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ABC SÁBADO 14 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LA PAZ, EN EL ESPEJO POR ENRIC SOPENA PERIODISTA O el futuro se diseña mediante el consenso o no habrá futuro, sino más bien un retorno al pasado en el sentido más peyorativo del término. Los votantes han rechazado la tentación de fomentar el conflicto civil... U NAS elecciones democráticas acaban siendo ese espejo que se pasea a lo largo de un camino y que Stendhal- -aun atribuyendo equivocadamente la frase a Saint- Real- -utilizó en Rojo y Negro para definir lo que es una novela de carácter realista. Ha servido también ese espejo stendhaliano para referirse a la prensa o, en general, a los medios de comunicación y se puede aplicar asimismo a la demoscopia más allá de algunos errores. Pero el referido espejo- -entendido como reflejo exacto, hasta donde ello es posible, de la realidad- -encuentra sin duda en unos comicios, como los vascos del pasado 17 de abril, su más apreciable utilidad. Hablaron los ciudadanos vascos en un contexto que, ciertamente, continúa bajo la amenaza de la criminal violencia de ETA. Sin embargo, estas elecciones han sido precedidas por más de dieciocho meses sin asesinatos, aunque no sin atentados. Algunos atentados tenían como finalidad siniestra servir de aviso para navegantes, y otros fueron desactivados gracias a la labor de las fuerzas de seguridad del Estado y de la Ertzaintza. Este dato no puede ser considerado ni menor ni anecdótico. A las elecciones de 2001 se llegó tras numerosos atentados mortales, llevados a cabo por ETA después de haber quebrado la tregua de Lizarra o Estella. En el espejo aludido uno de los trazos más sobresalientes que se han contemplado es que Ibarretxe perdió sin apenas paliativos su plebiscito. No sólo no sumó ni un solo diputado más a su grupo parlamentario, sino que dejó abandonados en la cuneta 140.349 votos respecto a 2001 y, por consiguiente, se ha quedado con cuatro escaños menos. Con este balance, el tripartito se encuentra lejos de la mayoría absoluta que había acariciado. Tamaño descalabro desmiente, por otra parte, a los agoreros que vaticinaron que tanto el encuentro en Moncloa entre José Luis Rodríguez Zapatero e Ibarretxe como que el plan fuera debatido en el Congreso de los Diputados beneficiaban electoralmente a los partidarios de la propuesta. Sería ilustrativo releer ahora la catarata de descalificaciones vertidas entonces contra Zapatero. Para algunos el presidente del Gobierno ejerció poco menos que de director de campaña del PNV- EA, mientras estaba además haciéndoles el juego sucio a los secesionistas. constitucionalistas- -los votantes les han suministrado oxígeno, aunque insuficiente para alcanzar por sí solos una mayoría de Gobierno, al tiempo que les han colocado delante de otra realidad tozuda. Alrededor de 150.000 ciudadanos siguen funcionando a piñón fijo bajo el señuelo de Batasuna. Es un hecho, en efecto, muy lamentable, pero el espejo ha tenido que volverlo a mostrar en toda su crudeza. ¿Hubiera debido ser ilegalizado el Partido Comunista de las Tierras Vascas? Quienes conocen determinados entresijos de las deliberaciones del Tribunal Constitucional a cuenta de la candidatura de Aukera Guztiak saben de los riesgos- -desde la óptica de la legalidad vigente- -de adentrarse en una nueva prohibición. Máxime, metidos como se estaba ya en campaña y con la sospecha añadida de terminar potenciando ese intenso clamor social por el que suspiraba Ibarretxe. En esta ocasión, sin la presión maldita de los terroristas y sin la excesiva efervescencia frentista- -por parte de unos y de otros- -que precedió a los comicios de hace cuatro años, tanto la precampaña como la campaña de 2005 se han desarrollado en un clima menos pasional y hasta de saludable relajamiento colectivo. Ello explicaría en parte el descenso de participación- -unos diez puntos- a pesar de que la comparecencia de un 70 por ciento de votantes resulte en sí misma significativamente positiva. Al carecer los dirigentes del nacionalismo vasco de la coartada- -más o menos manipulada o más o