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ABC VIERNES 13 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC EL FACTOR PARMÉNIDES POR RICARDO GARCÍA CÁRCEL CATEDRÁTICO DE HISTORIA MODERNA. UNIVERSIDAD AUTÓNOMA DE BARCELONA A caballo de la hiperestesia mediática, ha salido a la luz un nuevo monarquismo mal llamado popular, alimentado de morbo y banalidad, oscilante entre el rosa y el amarillo... la luz de la cantidad de rumores infundados, versiones pintorescas, imaginativas especulaciones, anuncios falsamente bien informados, que se han producido en los medios de nuestro país en los últimos meses en torno al presunto embarazo de la Princesa Doña Letizia, diríase que se está viviendo en España la angustia por el heredero que ha vivido la sociedad española no pocas veces a lo largo de la historia de la Corona. Con los Austrias, la inquietud sucesoria se reflejó a fines del reinado de Felipe IV, que, tras la muerte del infante Baltasar Carlos, tuvo que esperar a 1661, cuatro años antes de la muerte del Rey, a que naciera su hijo, el futuro Carlos II; y naturalmente, ante la incapacidad para reproducirse éste, tras dos matrimonios, fue terrible la incertidumbre que se vivió en los últimos años del siglo XVII, sin que al final, con hechizos incluidos, el heredero llegara. Con los Borbones, las mayores ansiedades por cuestiones sucesorias, pese a que Fernando VI no tuvo hijos, se produjeron en el reinado de Fernando VII, que tras tres matrimonios no había tenido descendencia y que sólo la tuvo- -su hija Isabel, la futura Isabel II- -en su cuarto matrimonio, tres años antes de la muerte del Rey. Y, por último, también hubo angustia sucesoria al final del reinado de Alfonso XII, porque Alfonso XIII nacería seis meses después de la muerte de su padre. A larga distancia para la Corona, que constituye nuestro gran factor Parménides. Cuando Heráclito lo barre todo con la trituradora demoledora del todo pasa, la criatura que nos viene representa justamente el valor de la estabilidad y la permanencia de Parménides frente al cambio que acaba devorando el propio progreso. Decía Malraux que la cultura es lo que queda cuando se ha olvidado todo. Esa definición me parece aplicable a lo que representa el heredero de los Príncipes de Asturias. La permanencia, lo que queda frente a cualquier tentación de ejercicio penelopiano, del volver a empezar, de la desertización de la memoria. Asegura la continuidad de los valores de esta Monarquía, sin corte distinta ni distante, consciente de la necesidad de ganarse, más allá de las legitimidades de origen, la legitimidad de ejercicio, el plebiscito cotidiano de las gentes de España. Las expectativas últimamente vividas respecto al nacimiento del heredero de los Príncipes de Asturias me han hecho recordar incertidumbres anteriores. La verdad es que la preocupación actual no tenía ninguna justificación racional, porque ninguna urgencia hipoteca el futuro de la Corona y el tiempo genésico entre el matrimonio y el primer hijo o hija estaba claramente por debajo de la media de las parejas de nuestro país. Pero toda historia de amor parece exigir su culminación a través del deseado primer hijo como mejor testimonio del mismo. La sociedad española que vivió el corto noviazgo de la pareja cual cuento de hadas, necesitaba el refrendo de aquella boda con tanto impacto en la memoria sentimental ciudadana a través de la noticia del embarazo de la Princesa de Asturias. Pues bien, ahora ya sabemos que Don Felipe y Doña Letizia serán padres en noviembre. La satisfacción que experimenta la sociedad española ante la feliz noticia tiene una vertiente política fundamental. La llegada al mundo del heredero del heredero supone la garantía de la continuidad institucional de la Monarquía. No había motivo alguno para inquietudes y ansiedades, pero lo cierto es que ya tenemos deslindado el horizonte sucesorio a largo plazo y ello contribuirá a estabilizar el panorama político. Y ciertamente, andamos sobrados de incertidumbres en los tiempos que vivimos como para metabolizar más inseguridades. El hijo o hija de los Príncipes de Asturias propiciará la consolidación de un sistema que conjuga unidad y diversidad, que armoniza la España vertical de Felipe V y la horizontal de los federalistas de 1868 que destronaron a Isabel II. En época de relativismo, del todo vale, de