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ABC MIÉRCOLES 27 4 2005 Opinión 3 LA TERCERA DE ABC LAS ELECCIONES DE ABRIL Y LA CATA DEL MELÓN POR ÁLVARO DELGADO- GAL ESCRITOR Y PERIODISTA En el año 2005 los nacionalistas han propuesto la independencia, y los socialistas un plan, el plan López, que manumite en la práctica a Vitoria de la legislación de Madrid. El movimiento de las dianas ha modificado la trayectoria de las flechas AS elecciones vascas han integrado un acontecimiento importante en la vida nacional. No están tan claros, sin embargo, los efectos de esas elecciones. O si se prefiere, no está claro en qué sentido, y en qué medida, será importante lo que coincidimos en considerar importante. Así las cosas, conviene empezar por lo que no admite réplica, y proceder después a reflexiones más complicadas. L Punto número uno: ETA, bajo una denominación sorpresa, se ha introducido de nuevo en el espacio institucional, en el que jugará además un papel decisivo. Esto, sin duda, es una catástrofe, por cuanto confirma la impotencia del Estado para excluir del presupuesto y de la respetabilidad del Parlamento a una formación que justifica el asesinato político. Se completa así un itinerario infausto. La ilegalización de EH no pudo ser completada por su disolución efectiva en la cámara de Vitoria. El retraso en aplicar la sentencia del Tribunal Supremo produjo la sensación de que Madrid carecía de instrumentos para imponer la ley en las tres provincias. El archivo de la querella por el Fiscal General recibió a su vez varias interpretaciones, todas malas. En el mejor de los casos, se archivaba la querella porque el procedimiento no estaba bien concebido desde el inicio y no había modo de meter a Atucha en cintura. En el peor se añadían, a las dificultades técnicas, tácticas políticas. El Gobierno había decidido tal vez que la ofensiva constitucionalista no era la apropiada, y había apostado por otra vía. Sea como fuere, se tuvo la sensación de que la defensa frontal del orden constitucional era o imposible o inoportuna. El juego político arroja sobre la opinión reflejos poco matizados. Inevitablemente, los españoles que leen los periódicos o siguen las tertulias radiofónicas han llegado a la conclusión de que el orden constitucional, en su acepción más comprensible, no está garantizado por la Constitución. Por tanto, que la Constitución es o contradictoria o relativamente inútil. La reemergencia reforzada de ETA confirma estos sentimientos. Al cabo, el Estado sale muy debilitado. ¿A quién reprocharle este decaimiento? El PP argumenta flaqueza o entreguismo en Zapatero. Zapatero podría contestar que el PP ha cometido el error de defender lo que no tenía defensa. Estos argumentos son eficaces en la lucha interpartidaria. Pero no contribuyen a restaurar a los ojos del respetable el pobrísimo papel que ha hecho el Estado. Punto número dos: no es cierto que los vascos hayan vuelto a distribuir sus favores entre el bloque nacionalista y el constitucionalista en las proporciones acostumbradas. Este dictamen sólo tiene en cuenta las siglas votadas. Pero pierde validez apenas reparamos en los contenidos de los programas. En el año 2001, los peneuvistas no proponían la independencia del País Vasco, y socialistas y populares propugnaban la defensa del statu quo y el Estatuto de Guernica en su redacción actual. En el año 2005 los nacionalistas han propuesto la independencia, y los socialistas un plan, el plan López, que manumite en la práctica a Vitoria de la legislación de Madrid. El movimiento de las dianas ha modificado la trayectoria de las flechas. Por tanto, la ciudadanía vasca ha apoyado una idea del País Vasco muchísimo más radical que la del año 2001. ¿Algo que oponer? La única respuesta que se oye por ahí es que el votante vota a las siglas, no a lo que éstas llevan dentro. En consecuencia, los programas, los programas entendidos como anticipaciones de la acción política, carecerían por completo de importancia para el votante. Esta respuesta niega al votante toda sindéresis. Se me antoja insultante, y en absoluto admisible en una democracia que se respete a sí misma. La causa independentista, en conclusión, ha dado un gran paso el 17 de abril. Este gran paso coincide con un fracaso personal de Ibarreche. No experimento la menor simpatía por el lendakari. Ahora bien, no llevo mis pasiones al extremo de alegrarme de los fracasos de Ibarreche sin mayores matizaciones. Me alegraré de verdad cuando llegue al convencimiento de que el fracaso de Ibarreche supone también el fracaso de su punto de vista sobre el País Vasco y el resto de España. Y lo último es muy dudoso. Nos enfrentamos ahora, en esencia, a dos escenarios virtuales. En el primero de ellos, Ibarreche se perpetúa el frente del PNV, y además pacta su plan con EHAK. El pacto generaría un ofensiva más violenta, en la que el PNV sería rehén de ETA. En estas cir- cunstancias, el plan López no serviría para nada. Los interlocutores del frente nacionalista serían las Cortes de Madrid, el presidente del Gobierno y quizá el ministro del Interior. Estaríamos en lo que hemos temido, sólo que agravado. El segundo escenario, que yo creo que es el que Zapatero tiene in mente contempla una disensión seria entre EHAK y el PNV. El plan Ibarreche se atranca, Ibarreche quizá cae, y se abre una perspectiva inédita: la de un abandono por ETA de las armas a lo largo de un proceso de negociación en que se parte, como elemento inicial de referencia, del plan López. Se pondrían a hablar entre sí etarras, peneuvistas y socialistas, y se llegaría a un acuerdo aceptable para todas las partes. Los peneuvistas, demediados, habrían de adaptarse al ritmo de los acontecimientos; ETA presentaría su renuncia a la violencia, no como una derrota, sino como un triunfo político; y el Gobierno justificaría una relectura del plan López con sesgo nacionalista como el precio que conviene pagar por la paz. No estoy hablando a humo de pajas. Cuando Zapatero, en vísperas del cierre de la campaña, afirmó que aceptaría una revisión del Estatuto que contara con dos tercios de los votos de la Cámara, sólo podía estar pensando en el arreglo que acabo de señalar. Un arreglo que deja en la cuneta, naturalmente, al PP. ¿Cuáles serían los efectos políticos del arreglo en el resto de España? Por supuesto, su repetición mimética en Cataluña, y su probable extensión a otras autonomías. El Estado se haría ingobernable, y tarde o temprano, y más bien temprano que tarde, asistiríamos a un cambio de régimen. En los tiempos de Estella, la conspiración nacionalista tropezó con un Gobierno firme en Madrid y con la resistencia del PSOE. La ofensiva constitucionalista encalló en las elecciones del año 2001. Contemplado el proceso a trasmano, cabe afirmar que esa ofensiva representó un intento conservador por mantener operativa la Constitución. Se sobrevaloraron algunas cosas, y se infravaloraron otras. Entre las últimas, la pertinacia del nacionalismo vasco. Entre las primeras, la capacidad del Estado y, mirando más a largo plazo, la propia viabilidad del Estatuto de Guernica. Por desgracia, ni siquiera el actual estatuto es viable, ya que implica privilegios que también reclaman los catalanes, y andando el tiempo, reclamarán todos. En el fondo, se confiaba en que una derrota política del PNV despotenciara por simpatía a los nacionalistas catalanes, y nos permitiera ir tirando en un Estado que ya era profundamente asimétrico. Ocurra lo que ocurra, esto es historia pasada. Como pregonaba Ardanza, se abrirá el melón. Se empieza por una cata y se termina en un festín.