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18 Nacional DOMINGO 24 4 2005 ABC ÁLVARO DELGADO- GAL ¿CRISIS DE RÉGIMEN? N o conocemos todavía qué traerán consigo los comicios vascos del 17 de abril. Esta impotencia predictiva no es producto sólo de nuestras luces limitadas. Refleja también el hecho de que el futuro, en política, integra algo intrínsecamente indeterminado. La realidad política es lo que van construyendo los agentes mediante sus decisiones libres. Por lo mismo, lo que está por venir se halla afectado siempre por una contingencia radical. ¿Quiénes dominan ahora la agenda en Vascongadas? Esencialmente, el PNV, ETA y el PSE, y junto al PSE, el Gobierno de la nación. ¿Qué saldrá del cruce de estrategias? Ninguno de los protagonistas lo sabe, no lo sabe en la medida en que todos dependen de todos. En lo que sigue, analizaré lo que parece ser la estrategia incipiente de los socialistas. Expondré primero los argumentos oficiales o exotéricos con que se defiende esa estrategia, y rebotaré a continuación en los esotéricos. Mi conclusión será que Zapatero ha entrado en un juego peligroso y no justificable si se hace balance de los costes ciertos y los beneficios dudosos. Vayamos a los argumentos oficiales. El runrún dominante es éste: los socialistas deberían apoyar parlamentariamente a Ibarreche, aunque sin entrar en el gobierno autónomo. Pregunta inmediata: ¿qué sentido tiene favorecer a un rival político a cambio de nada? Centrándonos en el episodio vasco: ¿por qué echar un cable a Ibarreche sin pedir en compensación unas cuantas consejerías? La respuesta es que se exigiría a Ibarreche renunciar a su plan, y por supuesto, a una alianza con ETA. Pero esto, ¡ay! resulta claramente insatisfactorio, puesto que es evidente que nada impediría a Ibarreche aceptar el regalo socialista y amistarse en secreto con ETA. Llegada la ocasión propicia, Ibarreche relanzaría su plan. A quienes contesten que Ibarreche no sería capaz de hacer algo así, les recuerdo el Pacto de Estella. La composición de lugar socialista se complica aún más cuando introducimos en el cóctel el plan López. El plan López rebasa ampliamente la lectura actual del Estatuto de Guernica, y haría ingobernable al Estado apenas se extendiera a Cataluña y otras autonomías. Su implantación, además, provocaría una ruptura irreversible con el PP a escala nacional. Hace unos meses, era aún posible interpretar el plan López en clave maquiavélica. Se trataría de un señuelo para atraer voto nacionalista, no de una idea seria. El mantenimiento después de la elecciones, y la voluntad firme de no formar un frente con el PP, obligan a arrumbar la interpretación maquiavélica. El problema es que se hace difícil encontrar una interpretación alternativa y a la vez comprensible. Por las trazas, los socialistas mantendrían a Ibarreche esgrimiendo al tiempo un plan que fragiliza al Estado, suspende todo entendimiento con la oposición y no se dirige, sobre el papel, a obtener la paz. Ya que el plan López no es el plan Ibarreche, ni tampoco, que se sepa, un plan aceptable para ETA. El argumento se reduce a un galimatías indescifrable. El galimatías empieza a adquirir sentido si nos percatamos de que Zapatero cree que podría pasar a la historia como el pacificador de Euskadi. Al incorporar este dato, el desorden se disipa y cobra cuerpo un diseño más coherente. Madrid entablaría- continuaría -contactos con ETA, no estorbado por un Ibarreche al que el apoyo del PSE ha convertido en rehén o prisionero del Gobierno. Fijado el marco negociador, se daría audiencia al PNV, con el PP fuera de juego. Y hablando, y volviendo a hablar, se sacaría la paz como un mago saca el conejo de la chistera. El plan López sería un aperitivo para que arranquen las conversaciones. El proyecto es profundamente imprudente, por dos razones. Se conseguiría la paz sacrificando el Estado. O mejor, no se conseguiría nada, porque vendrían después tiempos más intratables. La segunda razón es que ETA, infaustamente reingresada en el sistema de partidos, está en situación de hacerle una pirula al Gobierno. Entiéndase, de pactar con Ibarreche una mayoría nacionalista en el momento menos pensado. El éxito de Zapatero está subordinado a que ETA se comporte como él espera, e Ibarreche también. La probabilidad es precaria, por decirlo con suavidad. Y los costes de la apuesta, seguros y enormes. En resumen: se estarían sacrificando valores sólidos por valores altamente especulativos y problemáticos en sí mismos. A esto, en política, se le llama aventurerismo. El aire huele a tostado. Lo que quizá esté ardiendo es el régimen del 78.