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72 Tribuna DOMINGO 8 5 2005 ABC FIRMAS EN ABC LEOPOLDO CALVO- SOTELO IBÁÑEZ- MARTÍN ABOGADO. EX SUBSECRETARIO DEL MINISTERIO DEL INTERIOR EL FUTURO DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL Durante la Segunda Guerra Mundial se fraguó la alianza anglo- norteamericana, que desde entonces ha sido clave para el mantenimiento de la paz... AS dos guerras más influyentes de la historia de la humanidad han sido la guerra de Troya y la segunda guerra púnica. Del final de la Segunda Guerra Mundial hace sólo sesenta años, pero es propósito de este artículo destacar los elementos que hacen probable que el juicio histórico termine decretando su inclusión en esa lista tan corta. Conviene comenzar explicando las premisas del ejercicio. La guerra de Troya es un caso especial. Su trascendencia, que supera con mucho a la de cualquier otra guerra, no deriva de los efectos políticos que tuviera en tiempos remotos, sino de su presentación literaria en la Iliada. Hasta el siglo XIX, las distintas maneras de concebir y, sobre todo, de narrar la guerra se ajustan siempre a los esquemas de Homero: el tono elevado y señorial, la intervención divina en los episodios bélicos, muchas veces mediante hombres escogidos, la importancia de los mana tiene sobre todo unas repercusiones políticas de una magnitud nunca después superada. Tras eliminar a su único rival en el mundo mediterráneo, y demostrar su absoluta superioridad política y militar, Roma se prepara para alcanzar el imperio universal, que durará casi setecientos años. Han pasado muchos siglos desde el triunfo de Escipión sobre Aníbal y ninguna guerra ha vuelto a tener unas consecuencias tan claras y permanentes. Una oscura batalla, la de Poitiers, y no una guerra, frenó la expansión islámica en Europa, y su efecto, aunque importante, fue puramente negativo. Las expediciones de Cortés y Pizarro, que trajeron consigo gigantescas mutaciones sociales en el continente americano, fueron prodigiosos golpes de audacia más que ejercicios bélicos. El largo encadenamiento de guerras de religión en la Europa de los siglos XVI y XVII dio lugar a cambios relevantes, pero difusos. Por último, las guerras napoleónicas sí tenían envergadura y tensión dramática para haber enlazado con sus dos antecesoras de la antigüedad. Pero su virtualidad quedó neutralizada porque la victoria cayó de un lado, y la gloria y el prestigio político cayeron del otro. Escipión igualaba en grandeza a Aníbal; pero el victorio- L combates singulares entre héroes, los epítetos que acompañan a los nombres de los guerreros distinguidos... Todo este aparato poético y conceptual llega casi intacto a las guerras napoleónicas, cuyos protagonistas, empezando por el propio Emperador, son juzgados y alabados con arreglo a los cánones de la épica clásica. Después de la epopeya napoleónica los ecos de la guerra de Troya comienzan a atenuarse, sin llegar a desaparecer del todo. Poco más tarde, Marx se interrogaba sobre la posibilidad de una Iliada con pólvora, y las terribles guerras de la primera mitad del siglo XX se encargaron de dar respuesta negativa a su pregunta. La segunda guerra púnica tiene también un efecto no desdeñable en el ámbito literario y heroico: con su victoria, los romanos se muestran dignos de unirse a los pueblos celebrados por las musas homéricas y cimentan así su relación con los griegos, que constituye la base de la antigüedad clásica. Pero la victoria ro- HERMENEGILDO ALTOZANO ESCRITOR LA FÁBRICA A central de Battersea parece una mesa grande puesta boca abajo o un gigantesco barco que, a ritmo lento, trata de alcanzar el Támesis. El edificio está hecho de ladrillos anaranjados y se nos aparece de pronto, cuando el tren ya está llegando a la estación Victoria casi sin aliento, rendido el viaje, renqueando. Sus cuatro chimeneas blancas clavan su desnudez en el vientre grisáceo de cualquier tarde lluviosa. Entre 1937 y 1980 suministró energía eléctrica a la ciudad de Londres. Es más que probable que fuera uno de los principales objetivos de las bombas alemanas en la Segunda Guerra Mundial y que, después de la Victoria, sirviera para alumbrar las sesiones del Parlamento y las reuniones del Consejo de Ministros. El bullicio del Soho. Las calles tranquilas de Chelsea. Las nuevas tecnologías o las ganas de cambiar las cosas han terminado por arrinconar su utilidad, pero no la fuerza del diseño de Gilbert- Scott. Es probable, también, que el hecho de servir de imagen a la portada de un disco le haya hecho resistir con mayor vigor las veleidades del planeamiento urbanístico. L Estábamos en Cambridge- -ahora recuerdo- verano del 77, sentados en la hierba, junto al río. Llevábamos aún la resaca de la muerte de Franco, del referéndum y de las primeras elecciones pluripartidistas. La discusión política acampaba en la orilla del río y en las orillas del río habitaban de igual modo las ganas por conocer a gente de otros países y por mojarnos los pies en las horas de clase. En el montaje fotográfico de la portada de Animals el disco de Pink Floyd que se escuchaba en la trastienda