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52 DOMINGO 29 5 2005 ABC Sociedad Centro de planificación familiar de Anantapur. Las abuelas se ocupan de los recién nacidos mientras las madres se recuperan de la intervención de ligadura de trompas Los más pobres de la India, los intocables, han encontrado un refugio para sus vidas en una de las zonas más áridas del país: Anantapur, la Ciudad del Infinito. La población femenina es la verdadera protagonista de una gran transformación social La revolución silenciosa de la mujer india TEXTO Y FOTOS: M. J. PÉREZ- BARCO ENVIADA ESPECIAL ANANTAPUR (INDIA) Desde Bangalore, la encantadora ciudad de los jardines y ahora cuna de la revolución tecnológica en la India, se abren las puertas hacia el epicentro de la Fundación Vicente Ferrer, un recinto amurallado de oficinas y viviendas desde donde se mueven todos los hilos de la impresionante maquinaria y los innumerables proyectos que ha levantado esta organización durante los 35 últimos años. Doscientos kilómetros y cuatro horas de viaje por la autopista más larga del país- -una carretera sin señales de tráfico y donde la circulación depara verdaderos sustos- -dan paso a un paisaje desolador: un secarral de tierras rojas y pedregales, salpicad por algunos cultivos, bajo un sol abrasador. Así es la bienvenida a la región de Anantapur (en el Estado de Andrah Pradesh) una de la zonas más áridas y pobres de la India. Allí, la Fundación Vicente Ferrer ha construido un oasis de esperanza. Allí los dálits la casta de los intocables, han dado un nuevo sentido al concepto de humanidad. Eso es una plantación de mango. Aún son pequeños, pero en cinco años obtendremos la primera cosecha. Mientras tanto, se combina su cultivo con el de cacahuete explica Sasi, un joven indio de 30 años que no conoce su vida sin la existencia de la Fundación Vicente Ferrer. Su padre fue guarda de la organización desde su creación (en 1969) y su madre, cocinera. Habla siete idiomas, ha estudiado Historia del Arte y ahora, como traductor, trabaja en el equipo que gestiona los apadrinamientos desde España. Es el vivo ejemplo de una colosal obra de solidaridad. Una de las tantas semillas que han dado frutos. Dos millones de beneficiarios Vicente iba andando de aldea en aldea para conocer las carencias reales de las familias, vivía con ellos, trabajaba con ellos, dormía en sus casas. Por eso le quieren tanto. Piensan que un extranjero, que no lleva su misma sangre, se ha preocupado por sus necesidades La admiración que prodiga Sasi por el fundador no tiene límites, un sentimiento extensivo a los dos millones de personas beneficiarias de los proyectos y que roza a veces la veneración. Sasi es un hombre firme en sus Centro de yute en Bathalapalli. Mujeres discapacitadas residen y trabajan en estas instalaciones creencias: Yo elegiré a mi esposa y me casaré por amor dice con una amplia sonrisa. En él- -cristiano confeso- -ha calado hondo una gran transformación social y de pensamiento cultivada desde la Fundación. Un cambio que tiene como protagonista indiscutible a la mujer india. Ella lleva una enorme carga, es la que provee a la familia, trabaja en el campo, cuida del ganado, de la casa, de los hijos... Lleva los niños a la escuela... cuenta Sasi. Muchas sobreviven gracias a los proyectos impulsados desde la Fundación. Mientras que el hombre gana 50 rupias (un euro) -dice Sasi- -por trabajar un día en el campo, las mujeres sólo cobran 30 rupias. Para compensar esa diferencia, entregamos un cordero a cada mujer, ella lo cría y así obtiene más recursos, que repercuten sobre todo en los niños Otras veces reciben microcréditos que les ayudan a iniciar un pequeño negocio: venden incienso, cestas de yute o ropa que ellas mismas confeccionan. El papel de la mujer y la confianza depositada en ella rompe con las normas más arraigadas. Las viviendas que entregamos a las fami-