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ABC MIÉRCOLES 18 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA EDAD SIN INOCENCIA POR FERRAN GALLEGO PROFESOR DE HISTORIA CONTEMPORÁNEA. UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA La paz tiene un precio, por supuesto. Pero tenía un valor: el acuerdo íntimo, inquebrantable, de no negociarla nunca. El precio era la muerte a manos de los asesinos. Pero el valor era el diálogo entre los inocentes, entre los demócratas, entre los ciudadanos libres... D EJADA atrás la edad de la inocencia, cabe esperar que la moderación y la veracidad no residan en lugares opuestos. La flexibilidad debería corresponder a la solidez de unas convicciones que se inclinan ante una idea mejor. Nunca a la evanescencia que compensa sus defectos de carácter con un exceso de método. Y es lo que puede ocurrir en nuestro particular Teatro Nacional, tan proclive a confundir el gesto con la palabra y la moral con la estética. La cultura del diálogo exige la convicción de sus límites: de qué se habla y con quién se está dispuesto a hablar. En esa limitación se basa la difícil arquitectura cívica que normaliza las relaciones entre lo que las personas dicen, preservando esa primera decisión de no obligar a las palabras a frecuentar ambientes que nada tienen que ver con su significado. Decidir que con ciertas personas no se habla no es una actitud opuesta a la libertad y a la tolerancia. Es reservar ese recinto a quien ha elegido vivir en él, sin dejarlo abierto a quienes acuden, como visitantes ocasionales y curiosos, transitando cuando les apetece por esas calles de la libertad de expresión, aunque sus barrios nativos hacen del verbo silenciar una curiosa manera de obtener el privilegio de ser escuchados. una opción confirmada en un ejercicio de reconocimiento y representación, de edificación de una nación de todos todos. Ortega dijo que la patria es lo que encontraré mañana, al despertarme, nunca lo que dejo atrás cuando me duermo. Pero se ha hecho mucho más que eso, como corresponde a los peores usos de nuestro débil talante democrático. Porque la injusticia ha venido acompañada del vituperio. Se acusa a las víctimas de no querer dialogar. Los actuales campeones de esa versión deformada de la conversación le han dado el miserable nombre que merece, el nombre levantado sobre el lugar donde sólo reside el precio y nunca habita el valor: la negociación. ¿Y para qué se negocia? Para que dejen de matar, se dice. Uno podría entenderlo en boca de ciudadanos desesperados, humillados y ofendidos hasta ponerse al límite de su propia degradación. Pero, despeñándose de bocas supuestamente adiestradas en la responsabilidad de gobernar una nación, la palabra deshuesa nuestra idea misma de democracia, la deja en la flaccidez de un cuerpo sin vértebras morales. Para que dejen de matar significa, ni más ni menos, que matan. Que lo que les ha hecho ganarse el puesto es el acto de matar y el recuerdo de los muertos, entrañable e infame, sobre un país que aún no comprende el extraño privilegio que nos diferencia de Europa: los mil asesinados sobre los que sus propios verdugos han adquirido derecho, como si hubieran cazado piezas que intercambian en ese mercado de la negociación política, regateando el precio de su vida incompleta, de su cuerpo deshabitado para siempre, de su futuro depuesto, a veces con alegre arbitrariedad, otras con una ejemplar planificación disuasoria. Desde la edad sin inocencia de esos mil muertos, no nos contempla la historia, sino el presente y el futuro. O, más bien, la manera en En la cultura de la conversación, guardar las formas no es una mera cuestión de cortesía. Las palabras son la forma de las convicciones. La custodia de las formas tiene más que ver con la libertad que con la buena educación y, desde luego, mucho más que con cualquier espectáculo agradable. Pero, ahora, la cultura del diálogo ha sido destituida, hasta el punto de que la elección de unos interlocutores que nada tienen de respetuosos con ella ha acabado desplazando a quienes llegan a la política sin más recursos que