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ABC DOMINGO 24 4 2005 La Tercera RATZINGER E L nuevo Papa, ¿quién es y de dónde viene? A la primera pregunta ha dado él mismo respuesta al presentarse ante la multitud por primera vez: Un humilde operario en la viña del Señor Se sitúa así como un creyente más en el seguimiento de Cristo y como un obispo más de Roma después del gran Papa Juan Pablo II No era una fórmula trivial sino muy precisa y pensada. Más allá de esquemas tópicos, de altisonancia o trivialización maligna, Ratzinger se ha sabido siempre encargado con una tarea y se ha mantenido fiel a ella. La ha querido cumplir en atenimiento a sus exigencias internas y sin guiñar los ojos a los ídolos circundantes. Un trabajador, un profesional en la humilde verdad de cada día (digamos con el título de la novela de G. Martínez Sierra) porque ella es nuestro sostén y nuestra gloria. Las estaciones fundamentales de su vida son, además de la familia, la Universidad alemana, el breve paso por la diócesis de Múnich y su responsabilidad como prefecto de la Congregación de la fe. Si de esas cuatro yo tuviera que elegir una como troqueladora de su personalidad, a la luz de la cual hay que entender su trayectoria, elijo la Universidad, como ámbito de búsqueda, discernimiento, acreditación y universalización tanto de la verdad como de la fe. Múnich fue su cuna universitaria en un momento en que se concentraban en ella los mejores teólogos, exegetas e historiadores, los que habían crecido en ella y los que a ella llegaron arrojados de la zona alemana oriental. Media docena de profesores de Breslau se integraron en Múnich. Schmaus, Söhngen, Mörsdorff, Maier, Pascher... formaban aquella generación de grandes maestros que recogieron y repensaron la aportación de la teología protestante de K. Barth y E. Brunner y de la teología litúrgica con su cima en Odo Casel. Allí creció su pasión por la historia y la patrística, su encuentro primero con San Agustín y luego con la teología medieval de Santo Tomás y San Buenaventura. Esta formación universitaria le pone en cabeza de la nueva teología católica, pasando por varias universidades alemanas: Bonn, Münster, Tubinga y Ratisbona. En 1968, después de la gran marejada de las conciencias que supusieron los movimientos universitarios, la acometida radical del marxismo por conferir un alma nueva a Europa y a la humanidad, y la recepción crítica postconciliar, Ratzinger escribe la que sigue siendo su mejor obra: Introducción al cristianismo en innumerables ediciones hoy y traducido a múltiples lenguas, que tuve el gozo de prologar en la edición española de 1969. La cuestión que guía y sostiene el libro es la del contenido y sentido de la fe cristiana, en la medida en que supone una revelación divina, ofrece una verdad nutricia para la existencia humana, se prolonga actualizada en la Iglesia, y abre a una promesa- esperanza de eternidad. Esa cuestión, abierta como una sima devoradora y prometida como una cima ensalzadora, es la que sigue estando planteada y a debate. El cristianismo, ¿tiene y confiere verdad, o es una manera mítica e ingenua de decir la realidad, de la que en el fondo sólo sabrían la ciencia que analiza estructuras, la economía que organiza la producción y la política que ejerce el poder? La verdad, ¿no es el fundamento de la relación humana entre los hombres, la condición de que el pluralismo tenga una coherencia y de que pueda ser aceptado como algo más que tolerancia hasta la recuperación de la propia victoria? La universalidad de lo humano, ¿desde dónde se descubre, conjuga sus diferencias e integra su complementaridad? Las culturas y religiones, ¿tienen en el plan de Dios un eje de coordinación de forma que podamos decir con verdad que la humanidad es una realmente, que es posible la comunicación verdadera y que hay fundamento para decir que somos hermanos y por ello responsables unos de otros? Y sobre ese horizonte de cuestiones, ¿qué lugar ocupa Cristo en la secuencia de los hombres que han dado la talla de lo humano desde Buda y Confucio en un sentido, Sócrates, San Agustín y Kant en otro? La fe, ¿es una manera fácil y arbitraria de realizar la humanidad o es la razonable y plenifica- Sabemos cómo ha sido el Ratzinger teólogo y prefecto de la Congregación para promover y defender la fe. No sabemos cómo será Ratzinger Papa. El hombre configura la misión asumida. Pero la misión asumida configura al hombre dora salida del hombre tendiendo en libertad hacia la añorada fuente que le origina, la plenitud que necesita y el Infinito que le espera? Esa humilde