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58 Tribuna MARTES 10 5 2005 ABC FIRMAS EN ABC MIGUEL ÁNGEL MANJÓN JURISTA Y ESCRITOR NO DOS, UNA SOLA ESPAÑA La vuelta atrás es a un ayer fratricida ya superado, semejante ejercicio de ilusionismo ha de estar a la fuerza movido, motivado por el rencor por mucho resto de disimulo que le echen los inspiradores E dice, con acierto, que los pueblos no deben olvidar su pasado porque, de olvidarlo, correrían el riesgo de repetirlo. Sabemos que el hombre es el único animal (aunque sea el racional, ¡vaya paradoja! que tropieza dos veces en la misma piedra del camino. Por eso son muchos los españoles que repiten y reiteran machaconamente la necesidad de no olvidar nuestra propia Historia. Y porque el pasado más inmediato (dos siglos de guerras civiles entre paréntesis de paz que no dieron fruto duradero) se nos representa en imágenes de concordias deshechas y convivencias abolidas, el toro muerto de todas las plazas clausuradas, cerradas a cal y canto las puertas abiertas de las libertades, de la autonomía personal, el ideal del individuo consciente de sus derechos, deberes y responsabilidades en busca de la fraternidad más honda, que es aquélla a la que se accede desde el libre albedrío, no la impuesta por el dogma obligatorio que se hace coincidir coactivamente con el orden público. Pero para algunos, que siempre serán demasiados, el pasado más que el espacio imprescindible de la memoria viene a ser como el panal de rica miel en el que caer como moscas presas de patas en él con una inconscien- S cia tan arrogante como estúpida, con actitud tan vehemente como ayuna de sentido, con apasionamiento histórico tan torpe que tiende a convertir la relación de los hechos que ocurrieron en una proclama panfletaria que obnubila a la vez hechos e interpretaciones y, con ello, cualquier posibilidad de racionalidad inteligente. Hay una anteojera del utopismo que arrumba las utopías, pero también las realidades plausibles que hacen posible la convivencia, y que hay que cultivar sin hacerlas tabla rasa. Estos antólogos del erial quizás ignoren que esas actitudes son precisamente los mejores caldos de cultivo para la barbarie, los pasos previos a que los heraldos negros cabalguen de nuevo, se apropien de los escenarios y ocupen el panorama desolador y desolado. Quizás lo ignoren, quizá A ellos habría que recomendarles la prédica de Antonio Machado (por muy machadianos que se crean, demuestran no saber nada) honestidad y lucidez en la mirada a fin de contemplar las cosas en panorámica limpios los ojos que miran en el tiempo Cuidémonos, ya que no se cuidan ellos, de los azañistas de pacotilla. Recordemos la afanosa recomendación de Manuel Azaña al dejar la España republicana, dirigida a todos los españoles, vencido él en la velada de Benicarló camino del exilio: paz, piedad, perdón Caminar hacia el pasado con el propósito de hacerlo revivir y convertirlo en presente no es más que el espejismo de un autoengaño complaciente y o airado. Cuando, caso de España, la vuelta atrás es a un ayer fratricida ya superado, semejante ejercicio de ilusionismo ha de estar a la fuerza movido, motivado por el rencor por mucho resto de disimulo que le echen los inspiradores, actores principales y partícipes de ese tétrico espíritu rencoroso. No bastan las simulaciones, no con ponerse caretas se da el pego, los españoles sabemos ya lo bastante de carnavales y más aún de carnavaladas. A estas alturas el guerracivilismo y la república virtual restaurada, anacronismo infrúctil, no es otra cosa que reaccionarismo puro y duro, aunque se revista MEDARDO FRAILE ESCRITOR UNA HORMIGA EN LONDRES H E pasado una noche en Londres por ver, al fin, una obra de Rattigan en el West- End, donde cosechó tantos triunfos, y por David Suchet, el insuperable Poirot de Agatha Christie y actor extraordinario que la protagoniza. La obra en cuestión era Man and Boy, que no valoraron los críticos de 1963, porque ya andaban encandilados con unos dramaturgos principiantes que se decían airados En Man and Boy había puesto Rattigan grandes esperanzas y su fracaso relativo le apartó de los escenarios durante siete años, en los que sólo escribió guiones y obras de cine y televisión. Ahora dicen que la obra de Rattigan era demasiado avanzada para su tiempo (o que, el afán de poder, sentía aún algo de pudor por sus maniobras más obscenas) y que