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ABC MARTES 17 5 2005 59 FIRMAS EN ABC ALEJANDRO RIERA ESCRITOR EMILIO CARRERE Y LA FIESTA DE LA MANTILLA Aquí, probablemente, nacerá una nueva ocurrencia del poeta que, esta vez, le colocará en el escaparate de la vida social madrileña la fiesta de la mantilla... NTE un Madrid en continua transformación, a los defensores de una cierta esencia madrileña se les podría erizar el cabello. Para recuperar el pasado quisiéramos que bastara con los deseos sin tener en cuenta la realidad... En el Madrid de hace cincuenta años, el periodista César González Ruano se zambulle en el pasado para evocar al escritor Emilio Carrere. En su artículo describe al autor de rostro redondo con su figura rechoncha y sus brazos cortos de pingüino, jugándose el dinero de verbenero, ataques contra el metro y loas a los radiadores. Los lectores abren el periódico y buscan rápidamente la sección del poeta para descubrir sus ocurrencias. Muchos de ellos recortan sus artículos y forman álbumes; otros le escriben y le proponen nuevos temas El periodista, espoleado por el éxito y, qué duda cabe, por la necesidad, escribe sin cesar artículo tras artículo en las mesas del café Varela, en las del Castilla o entre los muros del Círculo donde Ruano le ha inmovilizado para nosotros. Aquí, probablemente, nacerá una nueva ocurrencia del poeta que, esta vez, le colocará en el escaparate de la vida social madrileña la fiesta de la mantilla. Con su primera convocatoria del mes de abril de 1944 propone una cele- A manera metódica en el Círculo de Bellas Artes y manejando con soltura el palo de billar. La estampa que describe Ruano podría pertenecer a los años 40. Por esos años, Carrere mantiene la popularidad que alcanzó como poeta y cronista del Madrid bohemio gracias a su sección en el diario Madrid. Aquí, Madrid se convierte, día a día, en un popular calidoscopio que combina morbosos caprichos de millonarias enterradas, polémicas sobre estatuas, evocaciones nostálgicas de un Madrid CARLOS MURCIANO ESCRITOR EL TRAJE EYENDO días atrás un poema de Vilma Lojendio, me detuve en sus versos finales, en los que hablaba de un lugar donde cuelga ese traje grana y oro que fuera acero y se trocó en imán del asta negra y fría de la muerte No es fácil saber si la poetisa recurre a una imagen de su subconsciente, sin otro propósito que rematar adecuadamente la idea que en el poema desarrolla, o por el contrario habla con conocimiento de causa, y se refiere de manera directa a un hecho concreto, a un suceso que tuvo en su día eco innegable. Sea una u otra cosa, lo cierto es que sus versos trajeron a mi memoria algo que siempre me impresionó y que ahora, cuando las fiestas isidriles madrileñas avivan el hervor- -fervor- -taurino, me permito recordar. Hablo de Julio Aparici Pascual, un torero nacido en Ruzafa (Valencia) el 1 de noviembre de 1866, y muerto trágicamente en plena juventud. Se le conocía por Fabrilo, por haber trabajado en una fábrica textil llamada La Fabril. Néstor Luján, en su Historia del Toreo le coloca entre los toreros de segunda fila de su época (Enrique Vargas, Minuto -quizá el diestro más bajito de cuantos han sido y son- José Davie, Pepete II pero Fabrilo llegó a ser un gran ídolo popular para los aficionados de su tierra y su tiempo. Conservo una fotografía suya, en la que puede apreciarse su buena figura y su rostro agraciado. Fue un torero gallardo y bien plantado... de L amable continente leemos. En 1888, con veintidós años, tomó la alternativa en Valencia, de manos de Antonio Carmena, el Gordito con toros de Nandín, y un año después- -30 de mayo de 1889- -la confirmó en Madrid, con ganado de Miura, y compartiendo terna con Frascuelo y Mazzantini, nombres que sin duda confieren ya categoría al joven lidiador. ¿Cuántas veces la presión, la exigencia del público ha comprometido- -incluso acabado con- -la vida de un torero? A Fabrilo, los suyos no le perdonaban su afición a las faldas, su condición de hombre jaranero y, de algún modo, desafiante. La tarde del 27 de mayo de 1897, en la plaza valenciana, mano a mano con Antonio Reverte, le mostraron rechazo con su incesante griterío. Eran toros de don José Manuel de la Cámara, recios y bravos, que llegaron a tomar hasta cuarenta y cinco varas y acabaron con catorce caballos. El toreo un tanto embarullado de Fabrilo y su no buena condición física, habían dado cuenta, mal que bien, de sus dos primeros enemigos; el tercero, quinto de la tarde y de nombre Lengüeto cárdeno, salpicado, era peligroso y embestidor- -había tomado ocho varas- pero el público se empeñó en que Fabrilo lo