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92 Los sábados de ABC SÁBADO 30 4 2005 ABC EL VINO DE LOS PAPAS (Viene de la página anterior) En la época del Papa Clemente V, los Estados Papales y la misma Roma eran acechados por varios partidos italianos que atacaban a los pontífices, hasta el punto de que, en 1303, el Papa Benedicto XI tuvo que huir a Perugio, cerca de Asís, donde murió al poco tiempo, siendo elegido nuevo Papa Clemente V. Éste, como era francés, aceptó el ofrecimiento de su rey Felipe el Hermoso para trasladar la sede papal a Avignon, que en aquellos tiempos era un territorio papal adjunto a Francia, lo que con otras decisiones consideradas favorables a la Corona francesa, le ocasionó numerosas enemistades. Pablo III tenía sumiller En pleno Renacimiento, Alejandro Farnesio, nacido en 1468 en Roma en el seno de una influyente familia de la nobleza, se convirtió en el Papa Pablo III. Su curiosa y peculiar vida estuvo rodeada de amor y lujo pues siendo obispo de Parma tuvo tres hijos. Estos amores por los placeres de la vida le llevaron a continuar en la Corte Pontificia lo que había comenzado en su lujosa casa familiar, y fue el primer Papa en llamar a un experto en vino, el historiador y geógrafo Sante Lancerio, que siguió al Pontífice en todos sus viajes para servirle los vinos en los refrigerios y ágapes. Era el encargado del maridaje comida- bebida y Pablo III le dio habitación en su Corte. Allí probó, clasificó y escogió los vinos que le regalaban al Pontífice. Así lo cuenta el profesor de Viticultura de la Universidad Católica de Piacenza (Italia) Mario Fregoni, en un artículo sobre el libro Sentencias del Papa Pablo III y su sumiller Sante Lancerio publicado en 1987 en el boletín de la Oficina Internacional del Vino, un tratado de viticultura de la época. Lancerio- -asegura a ABC el profesor de la Universidad Católica de Viticultura de Piacenza, Mario Fregoni- -es conocido como el bottigliere del Papa Alejandro Farnesio, y, probablemente, fue el primer sumiller de la historia, además del primero en elaborar una carta de cincuenta vinos que aconsejaba al Papa según su estado de ánimo, la hora en que los tomaba, el tipo de comida, el día del año y si era un acto oficial o no. Yo he hecho un artículo sobre este libro, que Lancerio escribió tras la muerte del Pontífice y que dedicó a un sobrino del Papa, el cardenal Guido Ascanio Sforza. En él analiza los vinos de los viajes históricos de Pablo III, los que le regalaban de Europa (España, Francia e Italia, principalmente) y los que él le recomendaba. Habla de que al Papa le gustaban los vinos italianos de Nápoles, como el Aglianico, y al referirse a los caldos españoles, Lancerio no tiene pelos en la lengua. Se quejaba de que llegasen pocos a Roma y los que llegaban no le gustaban. Recojo una frase curiosa acerca de ellos: Muchos de los españoles que beben agua- -decía- -lo hacen para no destrozarse el estómago con el vino. Al tinto le meten mucho yeso, para conseguir un buen color, pero hace daño al estómago; los blancos son raros y llegan en contadas ocasiones. No son vinos de señores Eran otras épocas- -concluye Fregoni- -y Lancerio tendría que haberse dado hoy una vuelta por las bodegas españolas Los mejores viñedos Este primer Papa de Avignon, amante del vino y su cultura, se hizo construir un castillo en Châteauneuf para pasar allí los veranos y los periodos de descanso, en medio de una explotación vitivinícola, porque le encantaba el paisaje que forman los viñedos en la zona, donde hay hasta 13 variedades de uva diferentes, aunque predomina la garnacha. Se trata de un enclave llano, con suelos calcáreos cubiertos por el canto rodado, estupendo en la viticultura, pues sirve de filtro cuando llueve, protege del frío nocturno y guarda el calor imprescindible para la maduración de la uva. A la muerte de Clemente V, Juan XXII estrenó de forma oficial, el castillo- residencia veraniega papal. Ahí empezó la fama de estos vinos, porque Juan XXII, que fue elegido Papa en 1316 cuando contaba 71 años y se pensaba que iba a ser un Pontífice de transición, permaneció en la silla de San Pedro 18 años y disfrutó de sus largas estancias en Châteauneuf. Le siguió Benedicto XII, y a éste, Clemente VI, hijo de una familia noble que amaba el lujo y la grandiosidad. Clemente VII fue el Papa que más tiempo vivió en Châteauneuf. En el nombre del Papa Con el paso de los años, lo que en un principio parecía un traslado temporal a Avignon se convirtió en una larga estancia que protagonizaron los Papas Clemente V, Juan XXII, Benedicto XII, Clemente VI, Clemente VII y Benedicto XIII. Clemente V empezó la construcción del castillo, pero fue Juan XXII quien lo terminó y lo disfrutó por primera vez. Châteauneuf y sus viñedos fueron cobrando cada vez más importancia. Los Papas tuvieron mucho que ver, pues gracias a ellos nació en la zona un comercio de vino muy Pablo III, entre un presunto santo y su seguro sumiller importante, hasta el punto de que cada vez se plantaban más cepas. A partir del año 1500 los vinos de Châteauneuf adquirieron mucha notoriedad, según consta en las numerosas actas que se guardan en Avignon. Llegó el siglo XVII, y las guerras, las epidemias y las enfermedades endémicas, pero los viñedos seguían adelante. En 1793 estos vinos tenían un prestigio enorme gracias al Marqués de Villefranche, que los extendió y comercializó por toda Francia e incluso los vendió por Europa. A la gente de la nobleza le gustaba que fueran los vinos que tomaban los Papas y se los ofrecían en las cenas a sus amigos. Tenían tanta fama, que hasta el poeta Mistrale hablaba de ellos, diciendo que eran vinos con coraje que evocaban el amor y la alegría. Lamartine, Dumas, Daudet y otros escritores célebres se convirtieron en los mejores embajadores de estos vinos. En 1800, Chateauneuf tenía 668 hectáreas de viñedo con una producción media de 11.000 hectolitros en años normales, y gracias a la legendaria estancia de los Papas en la zona, el pueblo consiguió pasar a llamarse oficialmente Châteauneuf du Pape, en 1893, porque así lo pidió la vecindad. La fama de estos vinos era tal que, a partir del siglo XVIII, comenzaron a venderse y apreciarse tanto en Fran- cia como en el extranjero con la apelación vinos del Papa Sin embargo, hasta 1829 no adquirieron la denominación oficial, que les valió fama universal, pues los Papas les habían hecho la propaganda. En 1894, a fin de garantizar su calidad, se creó el primer sindicato vitícola para proteger estos caldos. Blancos y tintos La llegada de la filoxera lo arruinó todo. Hubo que replantearse muchas cosas y mucha técnica, aunque las grandes transformaciones en la zona llegaron después de la segunda Guerra Mundial. Pero los viñedos del Châteauneuf du Pape, con el tiempo, siguieron adelante. Desde el siglo XIX tienen una producción selectiva y están clasificados dentro de los grandes crus del Valle del Ródano. Abarcan 3.200 hectáreas, los hay blancos y tintos, y en las guías que el gurú del vino ame- Alejandro Farnesio (Pablo III) hizo ir a Roma a un sumiller para que le seleccionase los vinos a tomar