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ABC LUNES 25 4 2005 El Papado de Benedicto XVI EN LA PLAZA DE SAN PEDRO 19 Benedicto XVI saluda y bendice a los fieles tras su primera misa en la plaza de San Pedro restaurante, para que no se le notase favoritismo alguno. Al nuestro solía venir un par de veces por semana. Le gustaba la pasta picante- -dice, y se encoge de hombros, perplejo ante las preferencias papales- a mí siempre me extrañó que un hombre de aspecto tan delicado tuviese un paladar tan resistente. Desde luego, quien quiera ser su cocinero debe ser generoso con los condimentos La misa ya está a punto de comenzar; las tribunas de privilegio las ocupan- -las deshonran- -mandatarios con aspecto de alguacilillos endomingados. En los integrantes de la legación española, el cronista descubre ese gesto papamoscas y paletísimo que delata a los jurados de los concursos de misses de pueblo; pero es que el cronista, desde que vino a Ro- AFP ma, no reconoce otra autoridad que la papal. El canto de la letanía de los santos me distrae de estos pensamientos melancólicos; la liturgia milenaria que ahora se inicia tiene una calidad apaciguadora, balsámica, que reconforta el ánimo. Cuando Benedicto XVI besa el altar, precedido por los cardenales, un granizo de aplausos restalla en la Plaza. Será el primero de los más de treinta que después interrumpirán su homilía. Todos vosotros, queridos amigos, acabáis de invocar a la muchedumbre de los santos, representada por algunos de los grandes nombres de la historia que Dios teje con los hombres. De este modo, también en mí se reaviva esta conciencia: no estoy solo. No tengo que llevar yo solo lo que, en realidad, nunca podría soportar yo solo. La muchedumbre de los santos de Dios me protege, me sostiene y me conduce. Y me acompañan, queridos amigos, vuestra indulgencia, vuestro amor, vuestra fe y vuestra esperanza. A la comunidad de los santos no pertenecen sólo las grandes figuras que nos han precedido y cuyos nombres conocemos. Todo nosotros somos la comunidad de los santos Las palabras de Benedicto XVI exorcizan la soledad; son palabras pronunciadas con una voz menuda, despeinada por el viento que se pasea por la Plaza de San Pedro, muy alejada de ese tono de soflama que los alguacilillos endomingados suelen regalar a sus adeptos, como quien arroja carnaza a las fieras. Es una voz abrumada por la tarea que acaban de arrojar sobre su espalda; pero en la fragilidad de esa voz se compendian, como en la llama diminuta de una vela, todos los incendios que alumbran el mundo. Benedicto XVI ha querido estrenar su pontificado invocando la respiración unánime de la multitud que lo sostiene; ha querido subrayar la responsabilidad solidaria, colegial, que obliga a cualquier católico, en comunión con quienes le precedieron y quienes lo acompañan, a alzarse de los escombros y espantar los reparos que nos impiden entregarnos plenamente, libremente, a una misión que no quita nada y lo da todo Esta idea de comunión intrépida, numerosa y deseosa de seguir viviendo siempre ha calado en la multitud, que ya no sólo aplaude las palabras de Benedicto XVI, ni la memoria fresquísima de Juan Pablo II, sino la continuidad de una fe que hace santos e inmortales a los hombres. Lanzo una mirada furtiva a la mujer que está a mi lado, temblorosa como un álamo y encaramada sobre mi hombro, como aquel Zaqueo que se encaramó a un sicomoro para mejor escuchar al Galileo. Es mi mujer, la mujer que elegí entre todas; me aprieto a su temblor y le susurro: No estamos solos