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6 Opinión MIÉRCOLES 27 4 2005 ABC AD LIBITUM TRIBUNA ABIERTA LA POLÉMICA INSTANTÁNEA A sociedad española, pobrecita, experimenta lo que podríamos llamar, no sin precisión, fatiga de la polémica instantánea. De ahí el pesimismo y la tristeza que suelen observarse en el entorno. Los mecanismos de la propaganda, los de unos y otros, se han hecho tan potentes y eficaces- -tan perversos- -que pueden llegar, si no han llegado ya, a determinar todos los esquemas de nuestra vida cultural, política, social, y, si se apura, a condicionar nuestros sueños y hasta nuestros olvidos. Basta con que el líder A, en cualquier foro, emita una opinión polémica, audaz o, con mayor frecuencia, meramente contraria a la del líder B para que éste le replique a M. MARTÍN aquél, y, además, en tiemFERRAND po real, a través de la radio o la televisión, sin esperar a que las ediciones de los diarios impresos marquen el ritmo de los días, tal y como era con anterioridad al vértigo presente. El hecho inquietante de que hayan caducado las ideologías y los credos suele convertir en vacíos, y hasta en zigzagueantes, esos debates instantáneos que, de hecho, sólo sirven para justificar el prestigio de los líderes y el sueldo de sus abultados equipos de compañía. La consecuencia, demoledora, de tan frenética actividad determina que cuando un ciudadano contempla un telediario y, perdido en el uso temporal, asiste a una sucesión de dichos, no necesariamente ordenados cronológicamente, le resultan incomprensibles. En consecuencia, el debate instantáneo se vuelve soluble en el desdén y, como fácilmente se comprueba, la política va dejando de ser una actitud inteligente, reflexiva, para convertirse en espasmos provocados, más que por las palabras, por los signos y emblemas identificatorios de quienes los emiten. Las reacciones terminan por anticiparse a sus estímulos. Si aplicamos esta hipótesis a un caso práctico, por ejemplo los encuentros interpartidistas siguientes a las elecciones autonómicas vascas, podemos llegar con facilidad al océano de la confusión en el que tienden a desembocar todos los ríos del poder que no se sustentan en sólidos principios éticos. El ciudadano no profesionalizado en el seguimiento de la actualidad, el menos sospechoso y más deseable de todos los ciudadanos, recibe como un mazazo el aluvión de dichos y hechos configurados por los estrategas partidistas, y así, una de dos, o se desentiende del asunto o toma de él una dimensión falsificada. Sólo contando lo que pasa, hecho a hecho y por su orden, tendríamos una contemplación más cabal y menos enrevesada de lo que nos ocurre y afecta. La prisa, que nunca es sana, se convierte en patología cuando, acompañada por el desorden y los intereses de los protagonistas en juego, nos da, con pretensiones de verdad, una versión tan engañosa como ininteligible de lo que pasa. Hay que recuperar, también en la información, un cierto clasicismo. HISTORIAS DE LA TELEVISIÓN JOSÉ MARÍA GARCÍA- HOZ PERIODISTA L Buen conocedor de los entresijos del mundo de la comunicación, el autor analiza el devenir presupuestario de la TVE, su deuda gigante, su pérdida del liderazgo de audiencia y la falta de voluntad de los distintos gobiernos para resolver su viabilidad en el futuro I no es verdad, merecería serlo. Televisión Española llegó a pagar por una boina tres millones de pesetas. La tal boina era de lo más corriente, sin ninguna característica especial que justificara batir el récord mundial del precio de una txapela: ni estaba firmada por Picasso, ni escondía en su rabico un potente transmisor inalámbrico. Era, sencillamente, la boina del payaso Locomotoro, protagonista de Los Chiritipifláuticos un programa infantil diario que, en el doblar de los años sesenta a setenta alcanzó un notable éxito en la programación de tarde de TVE. Por lo visto, cuando empezó a emitirse Los Chiritipifláuticos alguien de TVE decidió que no había dinero para comprar boinas y que más valía alquilarla. A lo largo de los varios años que duró el programa, el alquiler diario se convirtió en una cifra astronómica que acabó por salir en una de las auditorías que, tarde y mal, realizaba la Intervención General del Estado sobre TVE, que entonces no era más que un organismo administrativo dependiente del Ministerio de Información y Turismo. Derrochar ese dinero que, al cabo, pertenecía a todos los españoles, peor que un crimen, fue una tontería de la que nadie salió beneficiado. Pero desde el punto de vista económico esa anécdota resume mejor que cualquier otra la historia de TVE. La mezcla imposible del agua de la mentalidad funcionarial con el aceite de la flexibilidad que necesita la gestión de una cadena televisiva, y con la vaselina de las servidumbres al poder, acabaron por hacer de TVE un monstruo de mil cabezas del que, de verdad, nunca nadie ha sabido responder a cuestiones elementales como cuántas S personas figuran en nómina (en cualquier caso, siempre más de las necesarias) o cuánto dinero perdía. Ciertamente, para el Estado franquista conocer el coste económico de TVE era una cuestión irrelevante, frente al servicio impecable que en términos de propaganda y de (des) movilización social ofrecía la mejor televisión de España. La oportuna retransmisión de una corrida de toros o- -todavía lo recuerdo- -un extenso reportaje sobre los mejores goles de la selección española contribuían tan eficazmente como el despliegue de los grises al fracaso de las manifestaciones que en víspera del 1 de Mayo convocaban CC. OO. y UGT, a la sazón sindicatos ilegales. Aquéllos, afortunadamente, son tiempos pasados. Y la española es una sociedad abierta organizada democráticamente. RTVE ya no es una Dirección General de un felizmente desaparecido Ministerio de Información y Turismo, sino un ente público que hace tiempo dejó de ser la mejor televisión de España y hace unos meses perdió frente a las cadenas privadas el liderazgo de audiencia, que difícilmente recuperará, pues dada su condición de ente público, carece de la agilidad requerida para competir en la industria del entretenimiento y de la información. Lo único en que la TVE de Los Lunnis se parece a la de Los Chiritipifláuticos es que cuesta un montón de dinero, pero, siendo mucho, nadie sabe exactamente cuánto, en los últimos ejercicios perdió en torno a los 600 millones de euros por año. Y de su deuda casi más vale no hablar: hace bien poco se alcanzó el billón de pesetas, pero al cerrar el -Es humo blanco; votábamos si seguir pidiendo limosna a las puertas de los templos vacíos o pedir papeles en las concentraciones, que es donde están los cristianos hoy día.