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ABC JUEVES 19 5 2005 Tribuna 61 FIRMAS EN ABC CARLOS PARAMÉS MONTENEGRO ESCRITOR MALTA, LA ENCRUCIJADA AL SOL Aquí descansa Vallette, digno de eterna honra. El que fuera, en otro tiempo, azote de Asia y África, escudo de Europa- -de donde, con su poderoso brazo, expulsó a los bárbaros- -es la primera persona enterrada ros. Dios, gozándose en la contemplación de su nobleza, perdonaría, seguramente, al hombre por sus bajas intenciones y bendeciría el resultado Malta. Es muy difícil el papel de las naciones situadas en cualquier encrucijada estratégica y el archipiélago maltés ha sido víctima propiciatoria de su condición de cruce de caminos. Situada a los 35 de latitud Norte y a los 14 de longitud Este, en el corazón del Mediterráneo central, sólo noventa kilómetros la separan de Sicilia y doscientos del continente africano, equidistando casi de las dos puertas del Mare Nostrum mil ochocientos kilómetros al Este de Gibraltar, mil quinientos al Oeste de Alejandría. Y, está a un paso también, de la bota italiana, de Córcega y Cerdeña y de las islas griegas. Con esta situación era muy natural que en Malta dieran la vuelta todos los vientos de la Historia. A las islas fueron a dar santos como Pablo de Tarso, héroes legendarios como Ulises, pintores como Caravaggio, grandes personajes como Bonaparte y Nelson, poetas como Byron, escritores como Walter Scott... En Malta, más pronto o más tarde, echaron su cuarto a espadas, todos los pueblos a los que la guerra, el comercio, la aventura o el destino, llevaron por esas latitudes: fenicios, romanos, árabes, normandos, castellanos, provenzales, sicilianos, catalanes, franceses... Uno de los franceses, el citado Napoleón Bonaparte, sucumbió también a la tentación maltesa y aprovechó su expedición a Alejandría para quedarse un par de años en la isla, hasta que en 1800 le expulsaron los malteses con la ayuda de Nelson. Empezó entonces el largo dominio del Reino Unido al que Malta perteneció como colonia durante más de 160 años. La huella británica sigue viva en muchos aspectos. El inglés es idioma oficial, pero en las calles de Valletta sólo se escucha el maltés (una lengua semítica de imposible comprensión a la que los españoles, como los demás dominadores, hemos contribuido con algunas palabras. En nuestro caso, por ejemplo, pag (i) na E L día siguiente al final del Gran Sitio fue uno de esos días mágicos en los que el favor de los dioses realza las virtudes de excepción de un líder. Tuvo que ser algo muy especial para Jean Parisot de la Vallette, el Caballero francés que, a los setenta y dos años de edad, desempeñaba en 1565 el cargo de Gran Maestre de la Orden de Malta- -en la isla que dio su nombre a la que antes se llamara Orden de San Juan y luego de los caballeros de Rodas- -extraordinario triunfador del largo asedio turco. Jean Parisot de la Vallette tuvo aquel día una genial intuición: construiría una plaza fortificada capaz de defenderse con mayores garantías, pero aprovecharía la ocasión para convertir el archipiélago maltés en uno de los centros artísticos y comerciales más importantes del Mediterráneo. Después del doloroso abandono de Acre y de la isla de Rodas, Malta- -donada a la Orden por Carlos I de España a cambio de un singular tributo, un halcón, que, precisamente, el día de Todos los Santos se entregaba al Virrey de Sicilia- -iba a ser la patria definitiva de los caballeros ¿No se contaba esta historia en una película mítica, El Halcón Maltés Así que puso manos a la obra. El Papa Pío IV le envió a su arquitecto Laparelli, al que se debe el diseño urbano, en parrilla, de Valletta, el revolucionario sistema de recogida de basuras, el original alcantarillado... Laparelli, además, con sus discípulos y seguidores, especialmente Girolamo Cassar, con la guía y el apoyo del Gran Maestre, se ocupó de que fuera una fortaleza inexpugnable, contorneada en todo su perímetro, por formidables bastiones y, al mismo tiempo, la sede de ma- jestuosos palacios, bellas iglesias, sólidas instalaciones militares, un espacioso y seguro puerto y armoniosas construcciones civiles. Desde la ventana del cuarto de mi hotel en el vecino municipio turístico de Sliema, me recreaba, una y otra vez, en la contemplación de Valletta, erguida, orgullosa, fascinante. Como una bella, un punto decadente, gran señora. La piedra ha perdido color, algunas construcciones parecen amenazadas de ruina, pero el espectáculo a la luz del amanecer, al ponerse el sol o bajo la iluminación artificial nocturna, resulta inolvidable. E invitaba a un minucioso recorrido por el interior de la ciudad para gozar de todas sus maravillas. Como español vibré especialmente ante el Albergue de Castilla y León, el espléndido edificio renacentista que levantó en 1574 Girolamo Cassar. Allí, agrupados por Lenguas, como sus colegas de otros países- -igual que Ignacio y Javier en la Sorbona- -vivieron durante siglos los Caballeros castellanos y leoneses pertenecientes a la Orden. El Albergue de Castilla y León sirve de residencia al Primer Ministro de Malta. Como