sus palabras. Dialogar con los asesinos y con quienes acolchan ideológicamente su inmundicia ha acabado por quebrantar el acuerdo de quienes siempre habían hablado, de quienes habían entendido en qué consiste el acuerdo y la discrepancia. Ha acabado por impedir que se dirijan la palabra los compañeros de los asesinados. Se ha apartado a quien sólo ofrecía principios, para hacer sitio a quien sólo suministraba el festín de la Tierra y de los Muertos. Quienes poseían la fuerza de la razón han sido desplazados, en favor de quienes ofrecen esa inversión deleznable a plazo fijo: una sociedad en quiebra moral que no reconoce a sus vecinos, sino que los clasifica. Este es el peor costo de la operación en marcha: la carencia de escrúpulos para marcar los límites ha acabado por apuntalarlos en otro lugar. La voluntad de no excluir a nadie ha terminado por excluir a quienes no han hecho otra cosa que construir el campo del entendimiento, de la libre exposición de las ideas, de la aceptación orgullosa del valor inalienable del otro, de la construcción difícil de una cotidiana ciudadanía. De quienes, desde la izquierda y desde la derecha, hicieron de la nación un permanente plebiscito, que los descuartizamos, en que los mutilamos arrojando del tiempo a quienes nada queremos saber de esa sintaxis que traiciona el sentido de las palabras, que las aturde hasta que suenan con la inquietante salmodia de un idioma extinguido, indescifrable. Que nos hace trampas, llamando a las cosas con palabras familiares a las que se cambia el sentido. Es el lenguaje con el que hablan los locos. La paz lo vale señalan con ufano timbre los administradores del espectáculo. La paz tiene un precio, por supuesto. Pero tenía un valor: el acuerdo íntimo, inquebrantable, de no negociarla nunca. El precio era la muerte a manos de los asesinos. Pero el valor era el diálogo entre los inocentes, entre los demócratas, entre los ciudadanos libres. La paz vale mantener esa intransigencia frente a quien pretende, después de haber matado, que su crimen fructifique en una cosecha roja de ventajas políticas. La paz vale mantenerla frente a quien no sólo ha empobrecido a las familias diezmadas, sino que ha puesto bajo sospecha a quienes nunca han matado, cargando sobre sus espaldas la responsabilidad de la muerte, en uno de los ejercicios de manipulación más vergonzosos que han conocido los tiempos modernos. Las víctimas aparecen como verdugos del futuro si no firman una rendición condicional. Aparecen como responsables de la muerte si no aceptan a quienes han cabalgado a grupas del crimen durante treinta años. Aparecen, señalados por quienes nunca creímos que lo harían, como intratables seres sin sentido cívico, cuya intolerancia sólo provocará miseria y dolor añadidos a un país que ha perdido los puntos cardinales de su dignidad. Pero la dignidad reside en esa zona, precisamente. En la de quienes dicen que no, desde esa negativa donde siempre han empezado las afirmaciones del humanismo y de la libertad. En la de quienes toman el camino más difícil. El de saber que, en nuestro propio nombre, nunca se dará a los asesinos y sus cómplices el rango de honestos luchadores equivocados. Que nunca dejará de tenerse en cuenta que dialogar con ellos es darles una parte de la razón, de nuestras propias razones, después de haberles saciado con una parte de nuestras vidas, de nuestros derechos, de nuestra felicidad. De algo habrán servido: habrán podido presentar la línea por donde pasa la dignidad de un pueblo. Habrán marcado profundamente la herida abierta que conserva la memoria de las víctimas y nos hace sentirnos tan poca cosa en comparación con su sacrificio. Habrán servido para indicarnos en qué consiste el diálogo, en qué consiste la tolerancia, el respeto mutuo, la residencia en la tierra y la lenta destilación de la vida libre. No hablaremos con ellos nunca. Y si eso implica que otros nos retiren la palabra, quizás sepamos cuánto valía, en realidad, la palabra que ahora se nos niega. Sobre todo, al compararla con la de quienes, en uno y otro lado de la política, ya no pueden pronunciarla.