los políticos, y también respecto a quienes estamos involucrados en la política social. ¿Cómo aleccionamos entonces a los políticos? -Tenemos que educar a la gente, porque los políticos son elegidos por la gente. Si está bien educada, sabrán elegir mejor a quienes les gobiernan y sabrán transmitir a sus políticos el mensaje de que no quieren más explotaciones. -Salpicados por fenómenos en las aulas como el bullying o, incluso, suicidios de niños, ¿qué está fallando en el sistema educativo actual? -La educación está encaminada a ingresar en una carrera para después ingresar en el mercado laboral. Sólo incide en la parte de transmisión de conocimientos, pero la educación es también formar a las personas para convivir con el resto. La educación en valores no se está cubriendo, y los gobiernos deben dar un cambio radical a los sistemas, que están en crisis. Lo necesitan. Pero los padres, indudablemente, también tienen una gran responsabilidad: la receta para ellos es que den más tiempo educacional a sus hijos. Los niños aprenden hasta los 5 años la base formativa de su personalidad y en esta sociedad, de materialismo y prisas, durante esos años los niños crecen con extraños. Esos episodios de acoso escolar... está todo interrelacionado, si los niños no reciben atención en el hogar, vuelcan sus frustraciones en llamadas de atención y violencia. -Convivió dos años con su abuelo, y usted y sus otros cuatro nietos han continuado esa línea activista de bús- queda de la paz. ¿Tan fuerte fue la impronta de Mahatma Gandhi? -Más que fuerte. Yo conviví con él desde los 12 a los 14 años, y durante aquel tiempo me dejó lecciones muy valiosas. La más importante fue aprender a manejar la cólera y transformarla en buenos propósitos. La cólera es la causa más importante de la violencia en el mundo y mi abuelo lo sabía, así que, a pesar de lo ocupado que estaba siempre, pasaba una hora conmigo, sentado a mi lado, hablándome, repasando mis lecciones... -No es usted un hombre de muchas palabras, ¿de eso se trata en la acción social, de callar y actuar? -Sí (se ríe y calla durante un buen rato) Mi abuelo envió una vez una carta a mis padres para comentarles que yo era un niño callado, y que eso no era malo porque estaba atento a todo lo que me rodeaba. Considero que de verdad eso es muy importante para el funcionamiento del mundo, hay que ver en qué falla y dirigir todas las energías hacia ello. ¿Es ésa la labor de su instituto, una especie de radiografía de acción de la sociedad? -El Instituto Gandhi está tratando de transmitir a las nuevas generaciones qué significa y cómo se traduce hoy en día la no violencia, y a través de conferencias, voluntarios, etcétera, quiere enfocar el proceso de transformación individual que debemos afrontar cada uno. ¿Lo consigue, ve con optimismo el futuro? -Tengo mucha confianza, pues veo que la gente joven está hartándose de tanta violencia y estoy convencido de que las cosas cambiarán en la dirección correcta cuando ellos accedan al poder. ¿No le acusan muchas veces de idealista? -Me gusta serlo, como realista tendría que aceptar todo lo que hay y muchos idealistas son los que van a ayudar a cambiar las circunstancias actuales. ¿En qué consiste exactamente la filosofía de la no violencia? -La filosofía dice que la ira es como la electricidad, tan poderosa y útil como ella, pero si se utiliza de forma inteligente, porque si no, puede ser igual de letal y destructiva. Lo que mi abuelo enseñaba era que de la misma forma en que conectamos la electricidad al servicio de la humanidad, hay que conectar esa cólera, cambiarla y que sea beneficiosa. ¿Fue este motivo de ira el que le llevó a escribir al Gobierno de EE. UU. tras el 11- S? -Yo escribí una carta pública, porque me asustaba lo que estaba naciendo. Y simplemente pedí que los atentados, en lugar de convertirse en afán de revancha que sólo irá a más, se convirtiesen en preguntas como por qué alguien les odiaba tanto como para hacer algo así. -Y también ha hablado en favor del proceso de negociación entre el Gobierno español y ETA. ¿Cómo se les explica a los familiares de las víctimas que es lo que se debe hacer? -Explicándoles que justicia no es venganza, sino buscar una solución al problema. La perpetuación de la violencia no va a ayudarles ni a ellos ni a nadie. ¿El fin no sería que aquellos que matan acaben en la cárcel? -Los asesinos tienen que ir a la cárcel, pero no como castigo, sino como reeducación. Las prisiones deberían ser lugares para transformar a las personas.