escribiera Nicholas Monsarrat en El Capellán de Malta el edificio es un prodigio en piedra dorada, con balcones bellamente ornamentados, un gran escudo de armas sobre la puerta y otro sobre el tejado Ningún modo mejor de profundizar en su belleza que con las palabras que el mismo Monsarrat pone en boca de El Capellán de Malta don Salvador: Poco importa que en su construcción pesara menos el propósito de alabar a Dios que el de dar un espléndido alojamiento a la Quinta Lengua de los Caballe- JAVIER TOMEO ESCRITOR ESTRELLAS FUGACES H ACE un par de noches, desde la azotea de su casa, Ramón pudo sorprender una estrella fugaz y esta mañana, recordando aquella estrella, me confiesa que las estrellas fugaces le han fascinado siempre, porque son heraldos de cataclismos y calamidades de toda índole. Le contesto que ya es hora de acabar con esas supersticiones, que las estrellas fugaces son cometas sujetos a las leyes de la mecánica celeste, que eso es lo que descubrió Newton y confirmó después Halley, calculando la órbita del cometa que lleva su nombre. Le explico, asimismo, que algunos cometas pueden verse a simple vista y que otros, llamados telescópicos, sólo pueden descubrirse con la ayuda de un telescopio. -Además- -prosigo, mientras mi amigo pasea una mirada ensoñada por el firmamento- los cometas que pueden verse a simple vista son muy distintos de los telescópicos. Me refiero, claro está a su aspecto. Los que pueden verse a simple vista, tienen una cabeza tan brillante que algunas veces puede verse a la luz del día y una larga cola, dirigida siempre en dirección contraria a donde está el Sol. Ramón, que no ha escuchado ni una sola palabra de lo que acabo de decirle, dice que, según Mahoma, las estrellas son los vigilantes del cielo que impiden la entrada de los demonios en esos espacios divinos, y que de esa modo evitan que lleguen a conocer los secretos de Dios. -Pues muy bien- -le digo- Para ti la perra gorda. guerra droga y spanjol Hay protestantes, con iglesias abiertas al culto, pero nada ha podido desarraigar la fe católica del corazón de los malteses. Por todos los rincones de la ciudad, en las fachadas de las casas, en los patios, imágenes de santos y de Vírgenes testimonian esa fe sin fisuras. Las calles, con balconadas pintadas de verde, rojo y azul, llevan nombres en los dos idiomas, pero son estrechas y empinadas y las coladas se secan al sol como en Nápoles y Sicilia. Se circula, milagrosamente, por la izquierda- -no hay semáforos- en medio de una anarquía nada británica. Se ven cabinas telefónicas iguales a las de Londres, por ejemplo, en la Plaza de la República; y, sin embargo, este espacio urbano tiene una traza totalmente mediterránea, latina. Y aunque está presidida por una estatua de la Reina Victoria, en el vecino edificio de la Biblioteca Nacional se custodia el documento original de la donación de Carlos I. Y los malteses de pelo negro, tez morena, estatura media y aire inequívocamente mediterráneo, en nada se parecen a sus colonizadores. Nada tiene de extraño, a la vista de lo dicho, que la encrucijada maltesa tenga mil atractivos para sus visitantes. A ello contribuye, sin duda, la legendaria hospitalidad de los malteses: abiertos, cordiales, sonrientes, generosos de su tiempo con el forastero. Cuando la visité, hace ya algunos años, se desviaban de su camino para precisar alguna información, respondiendo con paciencia y sinceridad a cualquier pregunta sobre la isla y gentes. Entonces- -estoy seguro de que todo es ahora mejor en la Malta reciente miembro de la Unión Europea y tema recurrente en la prensa desde la formalización de la Europa de los 25, que está detrás de estas evocaciones- -la inmensa mayoría de los universitarios malteses, acuciados por las limitadas posibilidades laborales existentes, sentía la tentación de emigrar, aunque al final, casi siempre, les retenía el amor a su tierra. También la amó infinitamente Jean Parisot de la Vallette. Ahora el gran Maestre de los días del asedio turco descansa para siempre en la Catedral de San Juan, obra de Cassar. Muy cerca del Museo, cuya joya más valiosa es un bellísimo Caravaggio, está su sepultura para la que se escribió este solemne epitafio: Aquí descansa Vallette, digno de eterna honra. El que fuera, en otro tiempo, azote de Asia y África, escudo de Europa- -de donde, con su poderoso brazo, expulsó a los bárbaros- -es la primera persona enterrada en esta amada ciudad de la que fue fundador Nunca olvidaré mi último recuerdo. Desde el avión en el que abandonaba Malta se podían contemplar las tres islas- -Comino, Gozo y Malta- -recortadas sobre el azul del mar. Y las cúpulas de las iglesias en Floriana o Mosta, así como la ciudadela de Mdina, o los perfiles de las tres ciudades, Cospicua, Vittoriosa, Senglea. Malta iba achicándose en la distancia hasta convertirse en un punto lejano que se desvanecía en el horizonte. Tendida al sol, en la confluencia de los caminos del mar y de la historia. No olvidaría a cuantos quisieron o pudieron poseerla, pero quería sentirse y se sentía dueña orgullosa de su propio destino.