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58 MIÉRCOLES 4 5 2005 ABC FIRMAS EN ABC CARLOS MURCIANO ESCRITOR LO QUE PUEDE LA MÚSICA Ella no conoce a quien toca, ni lo ve desde el lugar en que acostumbra a acomodarse. Pero la música la transporta, la hace soñar, ascender a un lugar más alto, más digno, distinto de aquel en que discurre su vivir... EMANAS atrás, un Jurado del que formé parte, y que presidía Santiago Castelo, discernía el Premio Ciudad de Peñíscola de relatos breves en favor del escritor peruano, residente en Palma de Mallorca, Carlos Meneses. Era la duodécima vez que ese premio se otorgaba- -calculo que unos quince mil originales, procedentes de más de treinta países, han optado al mismo a lo largo de estos años- y el acto de entrega tenía lugar en el salón de honor del castillo del Papa Benedicto XIII, cuyos muros seculares tanta historia y tanta leyenda encierran. El cuento ganador llevaba por título Lo que puede un pianista Carlos Meneses (Lima, 1930) es escritor experto, autor de seis novelas y un libro de relatos, reconocido autor teatral- -siete obras estrenadas- periodista en ejercicio y muchas veces premiado. El cuento que hizo diana en la bella ciudad levantina está narrado por una mujer de baja condición: la amante de un rufián apodado el Tuer- S to quien de vez en cuando la lleva al tugurio donde se reúne con los suyos, y en el que un pianista desgrana cada noche música muy diversa: desde Chopin a los más populares boleros. Ella no conoce a quien toca, ni lo ve desde el lugar en que acostumbra a acomodarse. Pero la música la transporta, la hace soñar, ascender a un lugar más alto, más digno, distinto a aquel en que discurre su vivir. Cierto día, constata que el pianista es un viejo flaco y arrugado que se ha enamorado de ella, que la acosa y la requiebra y la requiere a espaldas del rufián, y al cual acaba entregándose, aun a sabiendas de que les va la vida en ello, si el amo les descubre. ¿Lo que puede un pianista o lo que puede la música? Tomás de Iriarte, en su poema La Música (del que la Imprenta artesanal del Ayuntamiento madrileño hizo el pasado año una muy bella edición) se preguntaba: ¿Quién mejor que ella infunde en nuestros pechos Espíritu marcial, noble osadía, Y pun- donor que incita a grandes hechos? En el caso de los personajes de Meneses, no sé si los sones de ese piano les confieren marcialidad, nobleza o pundonor, pero osadía, sin duda. Si me decido a abordar de nuevo el tema de la música como protagonista de la narración- -novela, cuento- es porque cuando me desplacé a Peñíscola con el motivo antes mencionado, estaba leyendo la novela Al piano de Jean Echenoz, vertida a nuestra lengua, para Anagrama, por Javier Albiñana. Echenoz (Orange, 1948) Premio Goncourt con Me voy estimadísimo en su Francia natal y familiar a los lectores españoles, pues Anagrama ha publicado ocho de sus novelas, afronta aquí, con mucho riesgo, la peripecia de un famoso pianista, Max Delmarc, MARÍA ASUNCIÓN ANSORENA DIRECTORA GENERAL CASA DE AMÉRICA AUGUSTO EN OA Bastos ha iniciado un viaje perturbador para todos los tiranosaurios que dormitaban en los infiernos. Hasta allí no está previsto que descienda nuestro Premio Cervantes, pero desde la Arcadia Guaraní sin duda continuará azotando la inagotable lista de Doctores Francia que durante siglos enmudecieron y sometieron a tantos americanos buenos que no supieron, hasta fechas recientes, sacudirse esa injusta saga de gobernantes soberbios que retrataran en sus inicios Valle Inclán y Miguel Ángel Asturias, en una tradición literaria que tuvo su última expresión en Roa, y más tarde en el Chivo vargasllosiano. Augusto Roa Bastos vivió y se dolió en Paraguay. De naturaleza tímida, no era tan amante como parecía de iniciar viajes y exilios; prefería su Arcadia Guaraní. Durante años tuve el privilegio de su amistad y deferencia, que en definitiva, iba dirigida a España, país que visitó en bastantes ocasiones, una de ARCADIA R ellas con ocasión de participar en la gran fiesta del Arte de las Misiones Jesuíticas de Paraguay, organizada por la Embajada de España en Asunción, y la Secretaría de Estado de Cooperación Internacional y para Iberoamérica del Ministerio de Asuntos Exteriores, en los meses de enero y febrero de 1995 en Casa de América. Era la primera vez que un número importante de piezas jesuíticas, salidas de los talleres de indígenas guaraníes, salía del Paraguay autárquico del doctor Francia, y se exhibía en Europa. Roa Bastos pronunció una