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ABC DOMINGO 15 5 2005 Los domingos 57 varias épocas y concitó el asombro como prototipo de la folclórica racial, como protagonista de la crónica rosa, como esa Lola de Hacienda puesta en la picota pública para aviso a los defraudarores del fisco, la artista que acudía a las recepciones franquistas de La Granja o a los festivales navideños de doña Carmen en el Teatro Calderón y que más tarde se sumó a la huelga de actores que conmovió los cimientos del régimen a comienzos de 1975, llegando a acudir a la siniestra DGS y a hacer valer sus buenos contactos en la alturas para que pusieran en libertad a los detenidos, la mujer que mantuvo un duro pulso contra el cáncer durante más de veinte años sin abandonar sus compromisos artísticos, la madre coraje que intentó sacar a dentellada limpia a su hijo de las fauces de la droga, una mujer que se inventó a sí misma y se convirtió en uno de los personajes más complejos de cartografiar artística y vitalmente de la España del siglo XX. Estirpe de raza SILVIA CASTILLO Lola Flores era única, irrepetible e incomparable, como recordó la mayor de sus hijas, Lolita, hace unos días, en la presentación del disco homenaje que ha dedicado a su madre. Pero su arte, igual que cualquier otro rasgo de la herencia genética de su raza, va pasando de generación en generación, alimentando la leyenda y el mito de la saga de los Flores. Los tres hijos de La Farona y el Pescaílla han probado con creces su talento musical e interpretativo, aunque el destino o la pena quiso que Antonio se apresurara a seguir la estela de su madre, sólo trece días después, privándonos de los frutos de su coraje artístico. Su pasión por el blues perdura en su hija Alba, que de momento no se atreve con el cante, pero que sin poder resistirse al latido farandulero que corre por sus venas, ya se ha subido a un escenario. A sus 18 años, la mayor de los nietos de La Faraona ha debutado con un arriesgado papel, el de una joven disminuida, en Luna de miel en Hiroshima Un estímulo para su prima Elena (hija de Lolita y Guillermo Furiase) que, según le dijo a su madre, quiere ser artista. Ya saben, de casta... Oportunamente, Lolita estrena estos días disco- homenaje a su madre Sin antecedentes faranduleros Tal vez lo mejor sea, llegados a este punto, repasar algunos de los momentos decisivos de su vida. Dolores Flores Ruiz vino al mundo en Jerez de la Frontera el 21 de enero de 1923, dato comprobado partida de nacimiento en mano y que permite ajustar lo biográfico y lo artístico sin que se resientan los engranajes de la cronología, pues sobre la fecha hubo sus más y sus menos: ella, coqueta, se quitaba años y en una ocasión, a principio de los sesenta, cuando renovó su pasaporte, salió tan contenta de las dependencias administrativas asegurando que había conseguido quitarse oficialmente cinco años. De orígenes humildes- -su padre, conocido como Perico El Comino, regentaba una tabernilla- -y sin antecedentes familiares faranduleros, la niña Lola se crió entre Jerez y Sevilla, según marcaba la brújula de las necesidades económicas. Pasó la Guerra Civil en Jerez y allí, en 1939, tuvo su bautismo de fuego en el Teatro Villamarta, donde cosechó su primer triunfo de relevancia local. Tras interpretar Lola un pequeño papel en la película Martingala de Fernando Mignoni, la familia Flores se trasladó a Madrid para que la niña pudiera desarrollar su carrera. Días difíciles, de estrecheces económicas, en los que con su madre, vestidas ambas de luto, llegaron a llamar a alguna puerta en solicitud de una limosna con la que poder afrontar el supuesto entierro del padre. Días también de las primeras galas, de agotadoras giras por los cafés cantantes del norte de España, de su triunfo en Madrid, el 6 de julio de 1942, en el espectáculo Cabalgata donde su interpretación de El Lerele canción que se convirtió en su santo y seña, causó una sensación que se vio nutridamente reflejada