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ABC SÁBADO 14 5 2005 Sociedad 47 Religión El cardenal Joseph Ratzinger, con el Papa Juan Pablo II en diciembre de 2003 AP Benedicto XVI abre el proceso de beatificación de Juan Pablo II sin esperar al plazo de cinco años El anuncio se realizó ayer 13 de mayo, aniversario del atentado que sufrió Wojtyla en San Pedro b Anunciarlo en un encuentro con los sacerdotes de su diócesis y precisamente el 13 de mayo fue una muestra de cariño a su predecesor y a la Virgen de Fátima JUAN VICENTE BOO. CORRESPONSAL ROMA. Benedicto XVI dio ayer la primera sorpresa de su Pontificado anunciando personalmente a los sacerdotes de Roma la apertura del proceso de beatificación de Juan Pablo II sin esperar los cinco años que requiere el Código de Derecho Canónico. Más de un millar de sacerdotes, reunidos en la basílica de San Juan de Letrán, se alzaron de sus asientos en una estruendosa ovación a la que se sumó, sonriente y divertido, también el Santo Padre. Las sorpresas fueron dos, pues el Papa había anunciado poco antes el nombramiento del arzobispo de San Francisco, William Levada, como nuevo prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Si en su primer día como Papa, Benedicto XVI demostró- -yéndose a trabajar a su antigua casa- -que no se dejaría encarcelar en el Vaticano, ayer demostró que no se deja encerrar tampoco por las normas del Derecho Canónico cuando la ocasión requiera saltárselas. Anunciarlo en un encuentro con los sacerdotes de su diócesis y precisa- mente el 13 de mayo, aniversario del atentado del 1981, fue una muestra de cariño a su predecesor, al clero romano y a la Virgen de Fátima. El 8 de abril, durante el funeral por Juan Pablo II, una multitud de fieles rompió a gritar Santo subito! Santo, ya! en plena homilía del cardenal Ratzinger, quien esperó complacido a que terminasen los gritos antes de continuar leyendo su texto. Minutos después, el cardenal Decano provocaba el aplauso más fuerte de la historia al afirmar que nuestro amado Papa se asoma ahora desde la ventana de la casa del Padre, nos ve y nos bendice. ¡Sí! ¡Bendíganos, Santo Padre! Mientras el viento del Espíritu soplaba fuerte sobre la Plaza de San Pedro y movía las hojas del Evangelio depositado sobre el féretro, el defensor de la ortodoxia católica, que prohíbe el culto público antes del pronunciamiento oficial, declaraba a Juan Pablo II en el cielo y le rezaba abiertamente delante de 200 mandatarios del mundo entero y los líderes de todas las religiones, muchos de los cuales se sumaron al aplauso. Todo recordaba una proclamación popular de santidad, como en los primeros tiempos del cristianismo. En vista de aquel clamor y de los tres millones de personas que acudieron a Roma para rendir su último homenaje personal ante los restos de Juan Pablo II, la mayoría de los cardenales pidieron al Decano la apertura del proceso de beatificación. Joseph Ratzinger, en su estilo ordenado y respetuoso, recogió los documentos para entregárselos al próximo Papa pues consideró preferible no anticipar ninguna de sus decisiones. Ratzinger era también el encargado de telefonear al campanero para que iniciase un repique al mismo tiempo que la fumata blanca pero, bajo la tremenda emoción de resultar elegido, se olvidó de hacer la llamada y por eso hubo un retraso. Teresa de Calcuta Aunque era seguro que no se olvidaría del proceso de beatificación, en Roma se consideraba que una apertura inmediata consistiría en esperar tan solo dos o tres meses, en lugar de los cinco años previstos, o del año y medio que Juan Pablo II dejó pasar antes de ordenar la apertura del proceso de beatificación de Teresa de Calcuta, fallecida también en olor de santidad mundial en 1997 y beatificada en 2003. En cambio, Benedicto XVI esperó tan sólo 37 días, pues el decreto que leyó en su catedral de San Juan de Letrán llevaba fecha del 9 de mayo. Al ver que los sacerdotes de Roma habían entendido la versión original en latín añadió bromeando: Está claro que ya no hace falta leer la traducción italiana Una tertulia con sus sacerdotes A la semana de su primer saludo al pueblo romano, Benedicto XVI volvió ayer a su catedral para un encuentro privado con sus sacerdotes. Les hablaba desde una mesa en el pasillo central, pero, sobre todo, hablaron muchos sacerdotes. Un párroco con una enfermedad degenerativa le hizo algunas sugerencias desde su silla de ruedas, y el Papa le aplaudió. Benedicto XVI escuchaba atentamente a todos y aplaudía a muchos: al párroco de la iglesia de San Josemaría Escrivá o al de la iglesia gitana de San Ceferino, por citar dos santos españoles recientes. Escuchó conmovido a un diácono, casado y padre de ocho hijos, cuyos consejos agradeció con un aplauso. El encuentro tenía el sabor de los primeros tiempos del cristianismo. Cuando un sacerdote indio pidió darle un abrazo, el Papa se levantó y caminó rápidamente hasta él para abrazarle. A juzgar por el aplauso, aquel abrazo llegó al corazón de todos.