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ABC VIERNES 29 4 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LAS PARADOJAS DE EUROPA POR GUSTAVO DE ARÍSTEGUI DIPLOMÁTICO Cuanto más se empeñen algunos en perseguir, sin cuartel, una creciente independencia de Europa, no frente sino contra los Estados Unidos, más débiles y más vulnerables nos hará, y, en consecuencia, paradójicamente más dependientes... E N un mundo crecientemente globalizado e interdependiente se hace más indispensable que nunca fortalecer las alianzas existentes entre democracias, en las que ocupa un muy destacado lugar la relación trasatlántica. Llama la atención que algunos antiglobalizadores se manifiesten partidarios de profundizar en el multilateralismo, algo en lo que coinciden con el Gobierno socialista de España, sin darse cuenta de que esa sea quizá una de las formas pioneras de globalización en la segunda mitad del siglo pasado. Todo ello surge por la obsesión recurrente de algunos políticos y analistas europeos en torno al equilibrio geoestratégico mundial. Muchos de ellos siguen estando muy influidos por la estabilidad apocalíptica que prevaleció durante la Guerra Fría. Sin duda, el equilibrio mundial es un hermoso sueño que mal entendido y peor aplicado puede llevar a la máxima inestabilidad geoestratégica. Pretender convertir a Europa en el contragendarme mundial, en rival y rabioso competidor de los Estados Unidos, es el instrumento que algunos pretenden aplicar para lograr ese fin. Tenemos que aprender a transitar suavemente desde ese equilibrio apocalíptico, artificiosamente impuesto por la doctrina de la destrucción mutua asegurada, hasta una nueva etapa en la que surgirán potencias militares y económicas que, aplicando el principio de cooperación competitiva, podrán contribuir a esa ansiada estabilidad. Sin embargo, hasta que lleguemos a ese punto, pasaremos por algunos peligrosos sarampiones, siendo quizá el más inquietante el de la mini- multipolaridad, o lo que es lo mismo, tratar de forzar la competencia y confrontación entre las principales democracias del mundo. Esto nos lleva a explicar esta situación a través de una serie de paradojas a las que se enfrenta el futuro de Europa. La primera paradoja es que cuanto más se empeñe Europa en convertirse en contrapoder geoestratégico y militar de los Estados Unidos, más gasto tendrá que hacer en esos sectores, sacrificando, en consecuencia, ingentes recursos a ese fin, detrayéndolos de otros sectores más productivos, en los que Europa puede y debe ser competitiva. Por tanto, cuanto más independientes y autónomos queramos ser de los Estados Unidos en el ámbito geoestratégico, la consecuencia será exactamente la contraria. Crecerá exponencialmente el riesgo de dependencia de Estados Unidos y de Asia, y nuestra economía entrará en una interminable espiral descendente de pérdida de competitividad. Una de las víctimas de esta obsesión, lamentablemente, podría ser nuestro estado del bienestar, que, debidamente reformado para lograr mantener la competitividad de las economías europeas, es y seguirá siendo un elemento esencial de la identidad europea. La segunda paradoja es la de la confrontación entre poder e influencia, lo que los americanos llaman hard power (poder por la fuerza) y soft power (poder por la influencia) Europa tiene una notable influencia política y geopolítica, la sigue teniendo; pero ¿por cuánto tiempo? ¿es posible ejercer el soft power sin tener hard power? Parece que no, y en eso los equilibristas geoestratégicos (los que se empeñan en hacer de Europa la anti EE. UU. tienen sólo una pequeña parte de razón. ¿Dónde está, pues, la paradoja? en que se puede lograr ese hard power buscando una relación racional de cooperación y coordinación, desde la plena autonomía y equilibrio con los Estados Unidos, compartiendo la carga de actores fundamentales en la escena mundial. En esta primera mitad del siglo XXI las operaciones de imposición de la paz (peace making) serán, lamentablemente, numerosas y sólo los países con alta capacidad militar y operativa podrán ser decisivos en las mismas. Eso lo tendremos que aceptar los europeos. Sin embargo, en las operaciones de mantenimiento de la paz (peace keeping) y de reconstrucción integral de naciones (nation building) los europeos tenemos una larga experiencia y una eficacia demostrada a lo largo de las últimas décadas. Por lo tanto la paradoja estriba