en la prensa. Días de sus amores Rosario, con su pequeña Lola y su sobrina Alba, la hija de su hermano Antonio con el Niño Ricardo y de su primer aborto; de aceptar, acogotada por la necesidad, 50.000 pesetas por acostarse con un rico anticuario, Adolfo Arenaza, que también financió el primer gran espectáculo que unió el nombre de Lola Flores al de Manolo Caracol. El Teatro Principal de Valencia acogió a finales de 1943 el estreno de Zambra con canciones del trío de oro de la copla: Quintero, León y Quiroga. La compenetración entre la joven de 20 años y el cantaor cabal de 34, casado y con devastadora fama de mujeriego, marcó época. La pareja era la imagen misma de una pasión que rebosaba el escenario e inundaba las plateas, ambos oficiaban una ceremonia de seducción y erotismo, la conjunción de dos huracanes cuya pulsión sexual iba más allá de lo artístico para un público que conocía la relación que vivían, como sacada de la letra de algunas de las canciones que interpretaban: esa Niña de fuego o esa Salvaora por la que se perdían los hombres. La unión profesional y sentimental de Lola y Caracol, agitada y tormentosa, se prolongó hasta principios de la década de los 50, con algún episodio cinematográfico y espectáculos que invariablemente unían al nombre de Zambra el del año de que se tratara. Tras cortar con el cantaor, Lola inició su gran vuelo internacio- Genio y figura, se resistió a que le realizaran una mastectomía que quizá le habría permitido vivir más tiempo nal contratada en exclusiva por Cesáreo González por una cifra astronómica- -seis millones de pesetas- -que el avispado productor le hizo ganarse a conciencia: Películas, largas giras, galas... México, La Habana, Nueva York, Buenos Aires, Montevideo, Río, Caracas, Bogotá, Puerto Rico... etapas en las que, durante varios años, fue añadiendo puntadas a la leyenda de La Faraona, tejida de apoteósicos triunfos artísticos y adornada con una sarta de vistosos amoríos, un capítulo en el que la jerezana tuvo predilección por dos gremios profesionales: el de los futbolistas y el de los toreros. Al primero de ellos pertenecían Perico Pena Ponga, Gustavo Biosca y Gerardo Coque, y al segundo, Rafael Gómez Gallito y Manolo González. Amén de galanes de cine, cantantes y personalidades financieras en una turbamulta que une lo íntimo y lo insinuado: Ricardo Montalbán, Rubén Rojo, Rafael Romero Marchent, Luis Aguilar, Carlos Thompson, Maurice Chevalier, Aristóteles Onassis, Gary Cooper... El 27 de octubre de 1957 contrajo matrimonio con Antonio González El Pescaílla embarazada ya de su primera hija, Lolita; completarían después la camada Antonio y Rosario. Y siguieron giras y películas, un terreno, el cinematográfico, en el que siempre se sintió desaprovechada y nunca pudo ver cumplidas sus ansias de convertirse en la Magnani española. Fue en 1973 cuando le diagnosticaron un cáncer en el pecho y comenzó el calvario de un tratamiento continuo, de revisiones y análisis cada tres meses, de operaciones, aunque ella siempre se resistió a que se le realizara una mastectomía que tal vez le habría permitido vivir más tiempo. Hace diez años Más de dos décadas arrastró ese cáncer que la llevó a la tumba el 16 de mayo de 1995, mañana hará diez años. Un tiempo durante el que no se apartó, por hache o por be, de los focos de la popularidad, y durante el que hay que destacar episodios como el de su desnudo de posado- robado en Interviú (14 de septiembre de 1983) que hizo derramar ríos de tinta y vender a la revista más de un millón de ejemplares, y su procesamiento por delito fiscal en 1987, un asunto que se prolongó hasta 1991 y por el que fue sentenciada a pagar más de ochenta millones de pesetas. Utilizada como ejemplo por el Ministerio de Hacienda, la moral y la salud de Lola sufrieron un duro envite. Su fallecimiento constituyó una gigantesca manifestación de duelo nacional. Diez años después, la leyenda de la artista genial y el gran monstruo mediático sigue viva.