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14 El Papado de Benedicto XVI MENSAJE AL MUNDO LUNES 25 4 2005 ABC (Viene de la página anterior) verdadero bien a las ovejas, el alimento de la verdad de Dios, de la palabra de Dios; el alimento de su presencia, que él nos da en el Santísimo Sacramento. Queridos amigos, en este momento sólo puedo decir: rogad por mí, para que aprenda a amar cada vez más al Señor. Rogad por mí, para que aprenda a querer cada vez más a su rebaño, a vosotros, a la Santa Iglesia, a cada uno de vosotros, tanto personal como comunitariamente. Rogad por mí, para que, por miedo, no huya ante los lobos. Roguemos unos por otros para que sea el Señor quien nos lleve y nosotros aprendamos a llevarnos unos a otros. l segundo signo con el cual la liturgia de hoy representa el comienzo del Ministerio Petrino es la entrega del anillo del pescador. La llamada de Pedro a ser pastor, que hemos oído en el Evangelio, viene después de la narración de una pesca abundante; después de una noche en la que echaron las redes sin éxito, los discípulos vieron en la orilla al Señor resucitado. Él les manda volver a pescar otra vez, y he aquí que la red se llena tanto que no tenían fuerzas para sacarla; había 153 peces grandes y, aunque eran tantos, no se rompió la red (Jn 21, 11) Este relato al final del camino terrenal de Jesús con sus discípulos, se corresponde con uno del principio: tampoco entonces los discípulos habían pescado nada durante toda la noche; también entonces Jesús invitó a Simón a remar mar adentro. Y Simón, que todavía no se llamaba Pedro, dio aquella admirable respuesta: Maestro, por tu palabra echaré las redes Se le confió entonces la misión: No temas, desde ahora serás pescador de hombres (Lc 5, 1.11) También hoy se dice a la Iglesia y a los sucesores de los apóstoles que se adentren en el mar de la historia y echen las redes, para conquistar a los hombres para el Evangelio, para Dios, para Cristo, para la vida verdadera. Los Padres han dedicado también un comentario muy particular a esta tarea singular. Dicen así: para el pez, creado para vivir en el agua, resulta mortal sacarlo del mar. Se le priva de su elemento vital para convertirlo en alimento del hombre. Pero en la misión del pescador de hombres ocurre lo contrario. Los hombres vivimos alienados, en las aguas saladas del sufrimiento y de la muerte; en un mar de oscuridad, sin luz. La red del Evangelio nos rescata de las aguas de la muerte y nos lleva al resplandor de la luz de Dios, en la vida verdadera. Así es, efectivamente: en la misión de pescador de hombres, siguiendo a Cristo, hace falta sacar a los hombres del mar salado por todas las alienaciones y llevarlo a la tierra de la vida, a la luz de Dios. Así es, en verdad: nosotros existimos para enseñar Dios a los hombres. Y únicamente donde se ve a Dios, comienza realmente la vida. Sólo cuando encontramos en Cristo al Dios vivo, conocemos lo que es la vida. No somos el producto casual y sin sentido de la evolución. Cada uno de nosotros es el fruto de un pensamiento de Dios. Cada uno de nosotros es querido, cada uno es amado, cada uno es necesario. Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello E El Santo Padre pasa delante de su hermano Georg, tras la misa de Inicio de Pontificado que conocerle y comunicar a los otros la amistad con él. La tarea del pastor, del pescador de hombres, puede parecer a veces gravosa. Pero es gozosa y grande, porque en definitiva es un servicio a la alegría, a la alegría de Dios que quiere hacer su entrada en el mundo. uisiera ahora destacar todavía una cosa: tanto en la imagen del pastor como en la del pescador, emerge de manera muy explícita la llamada a la unidad. Tengo además, otras ovejas que no son de este redil; también a ésas las tengo que traer, y escucharán mi voz y habrá un solo rebaño, un solo Pastor (Jn 10, 16) dice Jesús al final del discurso del buen pastor. Y el relato de los 153 peces grandes termina con la gozosa constatación: Y aunque eran tantos, no se rompió la red (Jn 21, 11) ¡Ay de mí, Señor amado! ahora la red se ha roto, quisiéramos decir doloridos. Pero no, ¡no debemos estar tristes! Alegrémonos por tu promesa que no defrauda y hagamos todo lo posible para recorrer el