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ABC SÁBADO 7 5 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS EL POTENTE MÍSTER BLAIR L IBARRA EN EL SIGLO XXI UIENES aguardaban al Rodríguez Ibarra que dispara exabruptos a mansalva se quedaron un tanto descolocados con su conferencia en el Club Siglo XXI. Ante una sala reventona de público, flanqueado por hasta siete ministros del gabinete socialista, Ibarra disertó sobre lo que él llama sociedad de la imaginación en la que la vocación de riesgo, aliada con el auge de las tecnologías, logren por fin arrumbar la herencia cansina de otras épocas. Ibarra, consciente de que su región arrastra un retraso secular, quiere abanderar un proyecto que impulse la creatividad y la capacidad de innovación de los jóvenes, convencido de que su talento es un bien precioso que requiere estímulo y protección. La propuesta de Rodríguez Ibarra, tan volcada hacia el futuro, sonaba un tanto voluntarista, sobre todo considerando que España sigue sin resolver asuntos más propios del siJUAN MANUEL glo XIX que del XXI. Aunque de forDE PRADA ma tangencial, el presidente extremeño lanzó en su conferencia algún zarpazo a quienes aún se aferran a privilegios forales trasnochados, impidiendo o retardando el advenimiento de esta sociedad de la imaginación que postula. Pero fueron zarpazos livianos; el viejo león rehusó enseñar las uñas, incluso omitió una andanada final dirigida al Gobierno de Cataluña que se incluía en el texto de su conferencia, repartido entre los periodistas. En la cena que se siguió a su intervención, el presidente extremeño se espantó las cautelas y habló a calzón quitado. Rodríguez Ibarra pertenece a esa estirpe menguante, casi extinta, de políticos que ganan poder de sugestión y emotividad en la distancia corta, quizá porque está tejido de una sustancia humanísima de la que carecen la mayoría de sus colegas. Su vocación de verdad, tan infrecuente en nuestra época, lo caracteriza como una nota discordante y moles- Q ta dentro de su facción política, incluso lo convierte con frecuencia en la tabla que salva del naufragio a sus adversarios. Pero lo cierto es que el discurso de Rodríguez Ibarra resulta siempre irreprochablemente socialista; y son quienes se apartan de este discurso, anteponiendo el cambalache con el nacionalismo a su ideario, quienes lo han convertido en nota discordante. En el coloquio de la sobremesa, Rodríguez Ibarra se explayó a gusto a requerimiento de los comensales. Y así, por ejemplo, se preguntó por qué Cataluña había dejado de ser el motor del desarrollo español: una posible respuesta a esta pregunta, quizá demasiado cruel, nos llevaría a constatar- -afirmó Ibarra- -que a Cataluña le convenía más el modelo centralista de antaño; otra, más plausible, que los gobernantes catalanes han empleado sus esfuerzos en elaborar hasta la hipertrofia torpes entelequias identitarias, descuidando la productividad de su economía. Rodríguez Ibarra volvió a repetir su propuesta de reforma de la Ley Electoral, que impediría que formaciones que apenas representan a unos pocos cientos de miles de votantes puedan erigirse en árbitros de la aritmética parlamentaria y, por extensión, de la acción de gobierno; una propuesta absolutamente congruente con las leyes electorales vigentes en la mayoría de países occidentales, cuya mera formulación, sin embargo, convierte a Rodríguez Ibarra en diana de invectivas y anatemas. A la cena no asistieron la mayoría de ministros socialistas, temerosos quizá de afrontar las verdades como puños que iba hilvanando Rodríguez Ibarra. Sólo María Antonia Trujillo acompañó a su mentor, en justa correspondencia al capote que él antes le había tendido, defendiendo su gestión al frente de un ministerio más utópico que el País de Nunca Jamás. María Antonia Trujillo es, por cierto- -aunque ella ni siquiera lo sepa- clavadita a Xena, la princesa guerrera, mi heroína televisiva predilecta; debería aprender sus mañas para defenderse del pedrisco de ladrillos que llueve sobre su cabeza. OS ingleses han acudido a las urnas y le han dado a Tony Blair el triunfo electoral. Se conoce que el episodio de la guerra de Iraq, aquí tan explotado por los rojelios de la oposición, a los ingleses les trae al fresco. A ellos, jaspe. Dicen que el triunfo de Blair es un triunfo histórico porque ha sido el tercero consecutivo, y eso en aquellas urnas no es frecuente. Bien es verdad que ha perdido algunos votos, pero ha ganado las elecciones. Por tanto, hay que reconocer que míster Blair es un hombre electoral y políticamente potente, y esa potencia merece sin duda admiración. Pero tanta o más admiración despierta su potencia sexual. Algunos días antes de las elecciones, míster Blair declaró en un perióJAIME dico sensacionalista inCAMPMANY glés que él lo hace cinco veces por lo menos en una noche. Vamos, para dejarnos de eufemismos que el señor Blair encaloma a la señora Blair en una noche tantas veces como dedos tiene una mano. Y la señora Blair, que estaba presente, confirmó la declaración y aún añadió que muchas noches sobrepasa ese número. Quizá esa declaración, hecha en el momento de abrir las urnas, le haya granjeado a míster Blair un buen número de votos de las hembras inglesas, partidarias generalmente del encalome. Al periodista no se le ocurrió hacer a míster Blair la misma pregunta que un confesor hizo a cierto penitente que presumía en el confesonario de una actividad sexual que dejaba minúsculos a todos los tenorios y a todos los casanovas. Bueno, ¿pero usted a qué ha venido aquí a confesarse o a tirarse faroles? No es que esos cinco asaltos amorosos sean un número inalcanzable. Estoy seguro de que tendrán la misma experiencia muchos de mis lectores. Lo que ya no parece tan creíble es que esa marca se logre y se supere habitualmente, noche tras noche, por muy aburrida que resulte la vida en el número 10 de Downing Street. O es trola o es que se lloran cuatro gotas como diría don Luis de Góngora. Creo recordar que el marqués de Bradomín, en ocasión de yacer con la Niña Chole, ofreció hasta nueve sacrificios al dios Eros o a la diosa Venus. Lo que sucede es que de don Ramón María del Valle- Inclán no puede fiarse uno después de tantas versiones inventadas como ha dado acerca de su manquedad. Pero tampoco merece la pena ponerse incrédulo e intransigente y para qué vamos a poner límites a la Divina Providencia. Además, es posible que Inglaterra excite por cualquier misteriosa circunstancia el apetito sexual. Se me viene a la memoria el precioso soneto que Camilo José Cela pone al comienzo de Izas, rabizas y colipoterras donde el fraile se queja de su desamparada situación, precisamente en esta desleal isla maldita o sea, en Inglaterra: Me veo morir agora de penuria en esta desleal isla maldita, pues más a punto estoy que sant Hilario; tanto que no se yguala a mi luxuria ni la de fray Alonso el Carmelita ni aquella de fray Treze el Trinitario Total, doble congratuléision para míster Blair y para mistress Blair, por las urnas y por el encalome.