banderilleara; ofreció éste los palos a Reverte, quien, consciente de las condiciones del toro, los rehusó; pero el valenciano no pasó del primer par: el animal le prendió por la ingle izquierda y lo volteó; la cornada, de quince centímetros, produjo una herida contuso- dislacerante, que interesó la casi totalidad de los tejidos blandos y que, al cabo, fue mortal. Tres días luchó el diestro con la muerte, pero no la venció. Falleció, tras una terrible agonía, a las cuatro de la tarde del domingo 30 de mayo. Tenía treinta años. Su traje, grana y oro, lo recogió su hermano Francisco, miembro de su cuadrilla. Francisco Aparici, también apodado Fabrilo, era novillero. Un año después de la muerte de su hermano, tomó la alternativa en Perpiñán, pero no le fue reconocida en España, por lo que hubo de continuar actuando como novillero. El 30 de abril de 1899, con reses de la ganadería de Pablo Romero, compartió cartel con Finito en la misma plaza de Valencia que fuera fatídica para su hermano, y vistiendo el traje grana y oro de este. No sabemos si lo hacía con intención de homenaje o, sencillamente, porque el traje lo merecía (Cossío recuerda que Julio Aparici causaba admiración en los espectadores por los maravillosos trajes con que se presentaba en la plaza quizá por ambas cosas. Corucho astifino, lidiado en cuarto lugar, lo empitonó por el muslo derecho, al entrar a matar por segunda vez, rompiéndole la femoral. En la madrugada del 1 de mayo, moría en la misma enfermería de la plaza. Junto a otras prendas de los Fabrilo- -chaleco, camisa y corbatín- -y un capote de paseo, la chaquetilla de aquel traje, imán del asta fría y negra de la muerte, se conserva hoy, recién restaurada, en el Museo Taurino de la Diputación valenciana, inmóvil bandera funérea, mudo testigo del valor. Y del miedo. bración para exaltar en verso las mantillas en el Círculo de Bellas Artes, junto a tonadillas del siglo XVIII y del XIX. Como dice el cronista, se trata de contemplar la mantilla de la Caramba la de la duquesa de Alba, la de Currita Albornoz o la de Concha Piquer bajo el luminoso mes de mayo. Su convocatoria es aceptada por el Círculo y se fija el 17 de mayo de 1944 como día de la mantilla española. El propio Carrere, desde su sección, convoca a todas las madrileñas y se dirige al alcalde, Alberto Alcocer, para que extienda la celebración a todas las calles y jardines de Madrid. Un día antes de la celebración, Carrere publica su entusiasta exaltación de la mantilla y su pregón del garbo donde emplaza a todas las madrileñas a llevar dicha prenda con mantones de Manila, basquiñas o corpiños de manolas. Cuando llega el gran día, en el interior del periódico, canta el poeta a la mantilla Mantilla de espumas, blanca celosía de los ojos negros, de un hechizo moro; ojos que se ahondan cuando en la alegría del coso restalla la sangre del toro El acto reunió a las doce de la mañana a un centenar de madrileñas con la clásica indumentaria y fue amenizado por la Banda Municipal de Madrid que interpretó para la ocasión el coro de barquilleros de Agua, azucarillos y aguardiente y diversos pasacalles. En su pregón, Carrere se dirige a las madrileñas para cantar su hermosura: ¡Mantillas blancas, mantillas negras, mantillas de madroños! Cada mujer con mantilla es una exaltación de españolismo. Id por donde queráis pisando fuerte, porque no hay en toda la redondez del planeta un espectáculo de belleza que supere a una dama española con mantilla; ese manto de reina que os cae desde la peina hasta el chapín... Frase esta última que nos trae al recuerdo los versos de Adriano del Valle en sus Décimas al atavío de una dama donde canta igualmente la gracia de la mantilla: desde el peine de carey al tacón que airoso pisa A pesar de los esfuerzos y de la acogida inicial ¿qué nos queda de la fiesta de la mantilla auspiciada por el poeta? Desde la distancia, contemplamos una foto del diario Madrid que nos muestra a un Emilio Carrere, pregón en mano, con una cara sorprendentemente contrariada a pesar de estar rodeado de bellezas de la época con el consabido atuendo. ¿Vislumbraría acaso que para recuperar el pasado no basta con los deseos? Para Emilio Carrere el Madrid de los años 40, a pesar de todos sus esfuerzos, no será nunca el que había conocido a principios de siglo. La distancia que media entre aquellos años y la actualidad es igualmente un foso que nos aleja de aquella época. Acaso sea esa la lección del pasado. Que no se nos quede en la cara la misma expresión de desengaño por intentar perfilar los contornos de una quimera como Emilio Carrere en aquel lejano día de la mantilla española.