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ABC SÁBADO 14 5 2005 Los sábados de ABC 97 Cannes nació como respuesta al festival de Venecia, cuyo origen fascista no le impedía tener una clara influencia diplomática El paseo del espectáculo. En La Croisette no dejan de pasar cosas, la mayoría de ellas relacionadas con la promoción de películas EPA Arma de guerra diplomática JUAN PEDRO QUIÑONERO PARÍS. El ensayo Le Festival de Cannes sur la scène internacional (Editions Nouveau Monde) de la historiadora Loredana Latil, profesora en la Universidad de Niza, demuestra de manera convincente cómo ese festival cinematográfico ha sido un arma estratégica de la diplomacia francesa, incluso cuando los directores nacionales contestaban su legitimidad y política oficial. La profesora Latil recuerda que, en verdad, Cannes nació como festival como respuesta al festival de Venecia, cuyos orígenes fascistas no le impedían ser un recurso de influencia diplomática palmaria. Con cierta precisión entomológica, Latil subraya de manera muy elocuente que la independencia de Cannes, como festival, siempre ha sido un complemento comercial, industrial, político, cultural, ideológico, de las grandes maniobras diplomáticas nacionales. Y esa condición de arma estratégica del Estado, de uso no siempre indirecto, jamás ha ocultado ni sus orígenes ni su ambición. De muchas maneras: sirviendo de trampolín privilegiado para el cine nacional, instalando al cine francés en permanente comparación cultural con Hollywood, utilizando el sistema de las grandes estrellas de Hollywood al servicio de los intereses nacionales y captando a las figuras emergentes de muy distintas cinematografías, utilizadas como armas de combate oblicuo contra Hollywood. O apoyando con sutileza a geometría variable las grandes maniobras de la diplomacia cultural francesa, como ocurre desde hace años con la excepción cultural Intereses nacionales Loredana Latil casi siempre recuerda lo esencial. Incluso en los momentos álgidos de la contestación cinematográfica independiente, como ocurrió en 1968, la revuelta siempre sirve los intereses profundos de la diplomacia nacional. En 1968, los jóvenes rebeldes de la época, Godard, Truffaut, Chabrol, etc. protagonizaron una suerte de llamativa revuelta cinematográficamente ideal para la política nacional. El año pasado, la Palma de Oro coronaba una película que era la ilustración casi paródica de la diplomacia francesa contra Washington. En el aspecto más constructivo, la profesora Latil estima que, al mismo tiempo, Cannes también ha funcionado como integrador de energías nacionales. El Festival ha abierto puertas a muchas películas, ha creado vías de distribución, ha favorecido co producciones, ha permitido convertir a París en plataforma de combate de un cine europeo mayoritariamente difunto. Las relaciones entre Cannes, la industria del cine y los gobiernos de la más distinta obediencia ideológica siempre han sido fluidas, eficaces, permeables. La ciudad crea un gran espacio, y utiliza el Festival como primera industria regional, una excelente fuente de ingresos, creación de imagen y empleo. Por su parte, la industria cinematográfica utiliza el Festival como un arma estratégica, al servicio del Estado, que aporta algo esencial: una fiscalidad predadora. El cine francés se financia, en buena medida, gracias a los impuestos indirectos que deben pagar los productores y distribuidores norteamericanos. Los grandes éxitos de Hollywood son una mina financiera para el cine francés, que cobra una tasa por cada entrada de cine. Primer beneficiario, el Estado, que revierte esos ingresos fiscales, pagados por los productores de todo el mundo, en el cine nacional, y se sirve de Cannes como primera plataforma de imagen internacional. lo propio de la española e iberoamericana. No tardaron ni tres ediciones del Festival en darse cuenta los críticos ingleses que lo mejor que podían hacer era bajarse una calle hasta Le Petit Majestic, mucho más animado. Total, que pusieron en su zona de influencia la tienda de moda, y ahora hay que soportarlos, con lo que son los ingleses be- biendo, lo mismo si escriben críticas que si animan al Chelsea. Y para aquellos que se quieran salir un poco del catálogo están esos templos del siglo pasado que se llamaban discotecas. No habrá nadie realmente glamouroso en ellas, pero eso puede ser un consuelo. Las más a tiro son Kikki Club, cuyo nombre ni siquiera se aproxima a la realidad que encierra, y que está justo a un costado del Carlton. Y la otra está inmersa en uno de los hoteles, el llamado Grey d Albion, y merece la pena acercarse a ella aunque sólo sea por ver el calibre de los gorilas que la guardan. Y no se saca más a relucir el tema gorila a pesar de que es uno de los más divertidos aquí en Cannes, por falta de espacio y de valor. Pero les puedo asegurar que no se divirtió tanto en el Serengeti Diane Fossey (Sigourney Weaver en Gorilas en la niebla como se divertiría aquí cualquier noche clasificando especímenes para la ciencia. Brillo y esplendor mandan en hoteles, restaurantes y coches EFE Uno de los cruceros que recorren la Riviera francesa, en Cannes