Patrocinado Por:

Volver

Resultados de la búsqueda

Resultados para
ABC LUNES 25 4 2005 Opinión 5 ESCENAS POLÍTICAS EL OPTIMISTA UENO, pues aprovechando que en la plaza de San Pedro, rebosante otra vez de pueblo de Dios, se cantaba ayer ese consuelo del Credo que promete la resurretionem mortuorum que resucite Ruben Darío, que se meta entre pecho y espalda un par de golpes de absenta y que componga, no ya la Salutación del optimista sino la Salutación al optimista Porque es posible y aun probable que España no tenga en Rodríguez Zapatero el mejor gobernante de Europa, ni siquiera de España, ni siquiera de León. Pero sí tiene al más optimista, y hay que reconocer que el optimismo es una virtud muy necesaJAIME ria para el político, o CAMPMANY sea, que por el lado del optimismo, Zapatero va bien. España, no, pero Zapatero sí. En una reciente encuesta del CIS, aparece un dato que debería resultar preocupante para el presidente del Gobierno. El número de españoles que consideran buena la actuación política de Zapatero ha descendido en dieciocho puntos. Se trata de un dato demasiado abultado para que nazca de un error. Y estoy seguro de que a algunos observadores atentos a la actualidad política les parecerá que la inercia del primer entusiasmo juega todavía a favor del Zapaterito, y que los puntos de descenso de su popularidad son más de dieciocho. Añádanle puntos. Porque en un año de gobierno, Zapatero ha conseguido enfrentarse a la Iglesia, ponerse a mal con Estados Unidos, exhibirse como amigo de las dictaduras de Castro y de Chávez, perder votos y subvenciones en Europa, excitar los separatismos hasta la insolencia, organizar un festival de proyectos políticos con freno y marcha atrás, enterrar el Pacto Antiterrorista con la condescendencia hacia los representantes políticos de la banda etarra, destrozar la Educación, andar a ciegas en el problema de la vivienda, politizar aún más la Justicia, poner la cultura a la altura de un nuevo vocabulario que incluye fraila y anglicanismo etcétera, etcétera, etcétera. No me negarán ustedes que nuestro admirado Zapatero ha batido una marca olímpica de desastres gubernativos. Dieciocho puntos de descenso en la consideración de los votantes me parece una cifra irrelevante si se la compara con los merecimientos. Bueno, pues Zapatero acaba de decir que comprueba cada día el aumento de su popularidad y el cariño y aceptación de las gentes. O sea, que como dicen los castizos, cada vez se encuentra más encantado de haberse conocido. Ya he dicho que al gobernante le viene bien un cierto optimismo, sin el cual se puede caer en la tentación de mandar el bien común a hacer gárgaras. Pero sin exagerar, porque ya se sabe que el optimista crónico es un sandio mal informado. O sea, informado por María Teresa y por Rubalcaba. B EL PAPA DE LA MANO ABIERTA D ON Manuel era un cura de pueblo que vivió de cerca, de seminarista a misacantano, los cambios del Concilio Vaticano II. Desde aquel pueblecito de la Vega fue destinado a la ciudad como coadjutor de una parroquia del centro. Lo encargaron de un hermoso templo barroco, de dorados retablos, blancas yeseras y columnas de mármol rojizo que la feligresía tenía como ayuda de parroquia. Ejerció allí su ministerio con dedicación y acierto, confesando monjas, ayudando y socorriendo a los más desfavorecidos de la collación mediante un bandolerismo a lo divino que se montó: pegaba unos sablazos bastante importantes a los ricos del barrio para atender a los desheredados que vivían en los corrales de vecinos. Llegada que fue la fama de buen cura de Don Manuel al señor obispo, lo nombró pronto párroco de un gran barrio floreciente, en la zona de expansión de la ciudad. Parroquia con ANTONIO un gran templo de arquitectura conBURGOS temporánea, entre hangar de aviación y estación de autobuses. Felicité a Don Manuel por su nombramiento como párroco, y entonces fue cuando me contó sus dudas: -Mira, cuando yo estaba de coadjutor en aquella ayuda de parroquia, llegaba por la mañana a la iglesia, metía la llave en la cerradura, abría la puerta, y al contemplar aquel esplendor de dorados y retablos, y la lamparilla del Santísimo en la penumbra de la hermosura, tenía la completa certeza de que allí estaba Dios. Pero ahora, hijo, llego a esta parroquia tan moderna, abro la puerta, veo esas vidrieras horrendas y ese altar imposible con un Cristo colgado del techo con unos cables de acero, y tengo que hacer grandes esfuerzos para creer que Dios está allí. Sé que Don Manuel era ayer en la Plaza de San Pedro uno de esos puntitos blancos del alba de los curas, en un cuadrado de la muchedumbre, desde la toma televisiva aérea. Estuvo en el entierro de Juan Pablo II y ha vuelto a Roma para la imposición del palio y la entrega del anillo del Pescador a Benedicto XVI. Y contra lo que le ocurre cada mañana al abrir su parroquia, Don Manuel no habrá tenido que hacer el menor esfuerzo para creer que en la Plaza de San Pedro estaba Dios y que Benedicto XVI es el sucesor de Simón. En el esplendor de la liturgia. En la proclamación de las viejas verdades del Barquero que sacó en sus redes los 153 peces de la homilía del Papa. En la solemnidad del latín en la oración que lleva el copyright del mismo Jesucristo. En la pentecostal multiplicación de lenguas en ofrendas y oraciones. En aquel mismo viento del entierro de Juan Pablo II, el que agitaba las quencias, que era este aire de serenidad de un Papa que anuncia que no tiene más programa que seguir la voluntad de Dios. Era libre, bella y grande la vida bajo la abierta luz de la plaza de San Pedro. Proclamada por la abierta mano de Benedicto XVI. Don Manuel, el cura de los grandes esfuerzos para encontrar a Dios en la arquitectura contemporánea frente a las facilidades que dan el barroco y el latín, se fijó en la mano del Papa cuando bendecía. Ni en el altar primero ni en el blanco todoterreno del Papa después llevaba Benedicto XVI juntos los dedos de su mano derecha cuando impartía la bendición. ¿Y sabrá de bendiciones quien se ha puesto Benedicto de nombre? Don Manuel se fijó que el Papa bendecía con la mano abierta, dejando pasar entre sus dedos la abierta luz de la plaza de San Pedro. La abierta luz de la Verdad. Repitió las palabras de Juan Pablo II: Abrid de par en par las puertas a Cristo y encontraréis la verdadera vida Don Manuel el cura, que tanto sabe de abrir puertas parroquiales para encontrar a Cristo, comprobó que la mano de Benedicto XVI bendiciendo, la abierta mano del Papa, era como una puerta abierta de par en par al convencimiento de que allí estaba Dios. Una mano abierta que nos da la certeza de encontrar a Dios en la libertad del hombre, en su dignidad, en la edificación de una sociedad justa