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ABC SÁBADO 7 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC JULIO CÉSAR EN LONDRES POR JOHN O SULLIVAN EDITOR DE NATIONAL REVIEW La conspiración contra Julio César comenzará ahora a desenmarañarse. Mientras el Patido Laborista se sume en convulsiones internas, los conservadores y los liberal- demócratas estudian los resultados con un embeleso atenuado... CABA de estrenarse en Londres Julio César, de Shakespeare, en una producción que ambienta la tragedia en Irak. Este concepto parecía un cansino ejemplo de la vulgaridad de la izquierda teatral británica cuando se estrenó hace dos semanas, pero los resultados de las elecciones de ayer le han dado una oportuna relevancia. César es abatido por sus aliados políticos después de que le hubieran ofrecido tres veces la corona; el primer ministro Tony Blair, tras lograr un histórico tercer mandato en el poder, se ve rodeado hoy de colegas gubernamentales que blanden dagas contra él. A juzgar por los indicadores de los titulares, a Blair le ha ido muy bien. Su mayoría parlamentaria permitirá al Partido Laborista permanecer cómodamente en el poder durante todo un mandato de cinco años si es necesario. A Pero el panorama completo es mucho menos alentador. El porcentaje de voto popular nacional del gobierno de Blair es de sólo un 36 por ciento, el índice más bajo de todos los gobiernos victoriosos desde los años veinte, y sólo un 3 por ciento más que el supuestamente derrotado Partido Conservador. El Partido Laborista se ha visto impulsado al poder por un sistema electoral arbitrario, según el cual los conservadores necesitaban ir seis puntos por delante en votos para igualar a los laboristas en número de escaños. De no ser por esa arbitrariedad, Blair tendría hoy una pequeña mayoría o estaría encabezando un gobierno en minoría. Y lo que es todavía más significativo, estos pobres resultados son de un gobierno que ha presidido durante ocho años ininterrumpidos con un crecimiento económico y una prosperidad patente que deberían haberle dado una victoria aplastante. Por comparar, Thatcher ganó su tercer mandato con una mayoría parlamentaria de 101 y un porcentaje de voto del 43 por ciento. Sin embargo, lo que hace esta situación peligrosa para Blair, y no meramente embarazosa, es que se le culpa personalmente de las pérdidas laboristas. Su decisión personal de invadir Irak es claramente el motivo de las deserciones laboristas al Partido Liberal Demócrata, que se opuso a la guerra. Blair sintió el peligro con mucha anticipación y pretendió dejar de lado la cuestión. Pero el golpe de gracia para el primer ministro fue que una de las cuestiones insignia del blairismo- -las tarifas universitarias- -les valió diversas victorias a los liberal- demócratas en circunscripciones con elevadas cifras de estudiantes universitarios. Los parlamentarios del viejo laborismo ya detestaban a Blair por lo que ellos interpretan como un secuestro de su partido en los asuntos sociales. Ésta era una prueba de que dicha piratería era impopular y Blair es una carga electoral más que una baza. Y debido a que los incondicionales del Nuevo Laborismo tenían una representación excesiva entre los parlamentarios derrotados, Blair regresa a Westminster para enfrentarse a un partido al que le gustaría verle sustituido por el ministro de Economía Gordon Brown. Lo que se avecina es una larga, sangrienta y encubierta lucha interna. Blair obtuvo una mayoría demasiado amplia para ser depuesto de la noche a la maña- na. Ansiará desesperadamente quedarse en Downing Street durante al menos tres o cuatro años. Si le expulsan en breve, pasará a la historia como un político brillante que cosechó- -y malgastó- -tres victorias electorales consecutivas. Y está decidido a dejar un legado más sustancial, incluyendo, a ser posible, la ratificación de la Constitución Europea por parte de Gran Bretaña. Brown tiene motivos igualmente apremiantes para aparcar al primer ministro con rapidez. Su billete para el número 10 de Downing Street es el éxito económico. Pero aunque Brown ha presidido una economía floreciente, también se ha ido debilitando lentamente al abrumar a las empresas con una enorme carga legislativa, transferir recursos del sector público al privado, aumentar los costes de las pensiones e imponer una serie de impuestos invisibles