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54 Sociedad MIÉRCOLES 27 4 2005 ABC Han sido tres semanas de emociones febriles y exaltadas, de alegrías del tamaño del atlas, de secretos deslumbramientos y secretas revelaciones Un operario empieza a recoger las sillas colocadas para la misa del pasado domingo en la plaza de San Pedro REUTERS Si entras en Roma... Si entras en Roma no saldrás de Roma advertía Rafael Alberti, en el último verso de un soneto incluido en su libro Fustigada luz. Mientras hago el equiJuan Manuel paje y me dispongo a rede Prada gresar a España, resueEnviado especial. Roma na este endecasílabo en mi ánimo con golpes de aldaba: han sido tres semanas de emociones febriles y exaltadas, de alegrías del tamaño del atlas, de secretos deslumbramientos y secretas revelaciones; han sido, sobre todo, tres semanas en las que he notado vibrar dentro de mí sentimientos que creía hibernados para siempre. Un amigo me auguró que volvería de Roma más descreído, o siquiera menos entusiasta de mi fe; el efecto ha sido justamente el contrario: el contacto con esta ciudad santa y profana, eterna y recién fundada, me ha servido para confirmar que el legado del cristianismo es el mejor antídoto contra las desalientos y postraciones con que nos mancha el tráfago de los días. En una época de incertidumbres, banalidades perecederas y modas voltarias que dejan al hombre extraviado en un océano de zozobras, Roma se erige como una roca de salvación: no me refiero tan sólo a una salvación de índole religiosa, sino también cultural, pues para mí la fe de Roma es una forma de resistencia contra la chabacanería imperante, un baluarte que explica nuestra genealogía espiritual y nos defiende contra la intemperie a la que quisieran arrojarnos los bárbaros. Renegar de esa inabarcable posesión equivale a firmar un acta de defunción social (pero hay agentes de la muerte empeñados muy tercamente en exterminarnos) asumirla como propia no constituye en contra de lo que predican estos mismos agentes de la muerte- -un acto de sometimiento, sino de orgullosa y alegre libertad. Y así me he sentido escribiendo estas crónicas, orgulloso y alegre de mi libertad para transmitirles unas efusiones que, más allá de su expresión instantánea (siempre he procurado escribir en caliente) han dejado en mí un poso imperecedero. Algunos reprochan al catolicismo su coraza de abnegaciones sombrías y sacrificios ímprobos; pero, cuando se salva esa muralla de apariencia disuasoria, nos topamos con prados amenos donde poder retozar como niños en un día de asueto. Los enemigos del catolicismo nos ofrecen, por el contrario, una alternativa de apariencia mucho más golosa y encantadora; pero en su meollo se retuerce la desesperación, que es el padecimiento más frecuente de los hombres, cuando se tropiezan con un universo que carece de sentido. La revolución eterna del cristianismo consiste en descubrirnos el sentido del universo, esculpido en las palabras sencillas que pronunció un Galileo; de ese descubrimiento surge un júbilo sin fecha de caducidad. Cuando a ese júbilo se añade una cierta sensibilidad estética y una mínima inquietud intelectual, la vida se convierte en una fiesta íntima de la inteligencia y de la emoción. Escribía Chesterton que la alegría, que era la pequeña publicidad del pagano, se convertía en el gigantesco secreto del cristiano; yo, que soy un cristiano algo impúdico, he tratado- -seguramente sin éxito- -de mostrarles en estos artículos ese secreto que me invade y desborda. Nunca podré expresar suficientemente mi gratitud al periódico que me envió a Roma. Tampoco a quienes me han servido de brújula en estos días arrebatados, cuyos nombres quiero consignar aquí: Francisco Froján, José Luis González Novalín, Juan Manuel Mora, Juan José García Noblejas, Giovanni Maria Vian, José Luis Martínez Gil. Acompañado de este último, un fraile de San Juan de Dios jovial y hospitalario, me he movido sin cortapisas por el recinto vaticano: he paseado sus jardines umbrosos y huroneado en su biblioteca (donde hubiese querido quedarme a vivir, aspirando el aroma unánime de dos mil años de sabiduría acumulada) he contemplado con arrobo los frescos de Rafael que ilustran las paredes de la Secretaría de Estado y llegado incluso a atisbar la figura blanca de Benedicto XVI, que salía de San Dámaso, tras reunirse con los cardenales que acababan de elegirlo, para montar en el automóvil que lo aguardaba a la puerta. Fue una visión fugaz; pero por un instante mi mirada se tropezó con la suya, que era limpia y risueña, llena de esa alegría gigantesca que sienten los hombres cuando acatan su designio. Era una mirada que explicaba el sentido del universo y decía: Sígueme Mientras cierro las maletas, me asalta una certeza inamovible: nunca saldré de Roma. La revolución del cristianismo consiste en descubrirnos el sentido del universo, esculpido en las palabras que pronunció un Galileo Roma se erige como una roca de salvación: no me refiero tan sólo a una salvación de índole religiosa, sino también cultural