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28 Internacional DOMINGO 24 4 2005 ABC Tras el atentado, esta localidad de Osetia del Norte vive sumida en la desconfianza, el odio y la sed de venganza... más pendiente de sus muertos que de sus vivos Beslán, siete meses dentro de la más absoluta oscuridad TEXTO Y FOTOS. ALVARO YBARRA ZAVALA. ENVIADO ESPECIAL BESLÁN. Como si nada hubiera pasado, Tamik camina indiferente jugando con su pelota entre los escombros de la escuela. Su abuela no puede reprimir las lágrimas, han pasado unos meses del atentado terrorista y hoy es la primera vez que su nieto vuelve a pisar el lugar de la masacre. ¿Qué pensará? se pregunta Valentina mientras sigue al niño con la mirada. ¡No habla, no llora, actúa como si nada hubiera pasado, no sé qué hacer, estoy desesperada! A sus nueve años, Tamik vio con sus propios ojos cómo su hermana y su padre, junto con la mayoría de sus compañeros de clase, perdían la vida en el interior de la escuela. Él sobrevivió al atentado, pero desde entonces ha comenzado una nueva existencia en la que vive, como cuenta su abuela, ¡más cerca de los muertos que de los vivos! Todas las noches entra en la habitación de su hermana con un vaso de agua, lo pone sobre la mesilla y hace que la arropa. Luego se queda quieto, mirando la cama sin decir nada, y al cabo de un rato le da las buenas noches y vuelve a su habitación. Tamik no admite que su hermana haya muerto. Ni siquiera la ha recordado con una sola lágrima, ni a ella ni a su padre. Los llantos de un grupo de mujeres en el gimnasio de la escuela no alteran el mundo de baldosas amarillas en el que juega Tamik con su pelota. Natalia, Lidia y Rajya, al igual que Valentina con su nieto, han respondido a la convocatoria de una emisora local que citaba a los familiares de las víctimas del atentado de Beslán a una jornada en la escuela, en honor a sus difuntos. La estampa es aterradora. Entre el amasijo de hierros y escombros que dan fe de la sinrazón de aquel 3 de septiembre en el que, en este lugar, 330 personas, en su mayoría niños, perdieron la vida por culpa del terrorismo, tres mujeres suplican a la muerte que les devuelva a sus seres queridos. En el interior del gimnasio de la Escuela Número Uno aún hoy se pueden apreciar las huellas de la matanza, que atestiguan el infierno vivido. Claveles y fotografías Bajo los restos de una de las canastas del gimnasio, donde los terroristas colgaron parte de los explosivos, Rajya deposita un ramo de claveles rojos junto a la fotografía de su hija muerta. La mataron, la mataron junto con todos sus alumnos, sólo era una profesora de Lengua y, ellos, niños inocentes, no hacían daño a nadie, ¿por qué a ellos? ¿por qué una escuela? se lamenta entre ahogados sollozos mientras humedece con el agua de una botella de plástico los claveles que adornan el lugar donde supuestamente cayó destrozado el cuerpo de su hija. A apenas cuatrocientos metros del escenario de la masacre, Tamara Kubatieva observa desde la ventana Rajya, en el interior del gimnasio, justo sobre el lugar en que cayó muerta su hija La masacre, la sangre, los gritos, la gente que pedía ayuda... todos alzaban sus manos para que yo les ayudara... Vista general del gimnasio, tal como se encuentra en la actualidad