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16 Nacional EL DEBATE SOBRE EL ESTADO DE LA NACIÓN OPINIÓN JUEVES 12 5 2005 ABC Un debate grave, que dio por terminado el Pacto Antiterrorista y que dejó que los espectadores obtuvieran una imagen más hospitalaria de Zapatero que del líder popular En el debate, Rajoy no se amilanó, estuvo firme y consistente, y demostró que está harto de que el presidente quiera apropiarse del discurso de valores y de ética A toda vela TEXTO: ÁLVARO DELGADO- GAL Ha nacido un duro TEXTO: FERNANDO FERNÁNDEZ El debate de ayer en el Congreso no fue brillante. Pero fue grave. Grave porque queda confirmado que el presidente carece de criterios sobre cómo abordar los grandes asuntos nacionales. Grave porque se le ha dado matarile, casi oficialmente, al Pacto Antiterrorista. Y grave porque, pacto aparte, no se adivina la más mínima señal de avenimiento entre los dos partidos. Rajoy, cuyo talento como parlamentario no es discutible, estuvo más bronco de lo habitual, y cometió un error de bulto: afirmar que el Gobierno está traicionando la memoria de los muertos en el País Vasco. Zapatero sacó todo el partido que pudo del traspié de su rival y consiguió quizá que muchos telespectadores llegaran a la conclusión de que es un hombre más amable, más hospitalario, más próximo, que el jefe popular. La retórica de Zapatero es increíblemente tosca, lo que no significa que no pueda ser eficaz. Su rasgo dominante, el desprecio absoluto de la lógica. En cierto momento, reprochó a Rajoy su espíritu destructivo y crítico y le desafió a encontrar alternativas a la política del Gobierno. ¿Devolverían los populares la estatua de Franco a su sitio? ¿Enviarían de nuevo las tropas a Irak? Las dos preguntas son completamente absurdas. Imaginen que yo derramo la leche a la hora de la merienda y que, tras mirar a los que he dejado en estado lastimoso, exclamo: ¿Qué quieren? ¿Que devuelva la leche a la jarra? Ciertos actos, ¡ay! son irreversibles, y por lo mismo, no admiten alternativas. El que no admitan alternativas, sin embargo, no demuestra que sean certeros. Cabría incluso sostener que han sido tanto menos certeros, cuanto más desasistidos de un remedio alternativo. Al telespectador poco atento se le escapan estos matices, esenciales en un discurso civilizado. ¿Se le escapan igualmente a Zapatero? Sinceramente, no lo sé. Vayamos al fondo político. Hubo dos cuestiones clave que el presidente se negó a aclarar. La cláusula se negó está justificada, puesto que Rajoy le emplazó a que se pronunciara sobre ellas de modo solemne y reiterativo. En primer lugar, Zapatero no quiso decir que España es una nación. El caso es sorprendente, pero ahí está. En segundo lugar, Zapatero rehusó ofrecer precisiones sobre su modelo o idea de reforma estatutaria y de financiación autonómica. En relación a las reformas, volvió a declarar que La retórica de Zapatero es tosca, lo que no significa que no pueda ser eficaz. Su rasgo, el desprecio absoluto de la lógica El presidente del Gobierno sacó todo el partido que pudo durante el debate del traspié de su rival aceptaría lo que se cocinara en cada CCAA, con una condición y una esperanza. La condición, que la reforma entre en la Constitución. La esperanza, que cuente con el mayor consenso posible. Consenso, se entiende, en el Parlamento autónomo de turno. En lo tocante a la financiación, se fue por los cerros de Úbeda, y aseveró textualmente que lo único característico de los sistemas de financiación en un Estado descentralizado, es que están sujetos a un cambio permanente. Ni Maragall lo habría expresado con más claridad. En una palabra: vamos a toda velocidad, y sin raíles a la vista. Y la derecha empieza a enfadarse. El debate sobre el Estado de la Nación mostró a un Rajoy serenamente indignado e incisivo, con punch En un tono menos socarrón de lo habitual, y quizás presionado por las especulaciones sobre su propia continuidad, el presidente del Partido Popular se mostró ayer contundente, apabullante que diría Rubalcaba. La tensión se mascaba en el Congreso, se cruzaban acusaciones de insidias e hipocresía. En ese lance Rajoy no se amilanó, estuvo firme y consistente, y mostró su hartazgo porque el presidente del Gobierno quiera apropiarse del discurso de valores y de ética. Porque es ahí donde quiso centrar el debate, en la credibilidad personal del presidente. Consciente de que el Gobierno se sostiene por la buena imagen de Zapatero, al que le funciona la sonrisa, el talante y su discurso posmoderno, Rajoy se lanzó desde el principio a la yugular. Acusó al Ejecutivo de sectario, radical, taimado, mediocre, incompetente. Fue subiendo de tono hasta preguntar si el presidente había acordado con Ibarreche y Otegui engañar a los españoles. Y culminó con la acusación de traición a los muertos por permitir que ETA haya vuelto al Parlamento Vasco. Una frase muy dura que hizo efecto. Zapatero subió a la tribuna exigiendo su retirada. Fue el punto álgido de una tarde que languideció después en las larguísimas intervenciones del presidente. Así todos pudimos observar que Rajoy tenía razón, que el presidente habla sin parar, habla por hablar, vive instalado en las grandes declaraciones de principios, melifluas y vacuas. Pero no concreta una propuesta. La mejor demostración es que Rajoy acertó al describirle como un rehén de sus socios parlamentarios que, no se olvide, hablaban después. Rajoy cosechó ayer varios éxitos y se metió en problemas. El primer éxito, cuando el presidente del Ejecutivo le trató como un serio rival, tanto que tenía preparadas réplicas con sus declaraciones de hace varios años. El segundo cuando situó el debate político en la ruptura del consenso de la Transición y en los riesgos de unas reformas constitucionales y estatutarias sin dirección ni criterios conocidos. El tercero cuando insistió sin éxito en obtener respuestas a preguntas concretas y animó al presidente del Gobierno a ejercer sus responsabilidades y dejar de hacer crítica de la oposición. Pero también asumió riesgos. Que el presidente Zapatero tenga suerte y le salgan bien todos los frentes que voluntaria e innecesariamente ha abierto, lo que sería muy bueno para los españoles pero definitivo para el futuro político de Rajoy, aunque bien es cierto que poco probable. Y que, pasado el debate, El líder del PP acertó al describir al presidente como un rehén de sus socios parlamentarios que, no se olvide, hablaban después Consciente de que el Gobierno se sostiene por la buena imagen, Rajoy se lanzó desde el principio a la yugular business as usual, los dos están condenados a negociar. Y a juzgar por las palabras finales de Zapatero, ayer pudo haberse roto la confianza mínima necesaria para que dos personas se escuchen. El presidente insistió en ese mal endémico de la izquierda española de arrogarse superioridad moral. Rajoy le cortó de raíz y le llamó irresponsable. Espero que la autoproclamada generosidad del presidente le pueda perdonar tanta desfachatez. Y que las profecías de Rajoy no se cumplan. Como espero que se cambie pronto el procedimiento para estos debates, porque no puede ser que el presidente gane cuatro a uno, aunque sólo sea en tiempo de intervención.