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ABC MARTES 26 4 2005 Cultura 55 CLÁSICA Concierto extraordinario Ciclo de Grandes intérpretes. Obras de Chopin. Intérprete: Maurizio Pollini, piano. Lugar: Auditorio Nacional, Madrid AL OTRO LADO ALBERTO GONZÁLEZ LAPUENTE Françoise Bornet posa en París poco antes de de la subasta con la foto que Doisneau le envió dedicada en 1950 En la París se remató ayer en 155.000 euros la copia dedicada del icono fotográfico más romántico de París. Su encanto radica en que esa copia pertenecía a la joven protagonista de la instantánea y multiplicó por diez su precio de salida Subastan la copia de El beso que Doisneau dedicó a su joven modelo TEXTO: T. D. FOTO: REUTERS PARÍS. Probablemente se trata del beso más universal (y más caro) de la historia de la fotografía del siglo XX. La imagen la realizó Robert Doisneau en 1950 frente al Ayuntamiento de París, y en ella, una joven pareja parece haber sido sorprendida por el objetivo de su cámara en un arrebatado instante de amor en plena calle. Pues bien, una copia autografiada de uno de los iconos fotográficos de la Ciudad de la Luz fue subastada ayer en Artcurial por 155.000 euros (diez veces su precio de salida de 15.000 euros) y se trata, precisamente, de la copia que el fotógrafo le envió, pocos días después de realizarla, a su protagonista femenina, Françoise Bornet, que hoy tiene 75 años, y que por aquel entonces estaba en amores con Jacques Carteaud (él no conservó su copia) que estudiaba con ella arte dramático. Fue un romance tan fugaz como instantánea es una fotografía. Sin embargo, una imagen que representa como ninguna otra el influjo romántico parisino no fue tan espontá- El beso de París Robert Doisneau captó en 1950 la imagen para un reportaje de Life. Dos jóvenes estudiantes, Françoise Bornet y Jacques Carteaud, parecen haber sido sorprendidos besándose frente al Ayuntamiento. Sin embargo, la fotografía no fue espontánea. En 1986 la foto se hizo póster y postal, y en 1992 ya se habían vendido más de 400.000 copias. Bornet reclamó judicialmente a Doisneau derechos de reproducción, y aunque el Tribunal falló en su contra, el fotógrafo se vio obligado a revelar la verdad. Ha superado diez veces su precio estimado de salida de 15.000 euros nea: Life le había encargado al fotógrafo que realizara un reportaje sobre sus enamorados, y él se fue a pasear por ahí en busca de protagonistas, hasta que encontró a una pareja de jóvenes estudiantes en un café que no oculta- ban la pasión con que vivían su romance. Entonces les propuso que le sirvieran de modelo, pero en la calle y bajo la plena luz del sol. Que no había sido una escena fortuita se supo mucho más tarde. En 1986 esa fotografía se convirtió en póster y postal, y ya en 1992 se habían vendido más de 400.00 copias. Si durante décadas Françoise Bornet había guardado el secreto del artista, a la vista de que otros querían usurpar el protagonismo de la escena y se proponían como sus actores, ella reclamó judicialmente a Desnois 18.500 dólares y un porcentaje de los derechos de autor. Sin embargo, el juzgado falló en contra de la actriz en 1993, los derechos pertenecían a la agencia Rapho (y la copia subastada no podrá usarse públicamente, sino como obra de arte para disfrute privado) pero el fotógrafo se vio obligado a contar toda la verdad, que no fueron ni la primavera ni el azar, sino la pura necesidad, aunque sea artística, la que creó un instante tan mágico. rtistas como Maurizio Pollini hacen buena la vieja liturgia del concierto. Él, y pocos más, son capaces de convertir un acto semejante en algo digno de trascender la estricta materialidad. Se sabe y se intuye que en un recital de Pollini siempre es posible el batir del misterio. Por eso quienes han vuelto para escuchar la nueva actuación madrileña del pianista italiano, organizada con motivo deL XX aniversario de la revista Scherzo y dedicada a la música de Chopin, merodeaban por el Auditorio con el ánimo de las grandes tardes. Llenaron la sala derramando tensión y nerviosismo antes de que se hiciera el oscuro y Pollini apareciera fiel a sí mismo: concentrado, hermético y ensimismado, la mirada fija y el cuerpo predispuesto ante un piano alumbrado por la luz cenital. Dice mucho de su forma de hacer la capacidad para no gastar gestos. Los justos y nunca arbitrarios. Por eso cualquier detalle puede ser revelador: como esa mínima duda antes de poner las manos sobre el teclado, que una y otra vez prologó la interpretación de los nocturnos y que hizo presagiar cierto retraimiento en quien ya de por sí disfruta caminando por el límite de la emoción. Llegó frío y, al poco, tuvo algún tropiezo en el primer nocturno del opus 9. Pero entre las aristas interpretativas de este y la contagiosa gelidez del segundo del opus 62, ya avanzado el programa, se sucedieron mil y un detalles que despuntaban la palpitación de las obras: cantos cristalinos, fuertes pugnando por desbordarse ante la contención del primer Scherzo la austeridad de la tercera balada, la negación de todo artificio en el tercer nocturno del opus 9, la obsesiva repetición del tema principal del segundo del opus 37 reducido a una sencilla y reincidente cantinela, el decir elegante de los seleccionados del opus 55. Luego apenas cambió la figura antes de abordar la segunda sonata, excepto porque, por primera vez, aún no se había sentado cuando las manos ya atacaban la obra. Y tras ella un lección de arquitectura en el primer movimiento, contracantos desconocidos en el scherzo y la marcha fúnebre anhelante de queja, como si Pollini se recreara en la no consumación del deseo, jugando a contener la música para, al tiempo, embrujarla con sonoridades únicas. Aún siendo también capaz de lo irreal. Las cuatro, quizá cinco propinas así lo demostraron. Con el Auditorio en pie. A