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ABC DOMINGO 1 5 2005 Cultura 63 Dora después de Kafka Franz y Dora crearon un paraíso que se esfumó tras la muerte del escritor. Para buscar sus huellas, Diamant viajó a Praga por vez primera. La amante de K aseguró que vivir su muerte fue como vivir la suya propia. Desde entonces siempre vistió de negro, incluso tras su boda con Lutz Lask, con quien tuvo una hija, Marianne. Trabajó como actriz de teatro y tuvo buenas críticas, pero, junto con su hija sufrió serias penalidades huyendo de los nazis. Logró entrar en Inglaterra, pero la confinaron con otras exiliadas en la isla de Man. Perteneció a una célula comunista en Berlín. Viajó a Rusia tras la llegada al poder de los nazis, pero nunca quiso hablar de su estancia allí. Fue profesora de teatro y actriz. No le entregó a Max Brod, íntimo de Kafka y estudioso de su obra, los textos del escritor que poseía. Fueron quemados por la Gestapo. Su tumba en Inglaterra no tuvo lápida hasta 47 años después de su muerte, acaecida en 1952. buen día, Dora vió en la playa a un hombre cuyo aspecto la impresionó y pensó que debía ser un medio piel roja de Estados Unidos No le fue ajeno que estaba acompañado por una mujer y dos niños, que luego resultaron ser su hermana y sus sobrinos, pero el hombre la conmovió de tal modo que decidió seguir al grupo. Tenía claro que deseaba volver a verlo. En el atardecer de una jornada que sería decisiva para ambos, Dora observó una sombra ante la ventana de la cocina. Levantó los ojos y contempló al hombre de la playa, que era el invitado de honor de aquella noche. Ella estaba limpiando pescado y él, con voz dulce, dijo: ¡Qué manos tan tiernas y qué trabajo tan cruento tienen que hacer! En las horas siguientes, ella supo que se trataba del doctor Kafka y que no estaba casado. Datos que la hicieron sentirse sobrecogida por la dicha Franz no se había apartado nunca de la autoridad paterna y, con excepciòn del viaje a Müritz para reponerse de una neumonía que, unida a la tuberculosis, lo tuvo un año en cama, nunca había salido de Praga. Franz había dicho que sólo era algo cuando estaba en contacto con el mundo exterior. De hecho, a lo largo de la enfermedad que lo martirizaba con apenas leves treguas luchó incansablemente por vencerla, algo que Dora siempre pensó que sucedería. De su carácter hablan bien algunas situaciones que Dora siempre guardó en su corazón. Contaba que en un parque, un niño de unos cinco años se cayó y se sintió avergonzado. Franz le dijo con tono de admiración: ¡Con qué agilidad te caíste y qué bien te pusiste de pie! En otra ocasión, una niña desconocida lloraba la pérdida de su muñeca y Kafka le escribió una carta deliciosa creando una ficción que Agonía y muerte de K hizo que la pequeña olvidara su juguete. El objetivo de K se llamaba supervivencia. Pero su lucha habría de resultar estéril. De hospital en hospital, Franz empeoraba sin remedio. En muchos de ellos, Dora cocinaba para él. Cuando la tuberculosis le afectó la laringe, y el agudo dolor le impedía hablar y tragar alimentos, le escribió una nota a Dora: Pon tu mano en mi frente para darme coraje R. Klopstock dejó sus estudios de medicina y se instaló en el piso superior de la habitación que ocupaba Franz en el sanatorio. Dora rezaba junto al enfermo y ante una oración se mostró tan devoto que diría después: ¡Cuánto se perdió al no haber aprendido a rezar! El escritor quería estar al aire libre el mayor tiempo posible, algo que hizo por última vez el 20 de abril de 1924. Después no volvió a salir de su habitación. Aunque resulte increíble, corregía galeradas. El 2 de junio de 1924 mejoró, pero se trataba de eso que llaman la mejoría de la muerte Al día siguiente falleció. Viendo que el final llegaba, Robert, cumpliendo un supuesto acuerdo con el moribundo, envió a Dora a Correos. Kafka, en su ausencia, suplicó que no se le torturara más. ¿Por qué prolongar la agonía? preguntó. Robert le administró dos inyecciones que no hicieron efecto en el enfermo, quien siguió rogándole: No me engañes, me estás dando un antídoto Robert le administró otra inyección, tras lo cual K le pidió que no lo abandonara. No te abandono le contestó. La respuesta fue: Pero yo sí te abandono Kafka, alucinando, confundió al amigo con su hermana Elli, a la que le pidió que se apartara. En su mente había estado siempre el miedo a contagiar a otros. Dora entró en la habitación alegre, con flores que acababa de comprar y las acercó al rostro de su amado. Contó una enfermera que Franz levantó la cabeza y Dora lo sostuvo los últimos segundos. El funeral fue en Praga. Cuando Dora leyó La madriguera vislumbró la zona de sombra de lo que denominó la profundidad insondable de la vida interior de Kafka a costar seis millones de marcos, algo que superaban con la que los padres de Kafka enviaban desde Praga- fueron dichosos. Cuando a Kafka se le tachó de nihilista, de progenitor del existencialismo, Dora sentenció: ¡Es imposible pensar que alguien que vivía con tanta intensidad, que ponía tanta vehemencia en la vida cotidiana, odiara la vida. Era un gozo el simple hecho de comprar cerezas! Cuando quisieron casarse, el padre de Dora no dio su beneplácito, claro que a ella le daba igual el matrimonio, y siempre se sintió la esposa de Kafka Quizá dos seres que no se sintieron comprendidos por sus progenitores encontraron, al unirse, la paz de espíritu que necesitaban. Para la mujer enamorada, el hombre y el escritor se fundían en armonía Leían y conversaban mucho. Él sólo necesitaba soledad a la hora de escribir y destruía mucho de lo que creaba. Cuando Dora leyó La madriguera vislumbró la zona de sombra de lo que denominó la profundidad insondable de la vida interior de Kafka y supo que para él escribir era el impulso central de su vida En su opinión, su empatía con la gente desgraciada le permitía la comunión con la gente infeliz en momentos de infelicidad. Y no dudaba en comparar el dolor de Franz por los demás con el Gólgota. Los esfuerzos que Dora hizo para alimentar a Franz adecuadamente merecerían figurar en un libro dedicado a los milagros humanos. Otro fue que Kafka se sintiera, con ella y lejos de Praga, por fin libre. El abandono del hogar paterno Los dos tenían el sueño, nunca realizado, de ir a Palestina, donde se ganarían la vida abriendo un restaurante en el que Kafka sería camarero y Dora, cocinera. Fueron muchas las cosas que Kafka admiró y amó en Dora. Pensaba, por ejemplo, que una vida tan auténtica conducía a la liberación espiritual. Pero no se atrevía a pensar en lo que su padre diría de la muchacha. El escritor le había aconsejado a su gran amigo Robert Klopstock que Berlín es la medicina contra Praga Cuando él mismo se marchó con Dora a Berlín- -era la primera vez que el escritor convivía con una mujer, algo que no ocurrió con Felice y Milena- mintió al decir que sería por unos días La pareja se consolidó de tal modo que, a pesar de las repetidas idas y venidas a hospitales, de las penalidades económicas- -medio kilo de mantequilla llegó Franz Kafka y Dora fueron dichosos, a pesar de las penalidades que padecieron