conferencia magistral y prologó el catálogo de la exposición refiriéndose al reino de Dios sobre la tierra el Camino hacia la Arcadia como rezaba la leyenda de esta iniciativa. Roa recordaba que los padres jesuitas también necesitaron el aislamiento- el secreto estratégico -para sobrevivir, y que la Arcadia guaraní no fue siempre una isla paradisíaca ni la ciudad resplandeciente... fue algo más complejo que sufrió los infortunios y contaminaciones que la realidad inflige a los designios civilizadores que intentan cumplirse a contracorriente de un poder hegemónico En la obra de Roa está siempre Paraguay, su mediterraneidad, la juventud sacrificada, la terrorífica mirada de sus tiranosaurios, la selva guaraní, y la pureza de sus habitantes. Utilizaba también con soltura esa maravillosa lengua sonora y descriptiva, que hace un uso particular de gargantas y bocas para conseguir esos efectos musicales que solo los misteriosos chogüis de la región pueden imitar. Augusto Roa Bastos pasó sus últimos años en Asunción, pero no fueron desde luego los mejores; cierto que su desgaste físico no ayudaba, pero él quería que lo mimaran y ronroneaba gatunamente cuando lo conseguía. Ticio Escobar, un buen amigo de Roa y reciente Premio Bartolomé de las Casas, siempre me lo recordaba: Le gusta hacerse el viejito incluso cuando aún no lo era. Bajo esa quebradiza naturaleza, sobrevivió siempre la dura raza paraguaya, pasada por Chacos y tiranos, pero que al final se reencuentra en la Arcadia prometida para recordarnos su triunfo sobre los infiernos. Adiós, querido amigo. tímido y sobre todo inseguro, al que el escenario de concierto atemoriza, y que recurre al alcohol para superarlo, lo que obliga a sus representantes a vigilarle de cerca, en las horas previas a sus actuaciones. La primera de ellas se centra en el Concierto n 2 en fa menor de Chopin. Luego, en otras intervenciones, vendrán Fauré, Chausson, Schumann... Pero Echenoz- -he dicho antes con mucho riesgo -acaba con su protagonista cuando apenas ha rebasado las primeras setenta páginas de su novela. Lo que el lector espera de ese personaje y de lo que el título- Al piano -parece anunciar, se difumina, y el relato adquiere características propias de la fantaciencia, pues que el autor lleva al pianista, asesinado por unos ladronzuelos, a un centro donde se le recupera y se le programa para seguir ¿existiendo? bajo la prohibición de que ejerza su profesión anterior, cualquiera que esta sea. Ese centro, especie de Purgatorio, ofrece sólo dos opciones: el parque, un inmenso espacio natural, abundoso en flora y fauna, hermoso y sosegado ¿el Cielo? y la sección urbana ¿el Infierno? Delmarc es destinado a esta última, y tras pasar por la ciudad peruana de Iquitos- -igual podía haber sido Tegucigalpa o Chichicastenango- regresa a París. No cabe duda de que los inesperados vaivenes, y aun caprichos, de Echenoz desconciertan al lector, que una y otra vez se pregunta adónde quiere llevarle el novelista. Comentándolo, Patrick Kéchichian escribe que Echenoz construye su novela con la ayuda de elementos narrativos inconexos y tiene razón. Pero, vivo o muerto, Max Delmarc sigue conservando esa indecisión, esa inseguridad que le condiciona. Lo que puede la música, para él, es que una vecina a la que admira a distancia le reconozca, tras una aparición suya en televisión, y le sonría, diciendo: Ah, no sabía que tuviéramos un gran músico en el barrio Cuando ella se aleja, Delmarc reflexiona: Dirán lo que quieran, pero la música tiene sus cosas buenas (Sumisa conformidad, parca recompensa si se compara con la del viejo pianista de Meneses) Viene a mi mente aquel otro pianista, León de Vega, de la novela Preludio de Ruiz Mantilla- -del que en su día escribí aquí- agresivo, malhablado, chulesco, pero también con Chopin como bandera. Al piano es una obra propicia a la polémica. Marie- Laure Delormes la califica de magistral pero Luis de Sousa casi se atreve a llamarla frustrante Y es que si uno quiere extraer de ella lo que sus exégetas aplauden, tiene que pasar por alto incongruencias, absurdidades, arbitrariedades, inverosimilitudes... y cifrar precisamente en todo ello las claves de su mérito y, por ende, de su éxito. Al cabo, y aludo al título que encabeza estas líneas, cabría escribir: Lo que puede un novelista Esto es, hacer con sus personajes y su argumento lo que le viene en gana. Algo en lo que todo cuentista ha de procurar no incurrir, si quiere que lo que tan ceñidamente narra no se le vaya de las manos.