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ABC LUNES 16 5 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS DESARMAR AL ESTADO O hay que emplear muchas palabras ni consumir mucho tiempo en afirmar que el Gobierno socialista de Zapatero tiene el mismo derecho que cualquier otro a intentar un fin negociado de la violencia etarra. El hecho de que terminaran enfracasos todos los intentos de gobiernos anteriores no puede ser motivo razonable para negar la posibilidad y aún la conveniencia de que este Gobierno lo intente de nuevo. Me parece que hasta ahí estaremos de acuerdo la inmensa mayoría de los españoles. Entonces ¿a qué viene esta dramática alarma por el hecho de que Zapatero o sus delegados se dispongan a negociar con los etarras o sus representantes políticos? ¿Acaso será porque el PP hace todo lo posible para JAIME evitarque un adversario poCAMPMANY lítico como el socialista Zapatero se convierta en el Pacificador de España después de más de treinta años de terrorismo? ¿Serán celos políticos los que le han hecho exclamar a Mariano Rajoy esa acusación tan grave: lo que usted ha hecho es una traición a los muertos Claro que no. Lo que convierte el loable intento de buscar el final de ETA en una traición a los muertos es la utilización de una estrategia de rendición previa del Estado y de España misma a la banda terrorista. Las señales de esa rendición aparecieron apenas firmada la alianza parlamentaria del socialismo de Zapatero con sus socios. Aquella visita a Perpiñán del presidente de Esquerra Republicana y en aquel momento también presidente en funciones de la Generalitat fue el primer aviso de que se abría en España un período de secesión y desmembración. Fueron llegando más pruebas de lo que digo: el proyecto de reforma inconstitucional de los Estatutos autonómicos y de la propia Constitución; el plan Ibarreche, aprobado con votos batasunos, y la ridícula escenificación de su presentación en el Congreso; la sarta de propuestas disparatadas de Maragall, apóstol del federalismo disgregador; el cambio de actitud y hasta de naturaleza del socialismo vasco, que se va con el PNV de parranda independentista; los ataques a la cohesión, la solidaridad y la articulación de las Autonomías, lanzados desde la alianza con el Gobierno y soportados por Zapatero; la negativa a ilegalizar al PCTVascas, obviamente heredero de Batasuna, y la ruptura del Pacto Antiterrorista suponen el sucesivo desarme del Estado en vísperas de empezar una negociación con la banda de asesinos armados. Lo más triste de todo esto es que esa banda se encontraba en el peor momento de su historia, con dificultades para encontrar financiación, para comprar armas, para reclutar alevines de asesino, para sustituir a su cúpula cautiva. Y de pronto, el Gobierno se presenta a dialogar con ella (oh, el diálogo y el talante) desarmado voluntariamente y anunciando con su actitud la disposición a rendirse. Es natural que Otegui exija ahora que no haya detenciones de etarras, que se suspendan los juicios y que se relegalice a Batasuna. No parece sino que España sea ya un asunto entre Arnaldo Otegui y Carod- Rovira con Zapatero de mirón. N VIÑETA PUBLICADA EL 10- I- 1998 TRAICIONAR A LOS MUERTOS NCLUSO para quienes compartieron el fondo de su discurso, la acusación lanzada por Mariano Rajoy al presidente del Gobierno ha resultado en exceso tremebunda o hiperbólica. Para sus detractores, naturalmente, constituye una prueba irrefutable de la deriva radical adoptada por la facción opositora. Creo que en ambas consideraciones subyace un fondo de hipocresía. Si Rajoy hubiese culpado al presidente del Gobierno de traicionar a los vivos nadie se hubiera rasgado las vestiduras; no hay debate parlamentario en el que desde una u otra facción no se arroje sobre el adversario una acusación de este jaez: así, por ejemplo, cuando Zapatero conminó a Rajoy, con retórica tan pedestre como efectista, a mirar a los ojos a los homosexuales y negarles su derecho a contraer matrimonio, estaba profiriendo, siquiera de forma tácita, una acusación mucho más tremebunda o hiperbólica. No entiendo JUAN MANUEL por qué razón los vivos pueden ser inDE PRADA vocados sin empacho para colgarle al adversario sambenitos oprobiosos y, en cambio, a los muertos hay que mantenerlos quietecitos, disfrutando de la paz de los sepulcros. Puedo llegar a entender que la muerte, como realidad luctuosa que es, exija una mención especialmente reverencial que los vivos no demandamos. Pero en la acusación de Rajoy no atisbamos indelicadeza alguna hacia los muertos, a quienes en todo caso otorgó voz en un debate que corría el riesgo de ignorar su existencia. Y así llegamos al meollo de la cuestión. La acusación de Rajoy escandaliza y enoja porque se atreve a otorgar voz a los muertos, tan molestos e inconvenientes en la quimera pacificadora de Zapatero. Nuestra época ha consagrado un tipo de acción política que convierte a los muertos en una especie de paisaje ornamental propicio para las efusiones retóricas, los homenajes florales y los monumentos new age; pero, fue- I ra de estos aspavientos más o menos rumbosos, se acepta que su memoria no maniate a los gobernantes ni lastime su conciencia. La acusación de Rajoy, al exigir que esa memoria recupere su protagonismo, ha resultado insoportablemente obscena. No en vano la facción gobernante se ha preocupado de estigmatizar a las víctimas del terrorismo etarra y a sus familiares, caricaturizándolos como una recua de fascistillas manipulados por la facción opositora. Ahora descubrimos que el propósito de una caracterización tan gruesa no era otro que apartarlos del inminente proceso de diálogo como quien se libera de unos michelines que restan donaire a su figura. No me atreveré a negar que dicho proceso, en su impulso inicial, nazca de esa infinita ansia de paz que nuestro presidente mencionó como una de las aspiraciones máximas de su mandato. Pero tampoco logro sustraerme a la sospecha de que en tan loable anhelo interfiera otro mucho más sórdido de consumar el arrinconamiento de la facción opositora, que durante el primer año de mandato socialista se ha logrado a través de una exasperación de los ánimos que hunde sus raíces en el 11- M. Ahora el órdago es mucho más arriesgado: se trata de declarar obsoleto un Pacto Antiterrorista que ha rendido frutos benéficos a la sociedad española, inimaginables hace apenas unos años, para obtener una paz que condenaría a la facción opositora a las tinieblas exteriores. La combinación de la facción gobernante no puede ser más maquiavélica: se aprovecha de una situación generada por la vigencia de dicho Pacto para coronar un proceso largamente ansiado por los españoles, a la vez que relega al ostracismo a quienes han sido sus máximos promotores. A Rajoy no debe escapársele que, si dicha combinación se completa, la travesía por el desierto será larga y agotadora; de ahí que, al anteponer la memoria de los muertos- -los principales damnificados de esta combinación- -sobre los intereses coyunturales, haya agrandado su estatura política.