la ira y el métier de John Osborne y compañía eran más que nada aguados, débiles, y Man and Boy ha constituído un gran éxito. Por el barrio más que por el hotel, me alojé en el Edwardian Kensington y admiré, una vez más, los sólidos edificios de ladrillo rojo, tristones y alicaídos por la lluvia constante y, al levantarme, temprano, abrí el balconcillo del cuarto para que entrara el aire fresco y húmedo del día. Pero en el mundo hay tragedias o dramas dentro y fuera de los escena- rios y, sentado en la cama, me extrañó un movimiento insignificante en el parqué del suelo. Era una hormiga mínima que se iba adentrando en mi habitación, cabizbaja y con pausas, desde el balcón encharcado por la lluvia nocturna, que no había cesado aún. ¿Cómo era posible que esa nonada viviente habitara en un Londres empapado e inhóspito sin valerse de medios adecuados, de impermeable o paraguas? Las restantes hormigas de la ciudad, las humanas, se apresuraban más bien escasas y como huídas por las aceras, cumpliendo su castigo diario de hallar un grano de trigo. Pero la que yo veía, ni eso, y allí la dejé sin entender en absoluto su origen o su existencia realmente milagrosa. Man and Boy tenía algo que ver con ella, porque su tema, en parte, era la mayor fuerza del débil sobre el fuerte, aunque, por supuesto, me interesé más por la obra de Rattigan que por la hormiga que se refugió en los madriles de mi cuarto. de pretendidos ropajes progresistas. No de otro modo cabe entender el intento de volver a poner en pie las dos Españas, una buena y la otra mala mala la conservadora, a la que se tacha de tiránica; buena la progresista, a la que se bendice como liberadora. Desde esa perspectiva distorsionadora (hemipléjica la llamó Ortega y Gasset) la conclusión que se extrae es que la España buena y progresista, que monopoliza los ideales, las virtudes y la dignidad, debe prevalecer y eliminar a la España mala y conservadora, dechado ésta de pensamiento dogmático, vicios e indignidades. ¿Dónde queda, en este planteamiento maniqueo, la España liberal, esa inmensa España que quiso y quiere mirar, los dos ojos bien abiertos, toda nuestra plural realidad, sin dividir, sin enconar, sin fracturar, sin afán banderizo, sin clasificar en dos categorías a los españoles? Esa España de la ciudadanía igual y plural, de hombres y mujeres que aspiran a vivir en libertad personal y concordia con sus iguales en dignidad y derechos, es la de la Constitución de 1978, la de las generaciones que no creen que existan dos Españas ni quieren revivir irreconciliables divisiones. Lo que quieren, y en lo que creen, es en una sola España fraterna, madre de sus mejores hijos de todos los tiempos. Porque nuestros mejores (de cualquier signo, ideales y sensibilidad) son el ejemplo a seguir, el mejor espejo con que afrontar el futuro de nuestras vidas personales y de la patria común y sus alientos cívicos. Si esto es así, y así debe seguir siendo, ¿qué pretenden esos oscuros y minoritarios demiurgos de extremos radicalismos y ultraizquierdas extremas, debidamente solapados en sí se sabe qué pretextos? ¿Acaso reescribir la Historia y, amparados en las libertades actuales a las que todos somos acreedores con el debido respeto a los demás, volver a librar una guerra civil incruenta (suponemos) ganarla fantasmagóricamente e imponer su imaginario febril a toda la sociedad española? Conviene aclarar que los radicalismos llamados progresistas y la ultraizquierda tienen muy poco de democráticos, por no decir que nada. Táctica y estratégicamente pueden aceptar provisionalmente la democracia, a lo sumo. No creen en las libertades como hipótesis, menos en su efectivo ejercicio. Su espíritu inquisitorial los asemeja a la ultraderecha y a los radicalismos conservadores. Pretenden minar, desde dentro, la Constitución vigente, la del consenso pero también (ya lo hemos apuntado) la de la concordia. Pretenden, es sólo un ejemplo, que sus muertos sean sólo suyos. Pero lo cierto es que ni son sólo suyos ni siquiera son sus muertos. Son de todos los españoles que formamos una sola España a la que le desagrada el revival del pasado en esa insolencia de broma macabra. Y si el Gobierno socialista ha caído, en algún punto, en la tentación de conjugar semejantes adulteraciones y quimerismos a beneficio de no se sabe qué inventario, deshágase cuanto antes de tan tórpida compaña y tan torpes maleficios.