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ABC JUEVES 19 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA TRANSICIÓN MALQUERIDA POR VALENTÍ PUIG ESCRITOR La ciudadanía desea saber hacia dónde se va y cuál será la consistencia del nuevo paisaje. En estos casos, la frontera entre la confianza y la desconfianza acostumbra a ser muy fluida. Más beneficioso sería plantar un esqueje de aquella transición... A justificación de la extremada maleabilidad de lo postmoderno quiso fundamentarse en la inexistencia de grandes relatos, de meta- relatos, pero los hay y los habrá. Para la España moderna lo fue la transición a la democracia al morir Franco. En el entreacto, es un deber de civilización pulir y afinar la memoria de aquel tiempo de azares y necesidades. A saber cómo se explica en las escuelas un trance histórico que cimentó el acueducto necesario para transitar del autoritarismo a la plena libertad. De aquel gran relato parece desapegarse la izquierda que gobierna hoy con el apoyo parlamentario de Izquierda Unida y Esquerra Republicana, como si se quisiera rebobinar lo pasado y reintroducir el concepto de ruptura, cuando entonces había triunfado el espíritu de reforma. Los actos de concordia colectiva que España vivió en las fases más fecundas de la transición democrática van siendo desvalorizados, uno tras otro, en beneficio de un síndrome de ruptura que disloca consensos y legitimaciones. Fue entonces tanta la voluntad de concordia colectiva, que incluso quedaron borradas las huellas del ridículo histórico que hizo la fraseología rupturista. Lo probaron el prestigio acrecentado de la Corona, los resultados del referéndum sobre la Ley para la Reforma Política y luego el referéndum de la Constitución. L Estado y conceptos nucleares de la convivencia pactada quedan sobre la mesilla del mago predistigitador, entre la chistera raída y el conejo atontado. El tempo de la transición a veces hacía sentir la trepidación de la Historia bajo nuestros pies, con recordatorios de tragedia y una teoría de ventanales que iban abriéndose uno tras otro, con raudales de luz que aclaraban un paisaje de paz, piedad y perdón. Ahora, aquel período que legítimamente muchos vivieron y evocan con orgullo está siendo aludido como una fracción histórica turbia e incompleta, requerida por fuerzas incontrolables, vivida bajo una presión contra natura Paradójicamente, quien encabeza ese revisionismo es un presidente del Gobierno como José Luis Rodríguez Zapatero, llegado al liderazgo del PSOE como voz de las ilusiones de una nueva generación y hoy domiciliado en la Moncloa por efectos hipotéticos de un talante de renovación que llevó a las urnas a sectores generacionales próximos a la marginalidad política y tentados por cierto antiinstitucionalismo. Tan unilateralista, el modo de dialogar de Rodríguez Zapatero plantea hoy, en gran parte como consecuencia de la grave crisis moral del 11- M, una revisión del pasado que es más propia de quien con urgencia busca nuevos recursos para avalar su propia legitimidad. Cruje el corpus constitucional, padecen las relaciones institucionales, se alteran consensos tácitos o explícitos, cambian las alianzas internacionales, está en la duda el modelo territorial de La transición fue una página de épica feliz y venturosa, una de las páginas más acertadas de la historia de España, como para honrarla todos los días. Es descorazonador que ocurra todo lo contrario, que el propósito sea tergiversarla, ningunear su envergadura, ponerla bajo sospecha, olvidarla para salvar el nombre de una ruptura que nunca tuvo lugar. Lo había prefigurado Rafael Arias- Salgado en su artículo sustancial Polémica sobre la interpretación de las Leyes Fundamentales: dimensión política y dimensión técnico- jurídica publicado en la revista Sistema en abril de 1974. Arias- Salgado razonaba posible iniciar una evolución con horizonte liberalizador en el marco de aquellas Leyes fundamentales, desde una interpretación técnica, tejida con la finalidad también política de empujar al régimen a su evolución transformadora hasta el punto de que ciertos detentadores del poder ya no podrían impedir la liberalización. En el fondo, se trataba de sumar lo mejor de la evolución interna y de la reforma posible, mientras el frente rupturista iba asomando por los boquetes del tardofranquismo, con inflación verbalista y adanismo ideológico. Al cabo de los años, está en los manuales que la España actual se gobierna, si acaso, con reformismo y que las tesis rupturistas sólo sirven, como máximo, para estar en la oposición. En un malabarismo novedoso, Zapate- ro usa de las tesis rupturistas desde el Gobierno, tal vez porque así disimula el desgobierno. Si eso corresponde a un nuevo ciclo de la vida pública española o es una simple estrategia política se va a saber relativamente pronto. La desmemoria tiene sus ciclos, el pasado conoce sus fosas y la ética de la responsabilidad ha de atender a sus rigores. El hecho de que la política esté perdiendo su función central en nuestras sociedades no incumbe directamente al pasado: preguntarse si estamos en el umbral de un nuevo desencanto o en los inicios de un repliegue tal vez sea una conjetura desorbitada al compararla con los datos del zapaterismo como sistema anecdótico, pero es que proponerse la reescritura de la transición a la democracia no es poca cosa. Entre otras razones, porque no se nos explica racionalmente el motivo ni que de los resultados de las elecciones generales de marzo pueda deducirse con tanta ligereza el deseo colectivo de un bandazo tan brusco. Es reciente la reflexión del profesor Antonio Porras Nadales, en la Revista de estudios políticos mirar para otro lado después del 11- M restringe un ámbito de debate que requeriría alternativamente las máximas cuotas de libertad de expresión y de opinión, y mucho más cuando una de las líneas programáticas del nuevo gobierno- -dice Porras Nadales- -resulta ser nada menos que la propia regeneración democrática de nuestro sistema político: de una parte, lo dificulta el negar o ignorar la crisis de legitimidad producida en las vísperas electorales, y de otro lado, no se ve la puesta en práctica en un ambiente de continuada reiteración de la peligrosa bipolaridad en que viene cayendo nuestro sistema representativo; cuando todo proceso de regeneración democrática requiere más bien, alternativamente, un esfuerzo adicional y compartido de consenso Para quienes proponen y estimulan la malquerencia de la transición democrática vivida en España en los años setenta, el beneficio político será probablemente sólo a muy corto plazo, si es que no resulta nulo. Las democracias valoran mucho dos elementos: la estabilidad y un sentido claro de la orientación. Ambos elementos requieren de quien los represente, articule y exprese con credibilidad. Así será la confrontación política en los próximos meses, porque la ciudadanía desea saber hacia dónde se va y cuál será la consistencia del nuevo paisaje. En estos casos, la frontera entre la confianza y la desconfianza acostumbra a ser muy fluida. Más beneficioso sería plantar un esqueje de aquella transición democrática en una maceta de casa y regarla todos los días. vpuig abc. es