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66 Espectáculos DOMINGO 1 5 2005 ABC TEATRO El castigo sin venganza Autor: Lope de Vega. Versión y dir. E. Vasco. Esc. J. Hernández. Vest. R. García Andújar. Int. A. Querejeta, C. Sanchis, M. Álvarez, F. Merino, N. Mencía, D. Alvadalejo y M. Álvarez, entre otros. T. Pavón. Madrid. AMOR CULPABLE JUAN IGNACIO GARCÍA GARZÓN Una escena de la obra JULIÁN DE DOMINGO ope de Vega tenía sesenta y nueve años cuando en 1631, cuatro antes de morir, escribió una de sus mejores y más emocionantes trage- L dias. El castigo sin venganza es, efectivamente, un prodigio de composición y lenguaje, con sabio perfilado psicológico de caracteres y acción concentrada, que contiene memorables versos de amor, como el estremecedor y turbulento caudal de quintillas con que concluye el segundo acto En fin, señora, me veo sin mí, sin vos y sin Dios: sin Dios, por lo que os deseo; sin mí, porque estoy sin vos; sin vos, porque no os poseo por cierto, el director y autor de la versión cierra el acto con una quintilla que no figura al menos en la edición que yo he consultado) Da la impresión de que entre los motivos que animaron a Lope a escribir la obra no fuera el menor demostrar que, en el ocaso de su edad y en momentos amargos de su vida, podía cruzar aún con brío el acero de sus versos con el de los de un joven Calderón que le hacía ya sombra. El Fénix de los Ingenios tomó prestado el argumento del fecundo huerto de Mateo Bandello, cuyas Novelle fueron un frecuentado vivero de temas de cierta truculencia, con mezcla de pasiones desaforadas y hechos sangrientos. El cuento del italiano, publicado en 1554 en la Prima Parte delle Novelle, se basaba al parecer en un hecho real ocurrido en Ferrara en 1425: una trágica relación incestuosa entre un joven y su madrastra. A comienzos del segundo tercio del siglo XVII, tal nudo argumental podía en España animar a establecer paralelismos con la oscura leyenda del príncipe don Carlos, lo que quizás explique que El castigo sin venganza se hiciera en la corte sólo un día por causas, dice el autor en su prólogo, que al señor lector le importan poco Lope urde un complejo final pródigo en equilibrios conceptuales, coartadas morales y fingimientos sociales, de tal modo que el duque de Ferrara lleva a la muerte a su esposa Casandra y luego a su propio hijo Federico sin mancharse las manos de sangre y, tal vez lo más importante para él, sin hacer pública la afrenta al honor que le han infligido los dos jóvenes amantes ciegamente entregados a una pasión culpable y devoradora. Eduardo Vasco ha trasladado la acción a la Italia mussoliniana, lo que significa poco más que una adecuación del aliño indumentario a los años 30 del pasado siglo, con profusión de camisas negras; una propuesta que ni estorba ni se justifica en la ágil y esencial versión que ha realizado al servicio de un montaje sobrio y muy atento al núcleo central del conflicto dramático, presentado con un punto de lenta solemnidad; la figura de una actriz que declama ante el duque de Ferrara unos versos premonitorios es utilizada por el director como ominoso heraldo del destino que aparece en diversas escenas portando la espada que al final habrá de teñirse con la sangre de los enamorados. En esa línea de dirección se sitúan la austera escenografía de José Hernández y la cruda y fría luz que Miguel Ángel Camacho derrama sobre los personajes, hasta llegar a un final en el que esa luz va adensándose en sombras. Marcial Suárez y Clara Sanchis componen una arrebatada pareja que brilla en las escenas de vehemencia amorosa, y Arturo Querejeta encarna a un tirano casi impasible, al que humaniza con muy interesantes matices a la hora en que debe afrontar y propiciar la muerte del hijo que le ha traicionado. Francisco Merino, Nuria Mencía y María Álvarez contribuyen con su eficacia y oportunidad, como el resto del reparto, al buen acabado de un montaje serio y sombrío sobre un gran texto. La obra es un prodigio de composición y lenguaje, con sabio perfilado psicológico de caracteres y acción concentrada