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70 Cultura DON QUIJOTE DEL JARAMA DOMINGO 24 4 2005 ABC Se pronunciaron ayer tres discursos en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, que de alguna manera fueron tres muestras de carácter y, también, de destino El día en que Alfanhuí se puso frac TEXTO: ALFONSO ARMADA FOTO: CHEMA BARROSO Sánchez Ferlosio descansa unos minutos tras la entrega del premio ALCALÁ DE HENARES. Ninguno de sus amigos recordaba haberle visto antes de tal guisa. Pero estaba guapo ayer Rafael Sánchez Ferlosio, como si Alfanhuí hubiera crecido y se hubiera puesto una camisa con picos de alcaraván: acaso el mismo porte que hubiera adoptado Alfanhuí si por sus artes de taxidermista hubiera habido de comparecer un día ante el Rey nuestro señor para recibir de su mano un galardón equivalente al que ayer el Rey le entregó a Ferlosio por su dedicación a las palabras con pureza y perfección clásicas No sin dejar de señalar que compartía con el Cervantes de este año el haber nacido en Roma, puso el Rey su grano de mostaza emocional en un acto de relativo protocolo cuando dijo que el autor de Industrias y andanzas de Alfanhuí por su entrega a la literatura y a la prosa de pensamiento era merecedor de reconocimiento y gratitud Le abrazó el Rey con la campechanía que sólo gasta con amigos o quienes le despiertan raro afecto. Se pronunciaron ayer tres discursos en el paraninfo de la Universidad de Alcalá de Henares, que de alguna manera fueron tres muestras de carácter y, también de destino, porque para hablar de Cervantes y de los dos personajes que le han superado en sombra, trajo a colación Ferlosio a Walter Benjamin, acaso el filósofo que más le ha ayudado a alumbrar sus propias pesquisas. A partir de una cita de Nietzsche- el que tiene carácter tiene también una experiencia a la que siempre vuelve Benjamin agrega: esto significa que si uno tiene carácter, su destino es esencialmente constante; lo cual, a su vez, significa- -y esta consecuencia ha sido tomada de los estoicos- -que no tiene destino El carácter de Ferlosio, más que su destino, lo volvió a exponer con un texto que no leyó bien, porque lo suyo no es la declamación sino la escritura silenciosa, pero que hizo que el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, sentado a la diestra del Monarca, pusiera en una ocasión su mano sobre el terciopelo rojo de la mesa presidencial e hiciera bailotear los dedos a un ritmo que era el de su carácter, no el ritmo de lo que Ferlosio decía. Junto al presidente del Gobierno, su ministra de Cultura se levantó para responder al escritor con uno de esos discursos que, tan lleno de buenas intenciones como de lugares comunes, quedó a la intemperie con el contraste, tan reciente, con las palabras del premio Cervantes de un año que es el del 400 aniversario de la primera parte del Quijote: un discurso, el de la ministra, que quiso ser destino, y fue carácter, y que sin quererlo dejó al aire su vano afán: más le hubiera valido atreverse a menos, limitándose a felicitar al premiado y argüir, como más certera y brevemente haría luego el Rey, las razones de un Cervantes que acaso sea el más merecido (con Borges) que nunca se ha otorgado. El de Ferlosio estuvo tan lleno de enjundias que merece, como todo lo suyo, más de una detenida lectura, desde sus recuerdos de su hija- -la mayor de las devociones de su vida, y el mayor dolor desde que le fuera arrebatada demasiado temprano- -a los juegos agónicos y anagónicos sobre el deporte que devalúan nociones de felicidad y satisfacción como si fueran sinónimas. Desdeñó Ferlosio a la tuna que se la quiso jugar con juego vano. Este Alfanhuí inagotable esperó a la última línea para saludar a Sus Majestades y a los que habíamos acudido a escuchar cómo comen en su mano los alcaravanes.