del verano del 77, aparece un cerdo rosáceo volando entre dos de las cuatro chimeneas blancas de la central eléctrica de Battersea. El vientre del cielo ha dejado de ser grisáceo en la foto para acumular todos los colores- -rosáceos, anaranjados, cadmios- -de una tarde sin lluvia, que se pierde entre las escaleras de hierro. Algunos años después, Tracy Clark ha vuelto a hablarme de la central eléctrica de Battersea. De sus cuatro chimeneas blancas. De la estructura de ladrillo visto. De cómo ella también se asoma a la ventanilla cuando el tren se acerca a Victoria. La central de Battersea sigue como punto de referencia en una ciudad que se resiste a dar la espalda a las fábricas. En una ciudad que sigue maravillándose con las viejas construcciones de ladrillo visto. Que rescata del olvido los antiguos almacenes y los eleva a la categoría de edificios de vanguardia. Que convierte los viejos muros en museos nuevos. Hemos buscado en vano otra tarde sin lluvia. Hemos buscado en vano otras chimeneas blancas que se claven en el vientre del cielo. Y otro cerdo rosáceo que se columpie entre ellas. Pero anoche apenas, camino de Jaén, hemos descubierto unas minas abandonadas- -torres de ladrillos anaranjados- -iluminadas con la luz potente de unos focos. Elevadas, como la central de Battersea, a la condición de edificaciones singulares. Redimidas de la estupidez de años, que quiso extirparlas de la memoria, como quiso extirpar el mérito de los que hicieron posible el progreso económico. La memoria va formando su propio inventario: la fundidora, en Monterrey; los almacenes del puerto, en Nueva York; la central eléctrica de Battersea, en Londres; la antiguafábrica Mahou, en Madrid; las minas, en Linares. Los viajes y las conversaciones con los viajeros sirven para ampliar la relación. El paso de los años hace más frecuente el indulto: cambiar lo que no se ve y dejar el lado externo tal como era. Y tal vez llegue a ser cierto lo que decía Jünger: que una central eléctrica pueda también ser un templo, aunque no suela percibirse así. so (y meritorio) Wellington no podía competir con Napoleón. Tampoco los principios del Congreso de Viena (atinados y prudentes para regir el concierto europeo) podían competir dentro de cada país con las ideas de la revolución francesa. Recorrido este camino, inevitablemente lleno de atajos y lagunas, llegamos a la Segunda Guerra Mundial. Se diría que por fin ha vuelto a haber una guerra de efectos fundadores y normativos, que además de positivos parecen destinados a durar largo tiempo. Tales efectos se han producido en el orden internacional, a escala europea, y en el seno de varios países importantes; y su futuro, una vez desaparecida la Unión Soviética, parece asegurado. Durante la Segunda Guerra Mundial se fraguó la alianza anglo- norteamericana, que desde entonces ha sido clave para el mantenimiento de la paz y la seguridad en la comunidad internacional. No hay relación más importante para la seguridad internacional que la del presidente de los Estados Unidos con el primer ministro británico. Esa relación fue fruto de la tenacidad y la visión de Churchill (auténtico héroe homérico del conflicto) quien la mantuvo sucesivamente con Roosevelt, Truman y Eisenhower. El binomio se reproduciría después entre Ronald Reagan y Margaret Thatcher, y, en la actualidad, entre George Bush y Tony Blair, a quien, por cierto, hay que agradecer su generosidad y sacrificio en defensa de un vínculo que a todos protege. La Segunda Guerra Mundial fue también decisiva en la aparición de la Comunidad Europea, que sobre la base de la reconciliación franco- alemana terminó consiguiendo que el enfrentamiento armado entre sus miembros fuera social y psicológicamente imposible, y que hoy está a punto de lograr la unificación política del continente. Por último, la guerra de 1939- 1945 determinó la refundación de dos importantísimos países, Japón y Alemania, cuyas nuevas constituciones fueron escritas o inspiradas por los vencedores, y que adquirieron un propósito de enmienda de duración indefinida que les obliga a ser miembros especialmente ejemplares de la sociedad planetaria. Cabe citar el caso más atenuado de Francia, que, tras siglo y medio de debilidad y división interna, encontró en la V República un régimen estable y próspero, y lo hizo de la mano de un hombre cuya auctoritas databa también de su papel en la guerra. España accedió tardíamente al legado de la Segunda Guerra Mundial. Nuestra participación en su dimensión europea puede calificarse de irreprochable, como han confirmado hace poco los resultados del referéndum sobre la Constitución de la Unión Europea. Menos firme y más desigual ha sido la presencia española en la dimensión atlántica del legado, que comenzó con un valiente ingreso en la OTAN en 1982, al que siguieron vacilaciones que luego parecieron superarse. Recientemente, una también valiente contribución al esfuerzo aliado en Irak se vio precipitadamente truncada. Ojalá que este sexagésimo aniversario de la Segunda Guerra Mundial sirva para recordar que el legado es único y que ninguna de sus partes debe descuidarse.