menos exagerada- -del enemigo exterior, ha habido menos radicalismo y más cordura. Apenas ha sido posible esta vez continuar cultivando la flor envenenada del victimismo, que tanto complace a los nacionalistas de todo signo. Existía un objetivo prioritario para el Gobierno presidido por Juan José Ibarretxe: revalidar mediante una mayoría indiscutible en las urnas su polémico plan. El plan Ibarretxe fue sometido por su autor a plebiscito. O, dicho de otro modo, el lehendakari pretendió deliberadamente transformar las elecciones en un plebiscito- -casi en un referéndum- -en torno a su plan de carácter soberanista. Así fue, por mucho que él o sus portavoces se empeñen en negar tal evidencia. Recuérdese que Ibarretxe adelantó la fecha de los comicios como respuesta a la derrota sufrida en el Congreso de los Diputados. Su mensaje explícito o subliminal cabría resumirlo con estas palabras: Vascos y vascas: nos han vencido, claro, en su casa y con el árbitro en contra nuestra. Pero en el partido de vuelta el clamor de la grada será de tal envergadura que arrollaremos y la fe en nuestra causa nos llevará a la victoria El espejo ha recogido otros aspectos sustanciales de las elecciones vascas. Los votantes han ordenado de forma imperativa a sus políticos que se olviden de la lógica perversa de los dos frentes. A los nacionalistas les han dicho con claridad que archiven ya su obstinación por construir el futuro desde posiciones unilaterales porque hay cuestiones de fondo que rebasan con creces los límites de la aritmética parlamentaria. O el futuro se diseña mediante el consenso o no habrá futuro, sino más bien un retorno al pasado en el sentido más peyorativo del término. Los votantes han rechazado la tentación de fomentar el conflicto civil y han apostado por la convivencia en una sociedad que- -por si algunos ayatolás todavía no se han enterado o no quieren enterarse- -es plural, poliédrica, transversal y, salvo reductos fundamentalistas, amante de la paz y alérgica a toda guerra. A los no nacionalistas- -también denominados Es el momento, pues, del diálogo, de la negociación y del pacto. Quienes decidieran enrocarse se equivocarían y- -lo que es peor- -harían un flaco favor a Euskadi y, por extensión, al conjunto de España. El enroque no aparece en el espejo ni incluso buscándolo con lupa. El espíritu de la transición triunfó en toda España y- -merced a ese sublime período de sentido común y de reconciliación nacional- -nunca en la historia ha habido un período tan fecundo y tan prolongado de libertad en España y de gran autonomía o autogobierno en sus comunidades. Pero la excepción- -parcial pero singularmente dramática- -fue Euskadi. El veredicto de la ciudadanía parece indicar que ha llegado ya la hora de rematar felizmente la transición también en el País Vasco. Se requiere coraje y prudencia. También ambición y capacidad para asumir riesgos o incluso algún peligro agazapado, porque, como señaló Tácito, todas las transacciones de gran importancia están envueltas en la duda El clamor por el soberanismo que repetía el lehendakari, como si invocara un amuleto, ha pasado a ser un clamor general en favor del entendimiento sin exclusiones. ¿Es factible- -con retrocesos, contradicciones y muchas dificultades de todo género- -incorporar a los violentos y a sus numerosos simpatizantes a semejante clamor? La pregunta no tiene a día de hoy una respuesta inequívoca. Pero el espejo que se paseaba el 17 de abril por Euskadi refleja el deseo masivo de que llegue pronto el fin del terrorismo. O, si se prefiere, que se alcance definitivamente la paz. Para lograr este objetivo- -en absoluto fácil- -parece imprescindible que el principal partido de la oposición, que es el PP, recupere cuanto antes el sosiego, abandone la utilización del terrorismo como instrumento del debate político y conceda a la estrategia del presidente Zapatero al menos el beneficio de la duda: esa duda a la que aludía Tácito. Lo intentó González. Lo intentó Aznar. Fracasaron ambos ¿Pero y si a la tercera fuese la vencida? Nadie debe, ni siquiera por omisión, traicionar la esperanza de los vivos.