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6 Opinión SÁBADO 28 5 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA MICHEL ROCARD, EX PRIMER MINISTRO DE FRANCIA Y DIRIGENTE DEL PARTIDO SOCIALISTA MÚGICA, EL REPETIDOR E MPEZANDO por el Tribunal Constitucional, que muy bien podría haber sido una Sala especializada del Tribunal Supremo, la Transición trajo consigo un montón de instituciones, todas respetables, pero cuya función y eficacia podría caber, incluso con holgura, en el ámbito de las direcciones generales de los ministerios. Una de ellas es la del Defensor del Pueblo. Es como si, en aquellos difíciles setenta, los artesanos que fabricaron, Constitución incluida, nuestro vigente modelo normativo hubieran viajado por los supermercados de las democracias occidentales y les hubieran dicho a sus encargados: En instituciones póngannos una de cada, terM. MARTÍN ciaditas de tamaño y que FERRAND estén muy frescas Salvo en la excepción aragonesa, esa figura del Defensor- -con su presupuesto, su sede, sus cargos y sus funcionarios- -no tiene ninguna tradición entre nosotros; y de hecho, cuando comenzó a funcionar en 1982, su primer titular, Joaquín Ruiz- Giménez, andaba más cerca, ante la opinión pública, de las caras de Bélmez que de la realidad tangible y de la utilidad deseable. En principio, habría que suponer que todas las dependencias del Estado, con toda su nómina incluida, están ahí para defender al pueblo. Incluso puede atribuírseles tan noble función a las autonomías y, con más recelo si se consideran casos como el de Madrid, a los ayuntamientos. En consecuencia, resulta redundante un Defensor del Pueblo que lo es, de serlo, frente a la Administración. Con Álvaro Gil Robles y Fernando Álvarez de Miranda, respectivamente segundo y tercer titulares de tan singular oficina, no pasó nada más que tiempo hasta que el PP, en 2000, propusiera para el cargo a un veterano hombre de izquierdas, Enrique Múgica. Ahora PP y PSOE, que para su nombramiento hace falta una mayoría cualificada, han decidido su renovación en el cargo por otros cinco años, y todos contentos. Todos menos los nacionalistas. Quizá como defender al pueblo frente al Estado es una labor demasiado imprecisa, Múgica ha optado en su pasado quinquenio en defenderlo defendiendo la Constitución, y en eso hay que reconocerle la eficacia y hasta la productividad. Para Iñaki Anasagasti, que es siempre un barómetro que mide con precisión la presión nacionalista, Múgica está pasado de rosca y eso viene a dar muestra de su equilibrio y moderación. Enrique Múgica ofrece el encanto añadido de ser un setentón, y bueno es que esta paidocracia en la que nos han instalado las circunstancias empiece a entender que la experiencia es mejor cuanto más larga y que ello no se consigue con un máster ni con un curso por correspondencia. Múgica será nuestro Defensor hasta el año 2010, y eso, puestos a aceptar instituciones prescindibles, es de lo mejor que podría ocurrirnos. FRANCIA EN BUSCA DE EUROPA Diputado del Parlamento Europeo, el autor defiende una UE unida y analiza la posibilidad de que los franceses den mañana el no a la Constitución Europea, lo que provocaría un terremoto que acabaría con el dinamismo europeo y debilitaría la capacidad de la UE para defenderse en la escena internacional ON sus diez nuevos miembros, la Unión Europea consta de veinticinco países y 453 millones de ciudadanos. En vista de que durante el pasado milenio los miembros de la UE riñeron innumerables guerras unos con otros y durante 45 años una guerra fría dividió el continente en dos bloques hostiles, la Europa de hoy es un éxito de monumental importancia histórica. De hecho, la Unión Europea representa muchas cosas simultáneamente. En primer lugar, es una garantía de paz: la guerra es ahora técnicamente imposible entre los interconectados países miembros de la Unión. Además, la UE es un instrumento majestuoso para la reconciliación internacional. Los alemanes y los franceses, que hace sesenta años se querían tanto, más o menos, como los serbios y los bosnios en la actualidad, son ahora una pareja casada. En Irlanda, los católicos y los protestantes pasaron un siglo matándose, pero, ahora que están en la UE, han reconocido la idiotez de su conflicto y la inevitabilidad de la reconciliación. Después de nueve siglos de odios y guerras, los húngaros y los rumanos están embarcándose en el mismo proceso. Grecia acaba de decidir apoyar el comienzo de negociaciones para el ingreso de Turquía en la Unión Europa en los doce próximos años. La Unión ha sido también una portadora de prosperidad, porque es un mecanismo eficaz para que los miem- C bros rezagados superen obstáculos muy antiguos al desarrollo. Irlanda y Grecia, que en tiempos eran los dos países más pobres de Europa, han tenido un ascenso económico vertiginoso, gracias al cual Grecia se ha acercado mucho a la media europea e Irlanda ya ha ocupado su lugar entre los más ricos. Por esas razones, los países de fuera de la UE quieren adherirse a ella. En menos de dos años, será una realidad para Bulgaria y Rumania, mientras que se están iniciando las negociaciones con Croacia y Turquía. También se habla de la posible adhesión de Serbia y Ucrania. Para cada uno de esos países, la adhesión significará una paz estable con sus vecinos y la reconciliación interna, además de un crecimiento económico acelerado. Todo ello entraña cierta inestabilidad, en particular si la expansión es impulsada por negociaciones entre gobiernos, en lugar de por opciones democráticas. El proyecto de la nueva Constitución Europea fue concebido para remediar ese problema y- -mira por dónde- -Francia, que mañana celebra un referéndum para ratificar la Constitución, da la impresión de querer votar en contra de ella. Si es así, el resultado será un terremoto. Aunque todas las naciones miembros han desempeñado su papel en la integración de Europa, Francia ha sido