Según la Cámara de Comercio Británica, la carga reguladora entre 1998 y 2005 ascendió a unos 68.000 millones de euros. Así que la conspiración contra Julio César comenzará ahora a desenmarañarse. Mientras el Partido Laborista se sume en convulsiones internas, los conservadores y los liberal- demócratas estudian los resultados con un embeleso atenuado. Ninguno de los dos partidos ha aumentado significativamente su voto popular, pero ambos han cosechado mejoras parlamentarias. Cuando indaguen por qué, descubrirán una nueva tendencia. El diseño convencional de la política británica tripartidista- -los conservadores a la derecha, los laboristas a la izquierda, y los liberal- demócratas en el centro- -ha empezado a cambiar esta semana. Los liberal- demócratas han estado haciendo ruidos progresistas durante muchos años al tiempo que recogían grandes cantidades de votos de protesta conservadores. Finalmente descubrieron, por ejemplo, que los liberal- demócratas apoyan unos impuestos sobre la renta más elevados que los laboristas y, por supuesto, que los conservadores. La imagen de los demócratas liberales, antes ambigua, se ha vuelto claramente izquierdista. Descontentos laboristas progresistas de clase media saltaron con comodidad a su campo, y los liberal- demócratas consiguieron escaños que nunca se habían esperado. Pero no consiguieron los escaños conservadores que habían incluido en su lista de posibles. De hecho, los conservadores recuperaron votos y escaños suyos en Londres y el sur de Inglaterra. Todo esto son mejores noticias para los conservadores que para los liberal- demócratas. Durante los próximos años, es probable que suban los impuestos, que Europa se convierta en una cuestión más destacada y que Irak se desvanezca de la conciencia pública. Los tres acontecimientos ayudarán a los conservadores euroescépticos, proimpuestos bajos y proguerra, y transformarán las posturas políticas de los liberal- demócratas en cuestiones impopulares o irrelevantes. El Partido Laborista, bajo el mandato de Brown, recuperará a algunos de sus votantes de clase media, arrebatándoselos a los liberal- demócratas. Mientras tanto, los conservadores divulgarán continuamente la nueva identidad de los demócratas liberales como un partido de izquierdas a sus viejos seguidores de talante conservador. Es probable que los liberal- demócratas y su nueva imagen se vean desplazados durante el próximo ciclo electoral. De cara al futuro, los conservadores están mejor situados que los laboristas o los liberal- demócratas para beneficiarse de cuestiones nacionales que probablemente dominarán la política durante los próximos años. Su amplia identidad filosófica como el partido del gobierno reducido y los impuestos más bajos resultará atractiva cuando aumente el gasto, se incrementen los impuestos y no se mejoren demasiado los servicios públicos. En cualquier caso, es probable que radicalicen su mensaje económico en el futuro, ya que la timidez de sus propuestas presupuestarias esta vez fue muy criticada tanto por analistas independientes como por los fieles al partido. Y ellos, al igual que los liberal- demócratas, se benefician del hecho de que esta semana se haya roto por fin el hechizo de Blair y el Nuevo Laborismo en la política británica. Ya no parecen invulnerables. En política exterior, es probable que la cuestión de Europa contra Estados Unidos retumbe peligrosamente. Por primera vez desde 1945, el antiamericanismo es una fuerza popular seria en la política británica. Blair lo ha provocado con su audaz pero políticamente inepta defensa de la guerra de Irak. Los liberal- demócratas han ayudado con su firme postura antibelicista y norteamericana. Y los laboristas, gobernados por un Blair debilitado, probablemente se verán arrastrados en la dirección antiamericana. Es probable que sólo los conservadores mantengan una firme postura a favor de Estados Unidos y la OTAN. Sin embargo, se librará la batalla, no directamente por EE. UU, sino en torno a la Constitución Europea. Sean cuales sean sus otros méritos, las fuerzas antinorteamericanas lo interpretarán como una forma de alejarse más de EE. UU. en política exterior. Una campaña de referéndum probablemente se haría eco del antiamericanismo de la campaña de Chirac en Francia, incluso en contra de los deseos de Blair. Desde luego sería un triste último hurra.