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ABC JUEVES 26 5 2005 65 FIRMAS EN ABC MARIANO ALONSO BAQUER TENIENTE GENERAL. ANTIGUO DIRECTOR DE LA ACADEMIA GENERAL MILITAR EL ESPÍRITU DE LA GENERAL Como corresponde a un centro de enseñanza militar en el que los valores morales reflejados en la Ley de las Reales Ordenanzas tienen un sentido prioritario en la formación de sus cadetes, la Academia ha conservado todas sus tradiciones... L 20 de febrero del año 1882, bajo el reinado de Alfonso XII, el Ejército Español dio un salto de gigante en la modernización de la enseñanza militar y la formación de sus jóvenes oficiales, con la creación de la Academia General Militar. Su principal objetivo de superación del corporativismo que tantas veces había llevado a las envidias, rencores y enfrentamiento entre Armas y Cuerpos, en perjuicio del común servicio a la Patria, a España, lo que, desde el principio se llamó Espíritu de la General, fue acompañado por la adopción de una serie de medidas pedagógicas y orgánicas modernas, paralelas a las que inspiraron a la coetánea Institución Libre de Enseñanza, y por un sentido de servicio a la comunidad de los españoles, que hicieron de la nueva Academia un modelo de Centro de enseñanza y formación. Su primer director fue el general José Galbis. Franco Bahamonde, que elige como jefe de estudios a un culto y preparado coronel diplomado de Estado Mayor, Miguel Campins Aura. Zaragoza acoge con cariño a la que desde entonces será su Academia, y comienza una nueva etapa en la que de nuevo surge el espíritu de la General, el espíritu de unión, de compañerismo y de servicio, recogido en un decálogo que sintetiza en forma de consignas los preceptos morales que desde siempre, y a través de las sucesivas Reales Ordenanzas, han marcado el rumbo ético del militar español. Franco, con su propia experiencia militar y guerrera, y muy bien asesorado por Campins y un selecto grupo de profesores bien elegido, es capaz de investigar y profundizar en los nuevos avances en organización y programación docente y en pedagogía superior, de tal modo que, en breve tiempo, convierte a la Academia en un modelo reconocido y admirado por todos los ejércitos europeos, hecho reconocido por el propio ministro de la Guerra de Francia, André Maginot, en su visita a la Academia, diciendo públicamente que era la más moderna de Europa. Alfonso XIII, ya en 1930, siendo presidente del Gobierno el General Berenguer, visita la Academia y le hace entrega de la bandera de la primera épo- E A pesar del magnífico resultado de la experiencia, y, como por desgracia tantas veces sucede en nuestra querida España, las ambiciones personales o de grupo y los particularismos que olvidan el bien común y el servicio en aras de intereses inferiores, provocaron que diez años más tarde fuera cerrada la Academia, volviendo a la división por Armas y dejando como recuerdo la Bandera bordada por la Reina Regente María Cristina y como testimonio, los 2.250 cadetes que en ella se formaron. Cuarenta y cinco años más tarde, también un 20 de febrero, el Rey Don Alfonso XIII ordena la recreación de la Academia General Militar, esta vez en Zaragoza. Para su programación, control de la construcción de los nuevos edificios y dirección, se designa al general más joven y prestigioso del Ejército, distinguido en la recién terminada guerra de África, el general MANUEL VILAS ESCRITOR LA LENGUA Y LA HISTORIA ¿Q UÉ le pasó a España, o qué le pasó a la literatura española? Es una buena pregunta. En realidad, historia de una nación y su literatura son la misma cosa. Si Shakespeare hubiera nacido en Bulgaria y escrito en búlgaro, Shakespeare pertenecería a la literatura nacional búlgara y punto. Si Shakespeare hubiera escrito en catalán, lo mismo. Y en vasco, bueno, en fin. Si Luis Ferdinand Céline hubiera nacido en Soria o en Burgos, ni los sorianos o los burgaleses se acordarían de él, o todavía peor, sólo sería un maldito de aldea. Pero Céline era Francia. Y Shakespeare era Inglaterra. Y si Kafka hubiera escrito en checo, no sería Kafka. Kafka escribió en alemán, porque el alemán era la única lengua que podía admitir una imaginación más allá de la vida y de la muerte. Y España desapreció un buen día, y con ella desparecieron Larra, Galdós, Clarín, Valle- Inclán, Luis Cernuda, y Camilo José Cela, escritores de un país insignifi- cante. Si Proust hubiera escrito en castellano su nombre sería Gabriel Miró. El tren de la modernidad histórica pasó por delante de los ojos de los españoles y no se detuvo. Nadie lee a Galdós en Europa, pero sí a Flaubert. Nadie lee a Baroja en Europa, pero sí a Kafka. Nadie lee a Cernuda en Europa, pero sí a Eliot. España perdió. Desapareció, más allá de Cervantes no hubo