pasión por la verdad, que nos funda y desborda, guía y llama, de la cual somos pobres pero gloriosos servidores, toma una característica nueva para Ratzinger cuando es elegido obispo. Su lema episcopal Cooperadores de la verdad (3 Jn 8) quiere mantener la continuidad: el teólogo sirve a la verdad desde una atalaya y el obispo desde otra. Sirven a la misma verdad de la revelación divina ordenada a la inteligencia, la voluntad, el corazón y las manos del hombre, para convertirse en su iluminación, redención y divinización. Teólogos y obispos no caminan por vías paralelas, sino que desde distintas perspectivas y con distintos métodos sirven a la misma verdad revelada, que nos hace libres. Este lema instaura la conexión con el lema del pensamiento filosófico occidental: vitam impendere vero (arriesgar la vida por la verdad) desde Juvenal que lo formuló hasta Descartes y Rousseau, que lo inscribieron como exergo de sus obras. La frase habla de búsqueda en riesgo y de entrega en arriesgo de la verdad y la vida. ¿No fue ése el corazón de la novela española de comienzos del siglo XX desde Unamuno hasta Baroja? Ésa es la tensión eterna entre la verdad y la vida, vigente hoy día también. ¿Son la realidad fundante, el sentido, la esperanza, la justicia, el prójimo lo que nos sostiene humanos o lo son el poder, el placer el olvido del futuro, la disolución de la identidad subjetiva en los procesos, la pérdida de la persona en el personaje o en el papel que tenemos que cumplir? Ratzinger ha rescatado la comprensión dramática de la verdad que domina el evangelio de San Juan: la lucha de las tinieblas por entenebrecer la verdad y la acreditación de ésta en el mundo incluso por el martirio. El Evangelio ha encontrado siempre acogida y adhesión pero a la vez rechazo y acoso. Ya desde el comienzo Roma y el Imperio le plantaron ante la alternativa: con nosotros o contra nosotros. A ellos los siguieron el gnosticismo, al que responde San Ireneo, el maniqueísmo y pelagianismo a los que responde San Agustín, las corrientes naturalistas en la Edad Media, una Ilustración atea o acristiana. Unos y otros le han seguido plantando cara: con nosotros o contra nosotros. Hoy mismo una modernidad, salvaje en algunos casos, sólo reclama de la Iglesia que legitime, apoye y se una a sus propuestas. La Iglesia debe colaborar con la sociedad, pero si se dejara subyugar, sería una inmensa pérdida para la humanidad. La sal se habría disuelto, vuelto insípida para dar sabor e incapaz para garantizar permanencia a nada ni a nadie. Ratzinger ha tenido una difícil tarea en un difícil momento histórico. La clarificación fundamental de la fe católica, que él ha mantenido en alto, deber seguir siendo matizada y complementada. Haber identificado errores o herejías no es un deshonor sino un bello servicio. San Jerónimo, como gran elogio, decía de San Agustín: Has creado una expresión nueva al cristianismo en la cultura romana, y lo que es más: te detestan todos los herejes Sabemos cómo ha sido el Ratzinger teólogo y prefecto de la Congregación para promover y defender la fe. No sabemos cómo será Ratzinger Papa. El hombre configura la misión asumida. Pero la misión asumida configura al hombre. Otra responsabilidad y otro horizonte de Iglesia y del mundo ensancharán su mirada, sus decisiones y su magnanimidad. Él ha mirado no sólo a las ideas sino también a los hombres. En momento crítico escribió: Del concepto de revelación forma parte siempre el sujeto receptor. Donde nadie percibe la revelación, allí no se ha producido ninguna revelación porque allí nada se ha desvelado. La idea misma de revelación implica un alguien que entre en su posesión Velar para que esa revelación de Cristo sea oída y percibida como gloria y juicio del hombre, crearle un lenguaje, instituciones y presencias nuevas, es su gran tarea. Esto es algo que él mismo ha formulado en algunos de sus grandes libros. Los tres últimos llevan títulos significativos: Fe, verdad y tolerancia La fe como camino En camino hacia Jesucristo Ésa es la actitud intelectual que ha guiado hasta ahora al nuevo Papa y en tal luz abrirá caminos espirituales, orientaciones pastorales e iniciativas a la Iglesia, a la vez que a todos los hombres que admiraron a Juan Pablo II por su coraje al plantear las cuestiones humanas de fondo que en Europa ya casi sólo la Iglesia se atreve a proferir públicamente, esa Europa que forjó San Benito con el cultivo, la cultura y el culto. En continuidad con él a la vez que con Edith Stein (en religión sor Benedicta) se ha situado el nuevo Papa. OLEGARIO GONZÁLEZ DE CARDEDAL