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ABC LUNES 2 5 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS GAY, ESE ANGLICANISMO ON Daniel Pereda de Pablo me reprocha en ABC y sus lectores el uso de la palabra maricón y lo hace con tal mesura y respeto que me obliga a intentar darle una explicación que le satisfaga. Ojalá lo alcance. Dice que es término ofensivo y que así lo señala la propia Academia. Yo creo que la ofensano está en la palabra, sino en la desconsideración y el desprecio que se quiera dar al concepto que la palabra designa. Se le llamara como se le llamara, al hombre atraído por otros hombres, al homosexual, se le ha considerado hastahoy como ser desdeñable e indigno, y condición merecedora de ofensa e insulto. Y esa convicción ha quedado unida al nombre, sea el que sea. Da igual usar JAIME maricón, homosexual, maCAMPMANY rica, mariquita, afeminado o monflorita, que se dice en mi tierra y es degeneración prosódica de hermafrodita, sujeto que posee en sí los dos sexos. Si es la condición que el nombre denota lo que repugna y se desprecia, será igual el nombre que se use. Federico García Lorca, grandísimo poeta, español desgraciado que murió de la otra media España y homosexual reconocido, recoge muchas definiciones del monflorita según se usen en uno u otro lugar o región. Pueden encontrarlas ustedes en la bellísima Oda a Walt Witman aquel viejo hermoso Walt Witman que los maricas señalaban con el dedo Por ejemplo, Pájaros de La Habana, hoy diríamos Chaperos Jotos de Méjico, Sarasas de Cádiz, Apios de Sevilla, Cancos de Madrid, Floras de Alicante o Adelaidas de Portugal. Si se quiere ofender al hombre afeminado o al sodomita, todos esos nombres resultarán ofensivos. García Lorca consideraba sucios a los hombres designados con esos nombres, asesinos de palomas, y los distingue del niño que escribe nombre de niña en su almohada y del muchacho que se viste de novia en la oscuridad del ropero Pero al fin, a todos convienen los mismos nombres. Si inventáramos nombres nuevos, pronto se confundirían con los primeros. Vamos, que lo que ofende no es elnombre, sino elretintín. Cuando yo escribo matrimonio entre maricones no tengo ninguna voluntad de ofender, sino de definir. El gay ese anglicanismo que diría la ministra de Cultura, o el homosexual se admiten hoy como menos peyorativos. ¿Por qué? Porque no vienen con la carga de desdén que antes descansaba sobre el hombre atraído por otros hombres. Pero los nombres significan lo mismo. Mi bisabuela les llamaba suripantas a las putas, y no por eso eran menos putas. En algunos casos se podrían buscar diferencias. Cela decía que no es lo mismo afirmar que una señora es ramera, que decir que la niña del quinto ha salido un poco puta. Es lo que hace Lorca con los niños mariquitas. Claro está que decir de un maricón que es bardaja ya es una manera molesta de señalar. Pero si se acepta el concepto de homosexual con naturalidad, el nombre que sele dé será lo de menos. El asistente ecológico que dicen los italianos siempre será un barrendero, oficio muy digno por cierto. Bueno, eso, que nombrar no es ofender. D CONTRA LA SECESIÓN VASCA N su ensayo Contra la secesión vasca (Planeta) acechado por los nubarrones de la inquietud, José Antonio Zarzalejos deja muy pocos resquicios al humor. Uno de esos pocos resquicios lo constituye el relato del instante fundacional del nacionalismo vasco, en el que Sabino Arana, mecido por los vapores de un banquete copioso, improvisa un discurso mesiánico en el que propone poner en marcha un movimiento político que reclame la independencia de Vizcaya, para estupefacción de los comensales allí congregados. Otro pasaje involuntariamente cómico lo logra Zarzalejos reproduciendo la nota evacuada por el PNV, tras las manifestaciones que siguieron al asesinato de Fernando Buesa y de su escolta. En dicha nota, auténtico documento clínico en el que queda retratado el espíritu de una ideología instalada en un estado de permanente queja, se suceden los solecismos, anaJUAN MANUEL colutos y demás estropicios sintáctiDE PRADA cos: Existe la impresión- -leemos- -de que hay intencionalidades ubicables en un ministerio de Madrid de que quieren que se vuelva a la época en que los guerrilleros de Cristo Rey campaban a sus anchas El mejunje de paranoia y dequeísmos estimula la carcajada; pero enseguida la hilaridad se muda en escalofrío, cuando advertimos que ese pensamiento que no acierta a expresarse sino a través de una sintaxis indecorosa ha conseguido sumergir a la sociedad española en una perenne crisis de identidad. Quizá las páginas más memorables de este ensayo- -que pasa lúcida revista a las deslealtades sucesivas del nacionalismo vasco, así como a su fructífero contubernio con los dispensadores de plomo- -sean aquéllas en las que Zarzalejos traza el diagnóstico de la situación actual. Aunque escrito antes de las últimas elecciones vascas- -que no han hecho sino subra- E yar la debilidad de un Gobierno que, como el Bartleby de Melville, prefiere no hacer nada ante la evidencia de un partido que concurre a las mismas en flagrante fraude de ley- Zarzalejos acierta a poner el dedo en la llaga cuando denuncia el torbellino de revisionismo y de revancha instaurado tras los atentados del 11 de marzo. Un torbellino que halla su expresión más pavorosa en la declinante vigencia de la Constitución de 1978, sometida a la condición suspensiva de una reforma cuyo verdadero alcance nadie conoce, ni siquiera quienes la promueven (mucho menos ellos, convendría especificar) y que, entretanto, a medida que se suceden las omisiones gubernamentales, no hace sino envalentonar a los nacionalistas vascos y catalanes y elevar el tono de sus reivindicaciones. En un contexto en el que el presidente del Consejo de Estado puede afirmar sin rebozo que la unidad nacional de España es en cierta medida una disposición transitoria en el que el Gobierno- -con tal de asegurarse su apoyo parlamentario- -cede a las solicitudes más estrambóticas de los extremistas catalanes (los mismos que pactaron una tregua en su territorio con ETA) en el que las revisiones estatutarias se han erigido en cuestión primordial, en el que los constitucionalistas vascos se han visto obligados a regresar a las catacumbas, el nacionalismo se siente más cómodo y fuerte, más dispuesto a lanzar sus órdagos, aprovechando el desconcierto reinante. Naturalmente, dichos órdagos nunca aceptarán las soluciones de tránsito que propone nuestro Bartleby Zapatero: como escribe Zarzalejos, el nacionalismo vasco jamás se dará por satisfecho, porque la insatisfacción es un elemento definidor, ideológico de su doctrina, de tal forma que pretender complacerle es un esfuerzo por completo estéril A esto se reduce, a la postre, la tragedia que vivimos: intentamos lacayunamente complacer a quienes nunca serán complacidos.