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ABC DOMINGO 24 4 2005 Sociedad BENEDICTO XVI, NUEVO PAPA ENTREVISTA 63 Julián Herranz, durante la entrevista con ABC un acto de idolatría; y es que desde el agnosticismo religioso y el relativismo moral, estas cosas no se entienden, incluso se teme que sean verdad, que la fe en Cristo arrastre a la gente, y haga descubrir la dimensión trascendente y religiosa de la vida, las categorías de eternidad, las únicas que pueden poner serenidad en el alma y dar respuestas a tantas preguntas que el hombre se hace y que el agnosticismo y el relativismo moral no saben responder. ¿Cómo fueron los días del Cónclave? -Para mí, fueron un continuo recurrir al Espíritu Santo, a quien tengo gran devoción. Me pude recoger más en casa, para rezar mucho y encomendarme a la Virgen, la esposa del Espíritu Santo. No me pasaba por la cabeza el miedo de ser elegido, porque sabía que no tenía ninguna posibilidad. Yo creo que estaban más inquietos los que de alguna manera podían temer- -no digo ambicionar- -que fueran ellos los elegidos. Es casi infantil y muy pobre clasificar a los cardenales en conservadores o progresistas, de derecha o de izquierda. Estas son categorías que caben en una cuestión de orden político. Aquí lo que cada uno aporta es una reflexión sobre los problemas más acuciantes. Nuestra preocupación primordial era de naturaleza pastoral: los cardenales del Primer Mundo constatan la extensión de un fundamentalismo laicista que está intentando paganizar las sociedades cristianas, con una negación de la fe y un querer excluir la FOTO: IGNACIO GIL ENVIADO ESPECIAL Es casi infantil y muy pobre clasificar a los cardenales en conservadores o progresistas Cuando llegamos a la papeleta 77 del elegido, nos levantamos en pie aplaudiendo dimensión religiosa de la vida pública, relegándolo a la pura conciencia, e incluso poniendo límites a la posibilidad de educar las conciencias, limitando la patria potestad que tienen por derecho natural los padres. ¿Permaneció ajeno a los dimes y diretes de la prensa? -Durante el Cónclave sí. Los días precedentes echaba una simple ojeada a los resúmenes de prensa. Muchas de las cosas que se decían sobre el Cónclave o eran obvias o se quedaban a nivel sociológico. Y yo me tenía que mover a un nivel teológico y pastoral. Se trataba de examinar los problemas y esperanzas de la Iglesia y de buscar la persona que reuniera más condiciones para ser el mejor instrumento de Dios en esas circunstancias. Y eso es lo que ha pasado. La emoción que se siente en la Capilla Sixtina llevando el voto en alto hacia el altar donde se halla la urna, bajo el Juicio Final de Miguel Ángel, es indescriptible. Entonces se pronuncia el juramento solemne de elegir en conciencia al que parece más digno para ser el sucesor del Apóstol Pedro como Pastor de la Iglesia universal. La responsabilidad es muy grande. Yo es la cosa más seria que he podido hacer en mi vida. Había un silencio en la Capilla Sixtina enorme, un gran espíritu de oración y recogimiento. Yo cogí la costumbre de ir encomendando al Espíritu Santo a los que iban pasando en fila delante para votar, porque pensaba que ellos también me encomendaban a mí. -Y, tras el recogimiento, la alegría. -Una alegría inmensa. Cuando llegamos a la papeleta 77 del elegido, nos levantamos en pie aplaudiendo. Era una forma de dar gracias a Dios, de alabar al Espíritu Santo, que nos había llevado ya en la cuarta votación a la cifra necesaria. Al cardenal Ratzinger lo vi en ese momento como lo he visto siempre: es un hombre de una gran paz y serenidad interior. Como carácter es distinto a Juan Pablo II, que era arrollador; él tiene otra forma de ser más suave, pero eso no quiere decir que sea frío o distante o tímido. Él es un bávaro, o sea algo así como el andaluz alemán. Menos prusiano pero con capacidad de dominio de sentimientos, lo cual no quiere decir que no los tenga. Al estar acostumbrado al diálogo de las ideas, que no se imponen sino que se proponen, habla con la gracia y la elegancia intelectual de quien está dialogando y no soltando una arenga. Lo que me impresionó más cuando explicó las razones- -lo hizo en latín- -por las que eligió su nombre, fue la mención a San Benito, patrón de Europa, cuyo lema era: Nihil Christo praeponatur Nada se anteponga a Cristo ¿Cómo fue su convivencia con el nuevo Papa en Casa Santa Marta? -La víspera de que lo eligiéramos Papa coincidí en la misma mesa con él para cenar; él se encargó de servirnos el agua y el vino a los demás, aunque era el Decano del Colegio y el que estaba presidiendo el Cónclave. Con gran sencillez escuchaba, preguntaba, cedía en el ascensor el paso. Ya después de la elección, quiso cenar y dormir con los demás en Santa Marta. El arzobispo de Wensminster, que es muy lanzado, inició una canción de felicitación que, al final, seguimos todos. Luego entonamos una oración litúrgica, Oremos pro beatisimo Papa nostro que sonaba como una especie de Gaudeamus Igitur A la mañana siguiente, en el ascensor, al bajar al desayuno, antes de acudir a la Capilla Sixtina para la misa concelebrada, el Papa iba con el cardenal Biffi, que le había preguntado qué tal había dormido. El Santo Padre no dijo ni bien ni mal, seguramente porque habría pasado toda o buena parte de la noche trabajando en el Mensaje que al final de la concelebración nos leyó en un perfecto latín. Biffi, que tiene un gran sentido del humor, le dijo: Yo normalmente apenas duermo cuatro horas. Hoy, que ya por fin me he quedado tranquilo, he dormido cinco (Su Eminencia es un conversador fluvial, transparente y generoso que no ha mirado ni una sola vez el reloj, durante las casi dos horas que ha durado esta entrevista. Ahora, al intentar compendiarla en unas pocas líneas, me he sentido como aquel niño o ángel que San Agustín se encontró en una playa, tratando de encerrar en un hoyo excavado en la arena el agua del cóncavo mar)