nada. Pero lo hizo no porque su literatura fuese menor, sino porque su historia era menor. Porque su historia desapareció del planeta. Se encogió. No aceptó la modernidad, como tampoco la acepta ahora. Desde la izquierda y desde la derecha se ha acabado construyendo un país sin imaginación, destrozado por los nacionalismos ridículos. La cultura catalana, y la vasca y la gallega no existen en el mundo, porque en este mundo sólo existe el inglés y la cultura en lengua inglesa (hasta hace poco aún existían la cultura francesa y la alemana) Sin embargo, un país crepuscular como España tiene una resurrección extraña e inesperada, y resulta que esta lengua que aquí llamamos castellano rebota en los pobres de la tierra, en ese arcano que se llama América, y nos llegan libros especiales, nadie daba un duro por nosotros, y aparecieron Borges y Cortazar, y Vallejo y Neruda, y Paz y Roberto Bolaño, qué ironía inexplicable. ¿Qué pasa aquí? En medio de un país agonizante, comido por los ricos del norte, vienen los pobres con sus poderosas vidas escritas en nuestro mismo idioma. Y aquí estamos, preocupados e indecisos. El castellano, como lo llamamos aquí, es la única ventaja de los pobres. Los pobres, que como las ratas, tienen un vigor más allá de la historia. Y ese vigor me divierte, porque ese vigor es aplastante. Ese vigor es cultura en estado salvaje. Contra eso, no hay ley de normalización o inmersión lingüística que pueda. De España no podemos esperar nada, porque es un país sin imaginación, viejo y devorado por úlceras nauseabundas, pero esos tipos de América, que escriben sin complejos, que escriben con una libertad que aquí ya nos es imposible, de esos tipos es el futuro. Y me alegro. Y me alegro mucho, porque, ya ves, esta lengua prohibida en España es la mía, y me gusta, chaval, me gusta mi lengua. Me gusta mucho. ca, la que había bordado su madre María Cristina. En junio de 1931, Manuel Azaña, ministro de la Guerra de la recién instaurada República, decreta la disolución de la Academia General, ante la oposición de la mayoría del Ejército, y muy especialmente de la ciudad de Zaragoza. En sus edificios se instala el Regimiento de Carros número 2, cuyo estandarte republicano se conserva en el Museo de la Academia. Terminada la Guerra Civil, en 1942 reanuda su actividad docente la Academia General de Zaragoza, ininterrumpidamente hasta la fecha, con sesenta promociones de oficiales del Ejército de Tierra, y desde 1992, de todas las escalas y procedencias. Como corresponde a un centro de enseñanza militar en el que los valores morales reflejados en la Ley de las Reales Ordenanzas tienen un sentido prioritario en la formación de sus cadetes, a lo largo de todos estos años la Academia ha conservado todas sus tradiciones, desde la lectura diaria de sus efemérides o tradición del día a la celebración de sus aniversarios y al cuidado y mantenimiento de todo lo que recuerda su historia, como parte de la historia de España; además del rico Museo de la Academia que completó el inicial Museo de los Sitios de Zaragoza, de su sala de directores, de los nombres de sus calles y edificios y de los cuadros y complementos ornamentales, tiene una serie de monumentos y estatuas en sus calles, plazas y jardines, como la de la Reina María Cristina, la del capitán Jordán de Urríes, héroe de la Guerra de Africa y la del General Franco, primer y único director de la Academia en el primer periodo de su ubicación en Zaragoza. Todas ellas forman parte de su historia centenaria y entre todas se mantiene viva una importante parte de la Historia de España. Mis compañeros de promoción, como más representativo de ella, y algunos de mis antiguos profesores y cadetes, de cuando fui director de la Academia General, me han llamado alarmados ante la noticia de que, volviendo a la por desgracia no olvidada práctica española de sólo querer leer una parte de nuestra historia, se pretende hacer desaparecer la estatua de Franco del recinto de la Academia. Se me hace duro creer que políticos con responsabilidad de gobierno vayan a caer en la trampa demagógica de jugar con la Institución militar para dar gusto a una mal llamada progresía, o, lo que sería peor, a infundados resentimientos o afanes de trepar de algunos que vistieron el uniforme militar y además formaron parte de la Academia. En los delicados momentos que vive España, crear sin motivo razonable un grave factor de división y ruptura de los Ejércitos me parecería un acto de irresponsabilidad, que obliga a los militares a levantar la voz y dar la alerta, invocando el Espíritu de la General, el de unión y compañerismo, el de asunción de toda nuestra historia, y muy especialmente de la historia de nuestra querida y honrada Academia General Militar.