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18 El Papado de Benedicto XVI EN LA PLAZA DE SAN PEDRO LUNES 25 4 2005 ABC Hablan en una lengua dulce, como borracha de delicadeza, que ni siquiera parece alemán. Son los paisanos del Papa Benedicto XVI, algunos incluso oriundos del mismo pueblo que él, Marktl am Inn, en la diócesis de Nassau No estamos solos Un ajedrez de banderas blanquicelestes se confunde con la mañana, que se ha despertado clara y limpia. Sus portadores visten el traje tradicional bávaJuan Manuel ro, que huele a bosques de Prada umbríos, tapizados de Enviado especial. Roma musgo y hojarasca; son hombres de una alegría rechoncha y bonancible, mujeres de mejillas sonrojadotas a quienes el sol romano transmite una tibieza de pajar donde germina el heno. Tienen unos ojillos del color de la cerveza, y se ríen con una risa que parece nacerles en las tripas y les trepa en estampida hasta la garganta, para después desparramarse como una gaseosa que hace saltar el tapón. Algunos ensayan un baile con intercambio de parejas, un baile rústico que acompañan de instrumentos en los que anida el rumor de la fronda y la algarabía de los pájaros; cuando lo concluyen, se dejan caer sobre el suelo de la Plaza de San Pedro- -ya son algo talluditos para estas exhibiciones- con esa beatitud que tiene la hierba recién segada. Hablan en una lengua dulce, como borracha de delicadeza, que ni siquiera parece alemán. Son los paisanos del Papa Benedicto XVI, algunos incluso oriundos del mismo pueblo que él, Marktl am Inn, en la diócesis de Nassau; en las manos anchas y rugosas, en los entrecejos apretados por el esfuerzo, se lee su genealogía campesina. ¡Ojalá nos acompañase al pianoforte Joseph -exclama Ludwig, un sesentón fornido que actúa como cabecilla del grupo y presume de incorporar el apellido Ratzinger, en tercer o cuarto lugar- Pero me temo que ya tenga pocas oportunidades de tocarlo. ¡Salvo que pida que se lo lleven a sus aposentos! concluye con una risotada. ¡Pues claro que se lo llevarán! -afirma Otto, otro sesentón mucho más enteco, de patillas que le descienden hasta el pescuezo- ¡Su pianoforte y sus gatos! ¿Qué haría nuestro Joseph si le faltasen los gatos? Dionigi, propietario de una tienda de souvenirs religiosos aledaña de la casa que ocupaba el cardenal Ratzinger hasta su elección, me confirma este extremo. Apenas asomaba por las mañanas en el portal del edificio, ataviado con su sempiterna boina y su jersecito negro algo gastado en las coderas (el mismo jersecito que le asomaba por las bocamangas de las vestiduras eclesiásticas, cuando salió al balcón central de la Basílica a saludar a los fieles, tras la celebración del Cónclave) un séquito de gatos famélicos, huérfanos de la caricia de Baudelaire, se congregaba en su derredor, para repartirse las sobras de su cena. A muchos de estos gatos callejeros, el cardenal Ratzinger los había adoptado y los llamaba por su nombre; aunque ariscos por naturaleza, los gatos correspondían a su magnanimidad desfilando en comitiva detrás de él, orgullosos de su benefactor, que sin duda había venido a parar a la ciudad más adecuada para cultivar su predilección, porque Roma es la ciudad de los gatos, gatos aristócratas y sarnosos, gatos beatísimos y herejes, gatos somnolientos y vivaces que han aprendido a rezar en latín, gatos innumerables como fuentes que sin duda hubiesen inspirado a Lope de Vega otra gatomaquia. Quizá esta misma noche se reúnan bajo las ventanas de las estancias papales y entonen un concierto de maullidos, solicitándole audiencia y también la promulgación de una bula que los declare animales sagrados. La liturgia milenaria que ahora se inicia tiene una calidad apaciguadora, balsámica, que reconforta el ánimo Las palabras de Benedicto XVI exorcizan la soledad; son palabras pronunciadas con una voz menuda Le gustaba la pasta picante A quienes el nuevo Papa ya ha prometido audiencia es a los camareros de los restaurantes del Borgo Pío, donde era comensal frecuente. Me lo confirma Carmine, un camarero septuagenario que reclama a gritos una jubilación pero que, entretanto, sigue sirviendo en Da Marcello: El Santo Padre tenía un cuidado exquisito de no repetir nunca