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56 Los domingos DOMINGO 8 5 2005 ABC OTRAS REGLAS DE LA GUERRA El preso 587 de Guantánamo El marroquí Brahim Benchecrún, detenido en Pakistán en 2001, ha pasado dos años y medio en manos de las autoridades norteamericanas. Ésta es su historia, en el nombre de Alá. LUIS DE VEGA CORRESPONSAL abla bajito, apenas gesticula y agacha el rostro, como avergonzándose de lo que cuenta. Hay que acercar el oído para no perder el hilo de sus palabras. Bajo la luz de la bombilla se ilumina su cabello rasurado y poblado de canas- -canísimo para sus 25 años- -que termina en una barba que va virando a negra según descienden los pelos rizados hacia la cara. Su piel tostada, sin embargo, no presenta arrugas y luce brillante sobre un semblante siempre serio. Es Brahim Benchecrún (Casablanca, 4- 8- 1979) que ha decidido relatar su paso por la base norteamericana de Guantánamo mientras disfruta de la libertad condicional antes de su próxima cita ante los tribunales marroquíes, el 4 de julio. Forma parte de un grupo de cinco marroquíes repatriados en agosto de 2004 desde Guantánamo- -allí quedan todavía nueve ciudadanos de esta nacionalidad- -para ponerlos a disposición de la Justicia de su país. Aunque el lunes 28 de marzo salió de la cárcel de Salé, junto a Rabat, ni olvida ni perdona. Benchecrún fue arrestado poco después de los atentados del 11- S cerca de Lahore (Pakistán) donde llevaba a cabo mis estudios islámicos Las redadas eran constantes y los policías que entregaban a ciudadanos árabes recibían 500 dólares explica. Tras 40 días en esta ciudad, donde fue interrogado por vez primera por los servicios secretos norteamericanos, es trasladado al aeropuerto militar de Islamabad. Allí lo entregan a las autoridades de Estados Unidos, que lo llevaron a lo que consideraban el centro del terrorismo islamista mundial: Afganistán. Entonces, según relata el joven, comienza la etapa más dura de su cautiverio. Lo de Guantánamo fue más largo en el tiempo, pero Afganistán fue mucho más duro Las torturas y los interrogatorios se volvieron sistemáticos en la semana que pasó en Bagram y en los dos meses y medio que estuvo en Kandahar. Nos hacían correr durante media hora encadenados. Nos impedían rezar. Cogían el santo Corán y lo arrojaban a las letrinas... Le explicábamos a los soldados que ese libro sagrado no es de los terroristas, sino que per- H tenece a todos los musulmanes. Ahí fue donde descubrí que Estados Unidos no está en contra del terrorismo, sino contra el Islam relata abochornado. Sabe que él no se llevó la peor parte de los maltratos físicos, pero deja claro que las ofensas hacia su religión era lo que más le dolía, y los soldados norteamericanos lo sabían bien. A mí no me aplicaron descargas eléctricas, pero sé que las había. Cuando llamaban a la oración, los americanos se reían, cantaban, bailaban... ¿Has estado alguna vez en Afganistán? ¿Conoces a gente de Al Qaida? ¿Has combatido con los talibanes? Los interrogatorios se repetían una y otra vez dirigidos por detectives -así se refiere a ellos- -asistidos por intérpretes de árabe. Cuando el testimonio se resistía a salir a la luz, una pistola sobre la sien y el siniestro crujir del gatillo ayudaban a recuperar la locuacidad al interrogado, que vestía un mono azul como el de los mecánicos sabíamos a dónde íbamos, aunque lo sospechábamos. Durante todo el viaje tuvimos las manos encadenadas a la espalda. A unos les administraron calmantes, a otros les dieron descargas eléctricas. Dos veces nos ofrecieron una manzana a cada uno continúa. El primero de los vuelos duró unas ocho horas y tras una escala- hacíamos conjeturas sobre si estábamos en Turquía, en Alemania... cogieron un segundo avión en el que pasaron unas quince horas más. Diseño para una cárcel Llegué a Guantánamo a las dos de la tarde de un día de abril o mayo de 2002. Nos dejaron dos horas al sol todavía con los ojos tapados. Después nos llevaron a un sitio donde había duchas para que nos cambiásemos la ropa naranja por otra de igual color antes de acudir al primer interrogatorio, de unas dos horas El joven marroquí cuenta cómo lo colocaron frente a un grupo de militares, ayudados por un traductor, que le gritaban y le hacían una y otra vez las mismas preguntas que ya había escuchado decenas de veces. No te hemos hecho viajar 20.000 kilómetros para que nos digas las mismas cosas le reclamaban. Uno de ellos escribió en un papel: Al Qaida y lo archivó mientras comentaba: No volverás a salir de aquí en tu vida Pero yo sabía que era inocente y que antes o después saldría y que todo aquello lo hacían para atemorizarme Durante la primera semana explica que los interrogatorios fueron constantes, siempre con las mismas preguntas. Después se repetían una media de una vez cada dos semanas. Nos metían en habitaciones y nos hacían pasar mucho frío o mucho calor. Eran torturas pensadas para no dejar huella El testimonio de Benchecrún recuerda en algunas ocasiones las escenas vividas en la cárcel iraquí de Abú Graib. Algunas de las militares se insinuaban en los interrogatorios y llegaban a desnudarse. Saben que todo eso está prohibido en el Islam. Una llegó a arrojar una compresa a la cara a uno de los prisioneros El joven pide un bolígrafo y un papel para explicar cómo eran la cárcel y el espacio en el que pasó Musulmanes de todas partes Seríamos unos 200. De muchas nacionalidades. Agolpados de diez en diez en casetas de madera de unos 10 ó 15 metros cuadrados. Una vez al mes nos sacaban desnudos al campo y allí nos dábamos una ducha colectiva Mientras tanto, se iban llevando a cabo los traslados de presos hacia la base militar del sur de Cuba, de cuya existencia se habían ido enterando por boca de los propios militares. Ése era el destino que esperaba también a Benchecrún, que se había convertido ya en el prisionero número 587. Una pulsera de plástico blanco colgada de una de sus muñecas se lo recordaría siempre, hasta su vuelta a Marruecos. 5- 8- 7, 5- 8- 7 repite el joven en inglés y francés. Llegado el día anunciaban tu número y te trasladaban Me avisaron veinte horas antes. Nos cambiaron de ropa. Nos dieron la camisa y el pantalón naranjas. Íbamos descalzos. Ni reloj ni nada. Sólo la pulsera con el número. Teníamos los ojos y los oídos tapados y las manos y los pies encadenados Así fue como se produjo su traslado a la base de Guantánamo. Escuchábamos los ruidos de los aviones, pero no Me decían: No saldrás de aquí en tu vida Pero sabía que era inocente. Lo hacían para asustarme todos esos meses. Dibuja un corredor con 24 celdas individuales a cada lado hechas a base de contenedores. Al final había dos especies de jaulas de unos quince metros a donde eran trasladados una vez al día y siempre de uno en uno para que pasearan durante veinte minutos y se dieran una ducha. Calcula que había unos 26 corredores como éste. Dentro de cada celda, de aproximadamente 1,7 por 2 metros, había una cama de hierro con un colchón, un lavabo, una letrina y una pequeña ventana. La manera en que los americanos han diseñado Guantánamo, las celdas y todo eso fue para volvernos locos, pero nuestra fe en Dios nos ha salvado Y vuelve a recurrir al Corán, como cuando explicaba los abusos a los que fue-