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ABC DOMINGO 15 5 2005 Los domingos 59 ubicaron Julián Herranz y el alemán Kasper, así como Cipriani (Perú) Hummes (Brasil) Policarpo da Cruz (Portugal) y el español Álvarez Martínez. La última hilera de bancos, la más cercana a los escrutadores, acogió a Joseph Ratzinger, Angelo Sodano, Alfonso López Trujillo y Giovanni Battista Re, cardenales de la orden de los obispos. Tras ellos, se colocó el vicario de Roma, Camilo Ruini, y enfrente, otro papable Óscar Andrés Rodríguez Maradiaga. Una vez se cerraron y sellaron las puertas de la Sixtina, los cardenales hubieron de decidir si realizaban una primera votación, lo que finalmente sucedió, o retrasaban los escrutinios hasta el martes por la mañana. En todo caso, a partir del martes 19 de abril, se llevarían a cabo dos votaciones por la mañana y otras dos por la tarde. Únicamente habría dos fumatas, hacia las doce del mediodía y sobre las siete de la tarde, aunque si durante las primeras votaciones de cada una de las tandas se obtenían los dos tercios necesarios, el humo blanco saldría de la Sixtina, acompañado- -según las nuevas normas indicadas por Juan Pablo II en la Universi Dominici Gregis de 1996- -del tañido de las campanas de San Pedro. En la cuarta votación, Ratzinger consiguió bastantes más votos de los necesarios para resultar elegido. Martini no fue rival. Aquella fumata del lunes. Lo cierto es que, aunque todavía no se ha desvelado con suficiente claridad cómo se desarrollaron las votaciones, todo parece indicar que únicamente hubo una cierta oposición al nombramiento del cardenal alemán durante la primera votación. Tras el primer escrutinio del lunes, Benedicto XVI alcanzó unos cuarenta votos, cantidad similar a la alcanzada por el cardenal Martini. El humo de la Sixtina salió negruzco pasadas las ocho de la tarde, lo que provocó las dudas de informadores, fieles y curiosos que, en número superior a cuarenta mil, esperábamos impacientes. La fumata del lunes nos hizo saber tres cosas, por este orden: la primera, que finalmente los cardenales habían decidido votar esa tarde, lo que no acababa de estar muy claro; segunda, que iba a haber más que problemas con el color del humo que saliera de la chimenea de la Capilla Sixtina; y tercero, que más allá de creencias o pertenencias a una religión determinada, la oportunidad de contemplar, apenas a unos metros de donde se lleva a cabo el único proceso de elección en las monarquías de todo el mundo, cómo el futuro de la Iglesia se daba a conocer por el color de una humareda resultaba absolutamente conmovedor, inenarrable. Todos los allí concentrados contuvimos el aliento durante unos segundos que se hicieron interminables, mucho más cuando la RAI (Radio Televisión Italiana) anunció que estábamos ante la fumata blanca más rápida de la historia. A la mañana siguiente, según han relatado diversos vaticanistas citando fuentes directas, todo parecía indicar que Ratzinger saldría elegido, si no el martes, el miércoles por la mañana. Incluso había quienes hacían apuestas sobre si los cardenales esperarían a proclamar su elección por la tarde, para asegurarse de que toda Roma estuviese en San Pedro (era día laborable) o, como era su deber, comunicarían el resultado de forma y manera instantánea. Para un futuro compendio de enigmas sin resolver queda la anécdota vivida por quien firma estas páginas y por uno de sus maestros en la información religiosa, el corresponsal de El Mundo José Manuel Vidal, quienes contemplamos, minutos después de las doce de la mañana, y de la segunda (y fallida) fumata negra, cómo un alto responsable del Opus Dei en Roma entraba en una librería, acompañando al redactor de The Wall Street Journal y ambos se encaminaban directamente a comprar La mia vita autobiografía de Joseph Ratzinger. Por si acaso, que nunca se sabe nos dijo al advertir nuestra presencia. Sea como fuere, muchos acertaron un nombramiento que, por obvio, nadie terminaba de ver como viable. En la primera votación del martes, Ratzinger obtuvo 68 votos, apenas a nueve de la fumata blanca En la segunda, sólo le faltaron siete. La suerte estaba echada. A las 17.50 horas, de la chimenea de la Sixtina salía humo blanco. Habemus Papam. Y, por lo que cuentan quienes bien lo saben- -no me pidan más información- por bastantes más votos de los 77 necesarios, en concreto, más de 95 y menos de 102. Un candidato para la continuidad que, curiosamente, era el único cardenal de los asistentes al Cónclave- -junto al norteamericano Baum- -que no había sido nombrado por Juan Pablo II, sino por Pablo VI. ¿Casualidad o vuelo del Espíritu? Para que una candidatura, aunque sea fuerte como la de Ratzinger, vaya sumando apoyos y no se desinfle al paso de los recuentos, es necesario el respaldo de los grandes electores personalidades que pudieron tener alguna posibilidad de ser Papa pero que optaron por recoger votos para Benedicto XVI. Aunque la fórmula de la cesión fue anulada por Juan Pablo II, sigue vigente la posibilidad de promover, en la propia Sixtina o en los momentos de descanso en la Casa Santa Marta, el candidato o perfil idóneo. Algunos de los muñidores del voto de Ratzinger fueron el austriaco Schönborn y el patriarca de Venecia, Angelo Scola, ambos alumnos de Ratzinger en la universidad. También tuvo su implicación el vicario de Roma, Camilo Ruini. Título: Benedicto XVI, el nuevo Papa Autor: Jesús Bastante Editorial: La Esfera de los Libros Páginas: 296 Precio: 18 euros Fecha de publicación: 17 de mayo de 2005