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ABC LUNES 9 5 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS QUIEREN MÁS C VIÑETA PUBLICADA: 17- XI- 2002 LA PRIMERA VÍCTIMA DE LA GUERRA ECÍA Winston Churchill que la primera víctima de la guerra era la verdad; lo decía, además, con conocimiento de causa, pues hubo de recurrir con frecuencia a la mentira para proteger la unidad de las potencias aliadas y, sobre todo, para ocultar los crímenes genocidas del régimen soviético. Sesenta años después de la rendición nazi, la verdad sigue siendo pisoteada en alocuciones como la que acaba de proferir el presidente Putin. Nuestro pueblo- -ha afirmado sin rebozo- -no sólo defendió a su patria, sino que también liberó a otros once países europeos La frase no sólo denota una complacencia en la mentira; también presupone una consideración benéfica del comunismo como fuerza liberadora que uno ya creía periclitada a estas alturas. Mucho más ajustado a la verdad, Bush acaba de recordar en Riga que los acuerdos de Yalta constituyeron uno de los JUAN MANUEL grandes errores de la historia NaDE PRADA die puede negar que el concurso soviético fue definitivo para derrotar a Hitler; pero, ante la orgía de celebraciones que conmemoran aquella derrota, deberíamos preguntarnos: ¿Qué victoria se celebra? Pues si se celebra la victoria de la democracia sobre los totalitarismos, el escenario elegido- -la Plaza Roja de Moscú- -no nos parece el más idóneo; si se celebra la victoria sobre el régimen nazi, ¿debemos incluir en los fastos la liberación de esos países que quedaron en la órbita soviética? Convendría que se recordara que el régimen soviético mantuvo, durante los primeros años de la contienda, una connivencia sórdida con el nazismo. No se limitó, como los Estados Unidos, a ser un espectador más o menos melindroso de la conquista fulgurante del continente europeo. Stalin pactó con Hitler el reparto de Polonia y alojó en sus campos de D concentración a cuarenta mil oficiales y suboficiales del ejército polaco, a los que despacharía con el muy sumario procedimiento comunista del tiro en la nuca (el mismo, por cierto, empleado en Paracuellos del Jarama) Sólo cuando Hitler, en plena borrachera de triunfos, decide invadir la Unión Soviética, Stalin se suma a los aliados. Lo hace, por supuesto, con el característico desprecio por el género humano que impulsaba su ideología (recordemos su célebre frase: Un muerto es una tragedia, un millón de muertos pura estadística Sin ese desprecio olímpico por las víctimas (que incluía a sus compatriotas, o mejor dicho esclavos) no puede entenderse cabalmente la abultada mortandad soviética durante la Segunda Guerra Mundial: Stalin mandaba batallones de soldados prácticamente desarmados a combatir al invasor, para que actuasen como parapeto ante su avance; y, no contento con ello, disponía en retaguardia batallones de exterminio perfectamente equipados, con la encomienda de que liquidasen a los supervivientes derrotados, a quienes consideraba cobardes e indignos. Varios millones de soldados rusos murieron de esta guisa, a manos de sus conmilitones. Naturalmente, el ejército soviético, que soportaba además del encarnizado combate con el enemigo las represalias crudelísimas de su propio mando, acabaría convirtiéndose en una horda de alimañas sin honor que descargaba su furia masacrando a la población civil inerme o violando a más de dos millones de mujeres alemanas. En la Conferencia de Yalta, los aliados no sólo se avinieron a silenciar estas atrocidades; acoquinados ante el formidable despliegue de fuerza soviético, decidieron entregarle al padrecito Stalin media Europa, para que siguiera ejercitando su olímpico desprecio hacia el género humano, sólo comparable al de Hitler. Ojalá las conmemoraciones que ahora se celebran sirvieran también para desenterrar el cadáver de la verdad, primera víctima de todas las guerras. OMO soy adicto al Diario de la noche de Germán Yanke en Telemadrid, tuve ocasión de escuchar a Leopoldo Calvo- Sotelo explicar su teoría sobre los nacionalistas. Contó la anécdota en que alguien preguntaba qué querían unos huelguistas o unos manifestantes. Quieren más le respondieron. Bueno, pues los nacionalistas siempre quieren más. Naturalmente, más nacionalismo. No ya más libertades individuales, más prosperidad, más trabajo y mejor seguridad social, mejores servicios públicos, mejor distribución de la riqueza, sino sobre todo más nacionalismo. Ya le había oído yo a Calvo- Sotelo en alguna otra ocasión este juicio suyo acerca de los partidos nacionalistas. Efectivamente, estos partidos están obligados a no conformarse jamás con el grado de JAIME autonomía y de autogoCAMPMANY bierno que hayan alcanzado. Tan pronto como se consideraran satisfechos, habría llegado el momento de disolverse. Si no aspiraran a nuevas conquistas nacionalistas, ¿con cuáles exigencias y vindicaciones podrían elaborar sus programas electorales? Un partido nacionalista que aspira a lo mismo que aspiran todos los demás partidos, deja de ser, obviamente, un partido nacionalista. O quiere más o cierra el chiringuito electoral. Esta situación la estamos viviendo ahora en España. Los partidos nacionalistas han conseguido un nivel de autonomía y de autogobierno como no se conoce otro en Europa y seguramente en el mundo. Sólo hay que estudiar los estatutos de las Comunidades vasca y catalana, y compararlos con los que rigen en otros países, para tener la certidumbre de que hemos llegado a un punto de autonomía al que no ha llegado nadie. Pues los nacionalistas no se conforman. Quieren más Siempre querrán más. Padecen un apetito imposible de saciar. Los Estatutos autonómicos nacidos a raíz de la Constitución del 78 ya se les han quedado pequeños. Viejos, insuficientes, como dicen ellos. No me refiero a un partido como Esquerra Republicana, pongo por ejemplo, que aspira claramente a la separación, a la independencia y a la república. Ya se sabe que eso es romper con la Constitución, con la Historia, con la unidad de España y con la forma de gobierno. O sea, pedir la Luna, y si la alcanzan, que la cojan. Me refiero a los partidos que aspiran a situaciones intermedias, pero cada vez más cercanas a la secesión. Se trata de aspiraciones separatistas disfrazadas de pactos con la Corona soberanía compartida autodeterminación pueblo soberano en cada territorio y otras fórmulas semejantes. Todo eso son jalones en un camino que sólo termina con la independencia absoluta, completa, perfecta. Conseguido un jalón de esos, el partido nacionalista tiene que aspirar al siguiente, porque o quiere más o en la realidad desaparece como tal partido nacionalista. Y en España, aprobados el Estatuto de Cataluña y el Estatuto de Guernica, han perdido su razón de ser los partidos nacionalistas dentro de la democracia y de la monarquía constitucional. Todo lo que sea querer más supone quebrar las reglas de juego y romper la paz social.