Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
58 Los domingos DOMINGO 15 5 2005 ABC LIBROS PREPUBLICACION. Especialista en asuntos religiosos, el periodista Jesús Bastante nunca imaginó que estaba hablando con un futuro Papa durante los encuentros que había mantenido con el discreto y perspicaz cardenal Josep Ratzinger. Pero tampoco se sorprendió cuando, en pocas horas, los cardenales reunidos en cónclave designaron al prelado alemán para suceder a Juan Pablo II, una tarea gigantesca. Jesús Bastante escribió en Roma, con el trasfondo intenso y solemne del relevo papal, Benedicto XVI, el nuevo Papa (Ed. La Esfera de los Libros) cuyo subtítulo es ya una guía de su contenido: Ratzinger. Su biografía, las claves de su elección y los desafíos ante el siglo XXI El Cónclave que eligió a Ratzinger l fallecimiento de Juan Pablo II, tras una larga agonía retransmitida prácticamente en vivo por todas las televisiones y seguida por todos los medios de comunicación del mundo, fue la gran noticia de los últimos años. No por esperada (desde hacía años se hablaba de su delicado estado de salud y de la necesidad de que renunciara a su puesto) la muerte del Papa dejó de desatar toda una serie de interrogantes y abrió, como no podía ser de otro modo, una carrera hacia la sucesión del Pontífice en la que muchos y muy diversos candidatos hicieron valer sus opciones para acceder al solio pontificio. Durante la semana posterior a la muerte del Papa, numerosos cardenales considerados papables realizaron diversas declaraciones a los medios de comunicación en las que, tras resaltar la importancia histórica del pontificado que había llegado a su fin en la noche del 2 de abril, fijaban los que, en su opinión, deberían ser los retos de futuro de la Iglesia, marcando de este modo un perfil del candidato ideal. Por primera vez en la historia reciente de la Iglesia, los fieles pudieron participar en la misa pro eligendo Romano Pontífice que tuvo lugar en la basílica de San Pedro la mañana del 18 de abril, horas antes de que los 115 cardenales electores se encerraran en la Capilla Sixtina para elegir al sucesor de Juan Pablo II. En San Pedro, como en los primeros siglos de la cristiandad, se mezclaban entre el público obispos, sacerdotes, religiosos y fieles, en un ambiente de silencio y responsabilidad. La procesión de los cardenales desde la capilla del Santísimo hasta el altar, situado en el baldaquino de Bernini, encima de la tumba del apóstol Pedro, añadía solemnidad a la cita. Antes de iniciar su recorrido, escrutados por la mirada de miles de fieles que les pedían, les exigían, que uno de ellos fuera el Papa, los purpurados escucharon, uno a uno, sus nombres. Eran hombres, y como tales habrían de elegir Romano Pontífice. La ceremonia estuvo presidida por el decano del Colegio cardenalicio, el alemán Joseph Ratzinger, quien se había convertido en el auténtico motor de la sucesión de Juan Pablo II. Fue él quien dirigió, como ya hemos visto, los funerales de Estado, y quien marcó el tempo de los debates en el pre Cónclave, lo que le convirtió en el principal candidato antes de que se cerraran las puertas de la Sixtina. Y en el elegido cuando se abrieron en forma de humareda blanca en la tarde del 19 de abril. Si durante las exequias de Karol Wojtyla, Ratzinger hizo hincapié en las virtudes del Pontífice fallecido, su homilía del 18 de abril supuso un auténtico programa electoral en el caso de resultar elegido, que se guiaba por una continuidad en la ortodoxia doctrinal, de la que el propio Ratzinger ha sido responsable durante más de veinte años. Así, el purpurado alemán y ex prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, tras apuntar que la Iglesia se encontraba en una hora de gran responsabilidad y pedir que después del gran don de Juan Pablo II, se nos done un nuevo pastor que nos guíe al conocimiento de Cristo, a su amor y a la verdadera alegría arreme- E Más allá de pertenencias a una religión determinada, la oportunidad de contemplar, apenas a unos metros, cómo el futuro de la Iglesia se daba a conocer por el color de una humareda resultaba conmovedor, inenarrable A las 17.50 horas, de la chimenea de la Sixtina salía humo blanco. Habemus Papam. Y, por lo que cuentan quienes bien lo saben- -no me pidan más información- por bastantes más votos de los 77 necesarios, en concreto, más de 95 y menos de 102. tió contra las modas del pensamiento que amenazan al catolicismo, entre las que citó el marxismo, el liberalismo, el libertinaje, el colectivismo, el individualismo radical, el ateísmo y el vago misticismo religioso La ceremonia se celebró íntegramente en latín, salvo dicha homilía (en italiano) donde Ratzinger dirigió duras palabras a lo que llamó dictadura del relativismo que, en su opinión, no reconoce nada como definitivo y que deja solo al propio yo con sus deseos Por ello, condenó todos los vientos de doctrina que hemos conocido en estos últimos decenios e instó a los cardenales a defender, frente a los citados desafíos, la doctrina de la Iglesia católica. Cuántas corrientes ideológicas, cuántas modas del pensamiento. La pequeña barca del pensamiento de muchos cristianos ha sido agitada por estas olas, que van de un extremo a otro, desde el marxismo al liberalismo, pasando por el libertinaje, al colectivismo, al individualismo radical, desde el ateísmo a un vago misticismo religioso señaló el decano del Colegio de cardenales, quien también alertó de la existencia de las sectas que nacen cada día Contra su impacto, pidió a los fieles tener una fe clara, según el credo de la Iglesia, a veces es etiquetado como fundamentalismo. Mientras que el relativismo, es decir, dejarse llevar de un lado a otro por cualquier forma de doctrina, parece la única manera de comportarse en la actualidad Comienza el Cónclave. Primera fumata negra Poco después de las cuatro y media de la tarde, 115 cardenales, procedentes de 52 países, se encerraron entre las cuatro paredes de la Capilla Sixtina. Antes, y por vez primera, los ciudadanos de todo el mundo pudieron contemplar por televisión la procesión y el juramento de los purpurados, quienes poco a poco fueron tomando asiento rodeados de los frescos pintados por Miguel Ángel. El Juicio Final, al fondo; bajo él, el altar desde el que el futuro Papa oficiaría su primera Eucaristía como sucesor de Pedro, y a pocos metros, la mesa en la que, uno a uno, todos los electores deberían depositar su voto, secreto y con letra perfectamente inteligible. Una vez en la Sixtina, los electores se dirigieron a sus asientos. Para este fin, la capilla se había dividido en seis filas de dos mesas cada una, tres a cada lado de la entrada. Al fondo, junto al fresco de El Juicio Final y al lado del altar, se situaba la mesa de los escrutadores. La ubicación de los cardenales deparó algunos encuentros significativos. Así, los papables Iván Dias, Cristoph Schönborn y Dionigi Tettamanzi se encontraron en la misma mesa, detrás del camarlengo, el español Eduardo Martínez Somalo, y enfrente de Carlos Amigo y de Angelo Scola, patriarca de Venecia. Más hacia el fondo, compartieron escaños los cardenales Francis Arinze, Carlo María Martini, Jean Lustiger y Goodfried Daneels, situados delante de los españoles Carles y Rouco. Frente a ellos, se