la cultura de usar y tirar, de cambios acelerados, con la criatura que se espera se define un proyecto de futuro en la Nunca la Corona, posiblemente, a lo largo de la historia de la España Moderna y Contemporánea, ha generado el consenso social que hoy tiene. Nunca contaron con tales refrendos ni los mejores reyes de nuestra historia. Carlos V arrastró toda su vida el lastre de la herencia comunera Felipe II tuvo infinidad de críticas dentro de España que le llevaron a decir con ironía aquello de que forzoso será que los malos nos aborrezcan, lo que a nosotros toca es proceder de manera que no nos aborrezcan los buenos De los Austrias menores, mejor no hablar. Después ya, con los Borbones, Felipe V fue estigmatizado por la supresión de fueros en la Corona de Aragón. Fernando VI lo fue por los ilustrados liberales y las sátiras le amargaron la vida a su mujer Bárbara de Braganza. Carlos III, pese al excelente cultivo mediático de su imagen, tuvo su motín de Esquilache. Carlos IV, Fernando VII e Isabel II reinaron sobre un país profundamente dividido y astillado. Las expectativas ilusionadas de Alfonso XII en la Restauración se perderían por el camino, en poco más de medio siglo, hasta la desembocadura de la Segunda República. La Monarquía de Don Juan Carlos ha conseguido unos niveles de identificación con la sociedad española actual ciertamente impensables en 1975. Y ello se ha fundamentado, sobre todo, en el sentido de neutralidad e imparcialidad, de no contaminación partidista, que le marca la Constitución y que la Monarquía ha sabido ejercer con delicadeza y tacto. La sensibilidad ante los problemas importantes del país- -el principal, la estructuración del Estado- -es perfectamente compatible con la profesionalidad constitucional que ha demostrado el Rey, día a día. El matrimonio de Don Felipe con Doña Letizia ha significado un paso adelante, inédito en la historia de la Corona, en su bien constatada voluntad de imbricación social, de conexión plena con la sociedad española del siglo XXI. Pero, en tiempos de euforia monárquica, conviene, más que nunca, sugerir prudencia y autocontrol emocional. El mayor riesgo, a mi juicio, para la Corona proviene de la sobrecarga mediática que vivimos, del calor excesivo de tanta atención de los focos mediáticos, que pueden llegar a quemar. Existe un cierto monarquismo tradicional henchido de nostalgias cortesanas, pródigo en retóricos halagos a la institución monárquica, que en momentos difíciles para la Corona suele hacer mutis por el foro, como ocurrió en 1873 y 1931, y del que se quejaría amargamente, por cierto, Alfonso XIII. Pero últimamente, a caballo de la hiperestesia mediática, ha salido a la luz un nuevo monarquismo mal llamado popular, alimentado de morbo y banalidad, oscilante entre el rosa y el amarillo, muy dado a efusiones emocionales coyunturales poco estables y sólidas. La experiencia histórica abunda en situaciones de inversión de entusiasmos idílicos, de vaivenes sentimentales en la opinión pública española, como para tener presente la conveniencia de una cierta capacidad de distanciamiento ante tanto frenesí. Mientras se frivoliza la noticia en la prensa del corazón, y sin apenas tiempo de disfrutarla, emerge el debate jurídico en torno al artículo 57.1 de la Constitución y el problema de la preferencia de varón sobre la mujer en la sucesión. Al respecto, conviene subrayar que lo más importante es que parece haber consenso político en la necesidad de equiparar en los derechos sucesorios de la Corona a las mujeres y los hombres, aunque no dejan de plantearse interrogantes inquietantes: ¿la reforma constitucional necesaria para igualar a varones y hembras en la sucesión de la Corona propiciará otras reformas, de calado distinto, no deseables? ¿Supone el invocado principio de la retroactividad, en el momento de la aprobación de la reforma constitucional, cuestionar los derechos del actual heredero? Pero en el momento actual, deberíamos aparcar todo tipo de inquietudes y asumir gozosamente la realidad presente. Hoy, aquí y ahora, ésta no es otra que la lógica y legítima satisfacción que vive la Familia Real, y al lado de ella, la sociedad española. El año 2005, el año cervantino, será el año del nacimiento del tan deseado heredero del heredero. Que los ideales del hidalgo de la Mancha se vean con él y en él cumplidos.