camino hacia la unidad que tú has prometido. Hagamos memoria de ella en la oración al Señor, como mendigos; sí, Señor, acuérdate de lo que prometiste. ¡Haz que seamos un solo pastor y una sola grey! ¡No permitas que se rompa tu red y ayúdanos a ser servidores de la unidad! En este momento mi recuerdo vuelve al 22 de octubre de 1978, cuando el Papa Juan Pablo II inició su ministerio aquí en la Plaza de San Pedro. Todavía, y continuamente, resuenan en mis oídos sus palabras de entonces: ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo! El Papa hablaba a los fuertes, a los poderosos del mundo, los cuales tenían miedo de que Cristo pudiera quitarles algo de su poder, si lo hubieran dejado entrar y hubieran concedido la libertad a la fe. Sí, él ciertamente les habría quitado algo: el dominio de la corrupción, del quebrantamiento del derecho y de la arbitrariedad. Pero no les habría quitado nada de lo que pertenece a la libertad del hombre, a su dignidad, a la edificación de una sociedad justa. REUTERS Q LA HUMANIDAD Existe también el desierto de la oscuridad de Dios, del vacío de las almas que ya no tienen conciencia de la dignidad y del rumbo del hombre Además el Papa hablaba a todos los hombres, sobre todo a los jóvenes. ¿Acaso no tenemos todos de algún modo miedo- -si dejamos entrar a Cristo totalmente dentro de nosotros, si nos abrimos totalmente a él- miedo de que él pueda quitarnos algo de nuestra vida? ¿Acaso no tenemos miedo de renunciar a algo grande, único, que hace la vida más bella? ¿No corremos el riesgo de encontrarnos luego en la angustia y vernos privados de la libertad? Y todavía el Papa quería decir: ¡no! quien deja entrar a Cristo no pierde nada, nada- -absolutamente nada- -de lo que hace la vida libre, bella y grande. ¡No! Sólo con esta amistad se abren las puertas de la vida. Sólo con esta amistad se abren realmente las grandes potencialidades de la condición humana. Sólo con esta amistad experimentamos lo que es bello y lo que nos libera. Así, hoy, yo quisiera, con gran fuerza y gran convicción, a partir de la experiencia de una larga vida personal, decir a todos vosotros, queridos jóvenes: ¡No tengáis miedo de Cristo! Él no quita nada, y lo da todo. Quien se da a él, recibe el ciento por uno. Sí, abrid, abrid de par en par las puertas a Cristo, y encontraréis la verdadera vida. Amén ¿TRANSICIÓN? VÍCTOR CORTIZO Abogado y periodista. Dpto. de Juventud. Conferencia Episcopal Española uién dice ahora que este va a ser un Papado de transición? Apenas han pasado unos días desde que en la plaza de San Pedro presenciamos la primera aparición pública de Benedicto XVI, un par de homilías, y alguna visita a su antigua residencia, y ya somos conscientes de estar ante un nuevo tiempo en la Iglesia. La bella homilía de la misa de inauguración del pontificado, ha estado por encima de lo esperado y ha mos- ¿Q trado de forma visible el corazón de quien se pone al servicio de todos, pidiéndonos desde ahora nuestra indulgencia, nuestro amor, nuestra fe y nuestra esperanza. En pocos días, estamos descubriendo a ese gran desconocido que era el cardenal Ratzinger, abriendo paso a Benedicto XVI, un Papa que recoge el legado de Juan Pablo II, pero que también nos va a demostrar que tiene su propia impronta. La muerte de Juan Pablo II ha recordado a muchos la vitalidad de la Iglesia, y también los grandes retos a los que se enfrenta en este siglo. Y cuando Benedicto XVI dice que la Iglesia es joven, añade que lleva en sí misma el futuro del mundo. Esta es una maravillosa afirmación que nos hace mirar a los cristianos hacia delante con la alegría y la responsabilidad de mostrar a Dios a los hombres, acompañando a toda la humanidad en esa travesía que casi siempre se realiza en el desierto. Y ese camino no es fácil, supondrá a menudo enfrentarse a los valores en alza y sólo tendremos la certeza de no estar solos. Y desde el principio se acerca a los jóvenes. Benedicto XVI quiere ofrecerles su disponibilidad, porque son muchos los jóvenes esclavizados, cuya vida está rota o vacía de sentido, son muchos los alejados de la Iglesia, que no reconocen en nosotros un camino para su felicidad. A todos ellos y a todos los hombres de buena voluntad se ha querido dirigir hoy Benedicto XVI.