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ABC SÁBADO 21 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA HISTORIA DE UN ESPÍA POR JOSÉ JIMÉNEZ LOZANO ESCRITOR. PREMIO CERVANTES 2002 A Karl Barth la figura de Gerstein le deja balbuciendo, como a nosotros nos deja mudos. Pero ¿quién nos asegura que en nuestro mundo, tal y como van las cosas de la cientificidad y del progreso, una situación como aquella no va a ser nuestra situación, mañana mismo? OR muchas razones y en muchas circunstancias, se tiene que recordar, obligadamente, la extraordinaria, inquietante, figura de Kurt Gerstein, pero de modo especial cuando asistimos a disoluciones, descensos, desprecios y allanamientos del Derecho, y de toda conciencia ética, que parece ser ya la banalidad misma de lo cotidiano en nuestra misma sociedad Y no podemos hacer nada, absolutamente nada, como él; aunque él hizo todo lo posible y lo inimaginable que un hombre puede hacer. Hasta cargar sobre sí los estigmas mismos del crimen. Aparece Gerstein como un personaje de la pieza teatral, El Vicario de Rolf Hochhut, aunque utilizado en ella como pura marioneta de la tesis del autor; es decir, como testigo de cargo contra el Papa Pío XII en los momentos de la persecución nazi contra los judíos. En su vida real, fue un Ingeniero de minas de profesión, y luego Oberstumfürer de las S. S. que, al fin, se suicidó en la cárcel, donde estaba detenido por crímenes de guerra, el 26 de julio de 1945. Y su historia es compleja e insufrible, aunque imposible también de exorcizarse. P do. Una cosa terrible me ha sucedido. Luego sacó de su bolsillo un papel con bordes rojos, como eran los impresos de las órdenes de detención de la Gestapo, y dijo: Pertenezco a las S. S. y prosiguió: Lea usted mismo. Es una orden de ir a buscar ácido prúsico. ¿Sabe lo que significa? Es muy secreto... Este cargamento que debo ir a buscar está destinado a matar a miles y miles de gentes, a las que se llama sub- hombres. Señor Pastor, ¿qué debo hacer? Si cumplo la orden, me convierto en cómplice de este exterminio. Estoy decidido a suicidarme. La actitud de Gerstein fue un caso límite para la cristiandad en la que vivía y a la que pertenecía, pero también un desafío a la razón misma, y, desde luego, para la juridicidad; y, de haber podido ser juzgado en Nüremberg, junto al doctor Joachim Mrugosky, su Jefe del Instituto de Higiene, desde luego que hubiera sido condenado y ahorcado como éste. Pero quizás sea suficiente un par de testimonios a su respecto para iluminar el ámbito de su comportamiento. El primero es un recuerdo del Pastor Herbert Mochalski, perteneciente a la llamada Iglesia Confesante, es decir la parte de las Iglesias de la Reforma que se negó a adherirse a la Iglesia Alemana. El líder más destacado de aquella Iglesia Confesante era el Pastor Niemöller que fue encarcelado, y a la atención de cuya parroquia, la de Santa Ana de Dahlem, fue enviado el Pastor Herbert que también había sido detenido, y luego desterrado de su tierra, la Silesia. Y a los servicios religiosos de Santa Ana iban como cuarenta o cincuenta fieles, y él los conocía a todos; pero, un día, mientras predicaba sobre el quinto mandamiento, vio a alguien desconocido entre los oyentes, y pensó que sería un miembro de la Gestapo, y que el tema del sermón iba a traerle complicaciones. Y, apenas volvió a la sacristía, mientras se quitaba la ropa litúrgica, el desconocido entró con una maleta en la mano; y, muy nervioso, le dijo que había pasado por allí, había visto luz, había entrado, y había oído la predicación, que le afectaba personalmente: Es la Providencia la que me ha guia- Luego añadió que en la maleta llevaba el uniforme de las S. S. y le explicó al Pastor Herbert que había entrado en aquéllas para encontrar a los asesinos, mediante eutanasia, de su hermana o su cuñada, y continuó diciendo: Voy a matarme, pero eso significa la muerte de otras dos personas, porque cada S. S. está apadrinado por dos personas. Si me mato, serán fusilados. ¿Qué debo hacer? Y el Pastor Herbert concluye: No supe qué responderle, y partió con su maleta. La segunda memoria es un comunicado, hecho en nombre de una personalidad ciertamente señera en el mundo de la teología del siglo XX, el Profesor Karl Barth, que asegura en él que nunca conoció a Gerstein, ni oyó hablar de éste, salvo cuando leyó El Vicario, y oyó comentar que Gerstein estaba influenciado por su propia teología y su significación pública de representante teológico de la Iglesia Confesante. Según todo lo que ha oído- -se dice en ese comunicado, referido a Barth- -tiene a Gerstein como una figura de un relieve verdaderamente fascinante, como si no pudiera existir ni pudiera comprenderse realmente si- no en tiempos y situaciones tan terribles como los de entonces; una figura que, a pesar de eso o precisamente por eso, no se puede evocar más que tomando la mayor distancia (no se trata de admiración) y que, pese a esto, o precisamente por esto, debe considerarse en el caos total de la época, como un signo lleno de esperanza. Es decir que a Karl Barth la figura de Gerstein le deja balbuciendo, como a nosotros nos deja mudos. Pero ¿quién nos asegura que en nuestro mundo, tal y como van las cosas de la cientificidad y del progreso, una situación como aquella en la que se encontró Gerstein, no va a ser nuestra situación, mañana mismo? ¿Y la esperanza a la que alude este comunicado? Kurt Gerstein, un luterano muy cultivado y piadoso, ante la extraña muerte de una hermana o cuñada suyas en una clínica, comienza a investigar porque sospecha la eutanasia de Estado, comprueba la sospecha, y se le abren otras muchas; así que, mediante el disimulo y la falsificación, pero también la colaboración y hasta su integración material en la fila de los verdugos, llega hasta los campos de gaseamiento, como jefe del equipo que transporta el gas letal Zyclón B. Trata de pasar la información documentada de todo el horror que ve a los aliados, al Vaticano etc. pero nadie le cree, ni siquiera se le escucha, se le rehuye, y ya no puede vivir. Al ser detenido, permanece veinte días en la cárcel antes de suicidarse, pero no quiere un defensor. Su personalidad verdadera se descubre tras su muerte. Uno de sus biógrafos, Pierre Joffroy, tituló precisamente, y con acierto, su libro, El Espía de Dios, que, es una expresión de un amigo de juventud de Gerstein, el Pastor Rehling, y está tomada, sin duda, de Kierkegaard, cuando dice: Un espía que al servicio de Dios descubre el crimen de la cristiandad, que es el de llamarse cristiana cuando no lo es. Pero desde luego que esta civilización nuestra no quiere llamarse cristiana ni de lejos; pero tampoco ninguna otra cosa que pueda tener que ver algo con la fábula antropológica y no sea mera cuestión de Granja. Sencillamente, se abona con orgullo a todo crimen, incluida la eutanasia y todo lo demás que Gerstein presenció horrorizado, más los adelantos científico- técnicos logrados después en este sentido, como el advenimiento de por fin el humanitarismo y la paz. Y nadie debe protestar, aunque sea escribiendo papelitos, ni, menos, disponiéndose a ser Espía. Porque ¿ante quién, y ante qué tribunal las protestas? ¿Y en nombre de qué eticidad y Derecho? Todo es ya accidental, que decía Dostoievski, y no hay instancias. Todo se disuelve.