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ABC DOMINGO 1 5 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC MAYO DEL 32, CATALUÑA POR JOSÉ ANTONIO ZARZALEJOS PERIODISTA Las posturas que, a veces con sutileza y otras de forma abierta, han adoptado Felipe González y Alfonso Guerra, con ocasión de la efervescencia territorial, es posible que estén inspiradas en los prohombres de la II República M ENOS fumar y más leer aconsejó Rodríguez Zapatero el mismo día que el Rey entregó a Sánchez Ferlosio el Premio Cervantes en Alcalá de Henares. Es el ZP de siempre: apremia a no fumar al mismo tiempo que apaga un cigarrillo y urge a la lectura con la insolencia de proclamar la consistente visión de España escrita por un agitador de demagogias insufribles. Más le valiera a nuestro presidente- -y necesitado está de ello- -acudir a lecturas más provechosas sobre los asuntos que la historia regurgita y que están encima de la mesa nacional como lo estuvieron hace ya muchos años. Hombres de su pretendida estirpe ideológica los abordaron con mayor o menor acierto, pero, en todo caso, con más hechuras que las que él muestra ahora, aherrojadas en frases de marketing pensadas para titulares de cuerpo alto. No se puede apelar sin descaro a la abstemia de nicotina después de ingerir una dosis ni animar a la lectura cuando se entretiene uno con Suso de Toro. en otras naciones, es un problema que no se puede resolver, que sólo se puede conllevar, y al decir esto, conste que significo con ello, no sólo que los demás españoles tenemos que conllevarnos con los catalanes, sino que los catalanes también tienen que conllevarse con los demás españoles Azaña le responde con un según; si establecemos bien los límites de nuestro afán, si precisamos bien los puntos de vista que tomamos para clarificar el problema, es posible que no estemos tan distantes como parece Y más adelante le tilda al filósofo de excesivo en su tesis, que es un poco exagerada Siendo la cuestión territorial aquella que hace y deshace la fortaleza del Estado que él- -el presidente, por supuesto- -tiene el compromiso de mantener enhiesto y cohesionado, está indicado que, aunque sólo sea por querencia de ancestros, se acerque a los republicanos que hace ahora setenta y tres años- -en mayo de 1932- -protagonizaron uno de los debates más hondos y enriquecedores de aquel tiempo a propósito del primer Estatuto de Autonomía para Cataluña. Circulo de Lectores se lo ha puesto fácil a ZP con la edición oportuna de Dos visiones de España opúsculo en el que se recogen los discursos parlamentarios de José Ortega y Gasset y Manuel Azaña sobre la autonomía catalana. Al leerlos con detenimiento- -he llegado a hacerlo con auténtica unción intelectual- -se produce un embargo emocional frustrante porque se añoran no sólo los conocimientos y la oratoria de aquellos personajes, sino, en particular, su profundísimo sentido nacional y estadista. Bien que enfrentados en las formulaciones y en los énfasis, los dos llegaron a la coincidencia sustancial de que, ante el hecho diferencial catalán en aquel primer compás de la II República, ambos sabían y querían la soberanía en la Nación y la ciudadanía como vinculación de todos los españoles al Estado y no a otra estructura jurídico- política diferente. La izquierda siempre ha tenido una percepción menos dramática de España que la auténtica derecha liberal, pero los acontecimientos le han venido dando la razón a ésta para retirársela a aquella. Cuando Ortega afirma que sostengo que el problema catalán, como todos los parejos a él, que han existido y existen El tiempo ha demostrado que no lo fue porque, a más de lo que sucedió en 1934 en la Plaza de San Jaime, frente al Palacio de la Generalidad, ahora estamos en las mismas, debatiendo- -con menos altura que entonces- -la proclamación nacional o no de Cataluña y su financiación. En 1932, Ortega y Azaña, discrepantes en los enfoques, en las percepciones históricas y en las interpretaciones culturales del devenir nacional, convergieron sin embargo en su oposición- -ciertamente insalvable- -a determinadas peticiones estatutistas catalanas: el poder catalán y la ciudadanía catalana No es hoy muy distinto a lo que se planteó en el debate del año 32 del siglo pasado, y, muy posiblemente, las posturas que, a veces con sutileza y otras de forma abierta, han adoptado Felipe González y Alfonso Guerra con ocasión de la efervescencia de la cuestión territorial, estén inspiradas en los prohombres de la II República. Cuando el ex presidente socialista del Gobierno apela a la ciudadanía, lo hace en unos términos intercambiables con los de Or- tega y Azaña. Dice González: La ciudadanía como fundamento de la convivencia garantiza la igualdad entre todos, el respeto a la pluralidad de las ideas, e incluye el reconocimiento del sentimiento de pertenencia que no es unívoco y por eso no es codificable como los elementos de la ciudadanía Al que fuera vicepresidente del Ejecutivo del PSOE le parecen inconstitucionales los pronunciamientos que, en proyecto, vienen de Cataluña y del País Vasco, y hay quien le tilda de jacobino como si tal condición fuera deshonrosa, cuando en la izquierda fue siempre credencial de ortodoxia igualitaria. El Partido Socialista tiene mucha historia a sus espaldas- -más de cien años lo contemplan- -y es una organización nacional que se ha metamorfoseado últimamente en algo distinto e ininteligible por necesidades coyunturales, pero alberga una conciencia colectiva en la que emergen valores que no pueden insertarse en determinados planteamientos territoriales. En 1981, el Grupo Socialista en el Congreso de los Diputados se abstuvo cuando se sometió a votación la Ley reguladora del Concierto Económico vasco. Mal puede un Ejecutivo socialista asumir propuestas financieras como la catalana o planteamientos como los del PNV que, de prosperar, provocarían la implosión del Estado. Buena parte del arsenal argumental preciso para contrarrestar la dialéctica victimista de los nacionalistas se recoge en esos dos magníficos discursos que apelan, ambos, al Estado en el que van bien las cosas, en el que ilusiona embarcarse y que absorbe la dispersión, en palabras de Ortega, y aquel que apuesta por las autonomías primero para fomento, desarrollo y prosperidad de los recursos morales y materiales de la región y, segundo, por consecuencia de lo anterior, para fomento, prosperidad y auge de toda España en versión de Azaña. La recuperación de la memoria histórica que parece impulsar Rodríguez Zapatero está anclada en un persistente y estéril ejercicio de militancia antifranquista y en un impulso laicista que rebosa beligerancia. Laten en ambas fijaciones una grave sensación vengativa y una severa indigencia ideológica que parecen sobreponerse, incluso, al indispensable esfuerzo de solvencia técnica y solidez ideológica que el momento político requiere. Esfuerzo y solidez que no son difíciles de lograr: basta adentrarse en la historia para aprender de ella; dejar hablar a los que pasaron por estos trances en sus propios contextos históricos y alentar eso que Ortega reclamaba en el debate parlamentario de 1932: un entusiasmo constructivo que sustituya al liquidacionismo banal que nos ofrece la izquierda ahora en el Gobierno.