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64 Cultura LUNES 9 5 2005 ABC La obra fascinó en Hispanoamérica La rareza del Quijote de Viader con su heterodoxa estampación en letras góticas provocó fascinación en Hispanoamérica. Agotada la segunda edición, hubo de ampliar la tirada en un centenar de ejemplares que imprimió entre sus imprentas de Sant Feliu y Barcelona. En 1952 el general Juan Domingo Perón propuso a Josep M. Viader estampar en corcho la biografía de la fallecida Evita; el impresor desechó la idea: el proceso duraba tres años y prefería invertir los esfuerzos en obras de más calado literario. Pero sí acometió la tercera edición del Quijote en corcho virgen, que laminó hasta conseguir una flexibilidad y suavidad comparable al papel Biblia. En agradecimiento a clientes como Perón, la edición se dedicó a los países iberoamericanos. En primer plano, la edición del Quijote en corcho virgen, laminada hasta conseguir una espléndida flexibilidad ABC El impresor ampurdanés Octavi Viader consiguió a principios de siglo maridar el corcho que enriquecía su ciudad con la bibliofília De cómo Don Quijote se hizo corcho en Sant Feliú de Guixols TEXTO: SERGI DORIA BARCELONA. Eran las últimas décadas del XIX; las imprentas catalanas vivían un momento esplendoroso. Eran los tiempos del aprecio prerafaelita por las artes del libro inoculado desde Inglaterra por Morris o Ruskin. En Barcelona la burguesía vivía la fiebre de oro financiera que noveló Narcís Oller al modo naturalista de Zola. La pasión por la obra bien hecha impulsaba a los lectores de Ibsen y Maeterlink. Resonaba Parsifal en el Liceo. La edición trazaba con letra dorada exlibris de Alexandre de Riquer. Hubo un momento, entre los años ochenta y noventa, en el que coincidieron en la Ciudad Condal cinco revistas ilustradas de gran formato: La Ilustración Artística La Ilustración Hispano- Americana La Ilustración Ibérica La I.l ustració Catalana y La Hormiga de Oro Papel de buen gramaje, articulistas de postín; imágenes y tipografías grabadas en el imaginario de varias generaciones. En la localidad ampurdanesa de Sant Feliú de Guixols la industria del corcho constituía el combustible de una burguesía ilustrada que se asomaba al paseo marítimo desde mansiones señoriales. Allí había nacido en 1864 Octavi Viader i Margarit. Hijo de un cartero y de temperamento inquieto retornaba a su ciudad tras pasar por Barcelona, donde aprendió el oficio de encuadernador e impresor. Como explicó en 1977 el historiador Joan Torrent i Fabregas, la actividad comercial y cultural de Sant Feliú daba para varias imprentas: Viader sabía cómo tener permanentemente activas las cajas y la minerva. Poseía un sentido práctico y ganas de trabajar y abrirse camino; no rechazó ningún encargo y se cansó de tirar toda clase de impresos comerciales para las oficinas de fabricantes y comerciantes; pero, entre todos aquellos trabajos prosaicos, soñó siempre con imprimir algún día un libro cuya belleza provocara la admiración de los bibliófilos El tráfago de la imprenta Los beneficios de la industria del corcho sustentaron el poder económico de familias como la del editor Vergès o la del escritor y periodista Agustí Calvet, Gaziel El que fuera director de La Vanguardia siempre recalcó la vocación de élite liberal de la burguesía ampurdanesa: el olor de la industria taponera conjugado con el mecenazgo cultural. Volvamos con Octavi Viader. El impresor treintañero era concienzudo en su trabajo. La vida contemplativa no iba con él; prefería el tráfago de la imprenta. En la Rambla Vidal 37, las trepidantes minervas de Viader se mezclaban con el piano del compositor Mariano Vinyas; el olor a tinta y papel con el confortable y sutil vaho de la corteza de corcho requemada. Con semejante microclima, no es extraño que Josep Pla se preguntara si se podía hacer Pérez Moreda ingresó ayer en la Real Academia de la Historia ABC MADRID. La historia del lento y silencioso holocausto de varios millones de niños abandonados en los últimos cinco siglos de nuestra historia fue el tema tratado ayer por Vicente Pérez Moreda en su discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia, titulado La infancia abandonada en España. (Siglos XVI- XX) Según el nuevo académico, que tuvo unas emotivas palabras de recuerdo para Felipe Ruiz, cuya vacante ocupa, el sacrificio de los expósitos no fue del todo estéril ya que la lucha contra la mortalidad infantil no se habría puesto en marcha sin la experiencia médica y asistencial que proporcionó el tratamiento de los niños abandonados. Pérez Moreda repasó las iniciativas en favor de la infancia impulsadas durante la segunda mitad del siglo XVIII. Casas de Misericordia o instituciones de concepción similar surgieron por muchas ciudades españolas, llegando a ser a finales de la centuria unas 70 ó 75. con el corcho algo más que tapones para champán. Viader ya se lo había planteado antes, cuando lo usó para calendarios y tarjetas de visita. El impresor estaba empeñado en maridar el corcho que enriquecía su ciudad con la bibliofília. Alguien lo tachó de iluminado cuando aseguró que la rugosa corteza del quercus suber podría convertirse en hojas similares a las de papel para imprimir nada menos que el Quijote. Se acercaba el Tercer Centenario del clásico cervantino y Viader, el 30 de diciembre de 1903, ponía el imprimatur a la primera parte y el 6 de mayo de 1906, a la segunda: los textos reproducidos correspondían a las ediciones de 1608 y 1615. También intervino en la edición el bibliotecario y tipógrafo Eudald Canibell, mientras que la cubierta de corcho esgrafiada al fuego la diseñó el arquitecto modernista Lluís Domènech i Montaner. El corcho lo manufacturó la casa Bender de Sant Feliu y en los dorados del volumen Viader sustituía la falsedad de las purpurinas por panes de oro de ley Se lanzaron 52 ejemplares, el primero dedicado al Rey Alfonso XIII y el segundo encuadernado en cuero repujado a mano. Cada ejemplar costaba entre 500 y 700 pesetas de la época. El Quijote de corcho se agotó pronto y no tardó en cotizarse a precios elevados: en 1942, según el librero Palau, se tasaba en unas tres mil pesetas. El libro se expuso en el museo Gutenberg de Maguncia y en el British Museum de Londres. Alfonso XIII mostraba el ejemplar a él dedicado en la biblioteca del Palacio de Oriente y nombró al impresor Caballero de Isabel la Católica. Viader murió en 1938, pero su amor por Cervantes le llevó dos años antes a editar la obra en catalán, traducida por el poeta vanguardista Sebastià Sánchez- Juan y revisada por Pompeu Fabra. La guerra civil retrasó la publicación del Quijote catalán hasta 1941.