en que, a mayor coordinación con Estados Unidos, mayor será también el hard power europeo, además de su tantas veces alabado soft power. dial de aviones comerciales. Si tomamos las cifras de alumnos matriculados en carreras científicas y técnicas, el crecimiento en los Estados Unidos es constante, lo que nos permite presagiar que, en un futuro no muy lejano, tendrán un número infinitamente superior de licenciados y doctores, esenciales para consolidar e impulsar el progreso y el avance científico- técnico fundamental para las economías más avanzadas. ¿Es acaso tan difícil entender que, si nos empeñamos en convertirnos en el contrapeso y contragendarme del mundo, generando en consecuencia fricciones, confrontación y una competencia a cara de perro con la primera democracia del mundo, eso tendría consecuencias extraordinariamente negativas para Europa, la paz y la seguridad mundiales, que son justamente lo que sus promotores dicen defender? Las paradojas de Europa se resumen en una sola: cuanto más se empeñen algunos en perseguir, sin cuartel, una creciente independencia de Europa, no frente sino contra los Estados Unidos, más débiles y más vulnerables nos hará, y, en consecuencia, paradójicamente más dependientes de los Estados Unidos, tendiendo inexorablemente a la irrelevancia internacional, geopolítica y geoestratégica, frente a la imparable emergencia de otras potencias globales, como China o la India. Europa no se puede permitir ese lujo. La competencia cooperativa, la coordinación y la búsqueda de sinergias positivas entre Europa y Estados Unidos es esencial para preservar nuestra ansiada independencia y el peso de Europa en el mundo. Esperemos que los amplios sectores de la izquierda europea, que defienden a capa y espada la teoría del equilibrio contra nuestro aliado, salgan por fin del largo invierno ideológico que les ha llevado a no entender una realidad compleja y cambiante como es la del siglo que comienza. Lo más triste es que una parte del centro- derecha europeo se ha contagiado de estas tendencias. Es evidente que estas mismas preguntas y tentaciones aislacionistas existen también al otro lado del Atlántico. Hay quienes defienden un distanciamiento ordenado de Europa, por considerarla un aliado poco fiable. Sin embargo, como hago yo también en este artículo refiriéndome a Europa, otros denuncian la creciente falta de competitividad de la economía estadounidense frente a otros mercados emergentes, como es el caso de Tom Friedman en un artículo del International Herald Tribune Pero, justamente por eso, ambas orillas debemos entender, por fin, por el bien de nuestro continente, de la estabilidad y el equilibrio mundiales, que hay que ser audaces, imaginativos, rebuscando en nuestra propia historia reciente, para comprender, hoy más que nunca, que una de las tablas de salvación más eficaces a las que se puede agarrar Europa es la relación trasatlántica. La tercera paradoja es ciertamente preocupante, y se refiere a la paulatina pérdida de influencia cultural de Europa en el mundo. Cuanto más tratamos de proteger nuestra cultura y nuestros productos culturales frente a los foráneos, más espacios abrimos a los productos de otros países, olvidando, como casi siempre, que es desde la inversión, el esfuerzo y la proyección internacional como se logra influencia. Pongamos por caso el de las universidades estadounidenses que importan investigadores, profesores y alumnos de cualquier parte del planeta, siempre en busca de la excelencia. Las universidades europeas tienen una oportunidad de oro para hacer exactamente eso, recoger a los mejores de entre los mejores ahora que se han impuesto restricciones a los visados de profesores y estudiantes en Estados Unidos. Un elemento esencial en este apartado es el de las industrias de mayor valor añadido, la cultura, el ocio, la educación y los contenidos, entre otras muchas, donde la ventaja de Estados Unidos sobre Europa se agranda por momentos. La cuarta paradoja es la tecnológica, de investigación, desarrollo e innovación. Las tecnologías punta son un terreno en el que todavía mantenemos el tipo, si bien es cierto que a duras penas. Hay ejemplos muy claros de cómo debe hacerse una política inteligente, audaz a la par que prudente, en este ámbito esencial para el desarrollo de cualquier comunidad. Y es el ejemplo de Airbus, que ha pasado de ser un sueño tópico deficitario a ser el primer productor mun-